sábado, 6 de abril de 2013
martes, 2 de abril de 2013
Notas sobre la insolencia: una réplica al cinismo
Puede que nuestro objetivo no sea
otro que “(…) hacer aparecer en la práctica una línea divisoria entre los que
quieren más de lo que existe y los que ya no quieren más” (1). Ese “más” es de
otra especie; es un suplemento que, cualitativamente, exige una sociedad que no
se resigne a los escombros.
Hay que decidir entonces en esa
línea divisoria: a cada instante, tenemos que optar entre asaltar el orden del
mundo o defenderlo. Quien declara no optar ya ha optado por su defensa: toma
partido por los que, en las condiciones del presente, gozan los privilegios de
su existencia.
El antagonismo no es electivo. La
escalada que vivimos es de tal magnitud que nadie puede sustraerse a sus
efectos. En una situación histórica semejante, lanzarse hacia aquello que
parece inatacable es una apuesta de vida. Que las posibilidades de cambio
social no estén aseguradas no nos exime de movernos hacia un horizonte que
exige “más” no sólo de los otros, sino
también de nosotros mismos.
El riesgo de quedar atrapado es
irreductible: “Es sabido que esta sociedad firma una especie de paz con sus
enemigos más declarados cuando les ofrece un sitio en su espectáculo” (2). La
catástrofe diaria del capitalismo nos desafía a no retroceder ante ese riesgo.
Nunca murieron tantos seres humanos como en la actualidad, a pesar de que las
condiciones técnicas para evitarlo sean inéditas. La masacre pasa desapercibida
sólo a quien cierra los ojos. No hay que buscar demasiado para encontrar
cadáveres detrás de las grandes fortunas.
Se puede mirar hacia otra parte.
Hacer del goce una justificación para el autismo o convertir la resignación y
el conformismo en religión oficial.
Declarar los sueños en bancarrota, en nombre de un realismo que alza
como infranqueables los límites del mundo actual. Reírse de los utopistas
–denunciarlos por totalitarios, burócratas de lo imposible. Sospechar incluso
cualquier proyecto que no se contente con lo menos, esto es, ingeniería social local, política reformista,
sacrificio graduado.
Como saben los situacionistas, no
se trata de plantear fórmulas revolucionarias generales. El lenguaje
formulaico, al uso, es parte del espectáculo de nuestros amos. Señuelos para
los desprevenidos. La práctica del cambio se gesta en una pluralidad de agentes
sociales, sin centro unitario. Lo que desafía lo espectacular no es un nuevo
guionado, sino la ruptura activa de la lógica de los papeles: la práctica de lo
imprevisible.
Eso no niega la necesidad de una
articulación política de nuestra voluntad, a través de un proyecto
emancipatorio que no significa nada distinto a una anticipación abierta de la
instancia decisiva de la
praxis. O , si se prefiere, el borrador colectivo para no
claudicar ante lo inaceptable.
Incluso si el fuego nos devora,
¿qué otra salida podríamos imaginar que no sea dar vueltas en la noche? Cuando
a plena luz del día el horror no espanta, la oscuridad puede ser una forma de
guarecerse para luchar. No hay reposo ni reconciliación. Si llaman “inmadurez”
a la negativa a dejar de cuestionar lo heredado, nuestra decisión más razonable
es aceptar la condena y resistirnos a la normalidad de lo siniestro.
No vamos a negar que nuestra
incompetencia para respetar el buen
sentido es máxima. Demasiados sujetos competentes sostienen la actual
estructura del mundo. ¿Estamos por ello desmantelados, girando sin saber ya qué
hacer? Nada de eso: el incendio de lo visto podría ser una buena respuesta. La
invención de otra cotidianeidad, el itinerario abierto de una «política
nocturna» que se abre paso hacia lo excluido.
La osadía política consiste ante
todo en mantener abierta la pregunta por el deseo colectivo mientras nos
desplazamos. Ante la obscenidad cínica convertida en moneda de cambio, la
réplica es la insolencia kínica: el sabotaje a una economía del cálculo, el
desafío a la racionalidad del dominio que exhibe con buenos modales su potencia
homicida.
Contra el pensamiento inocuo
–volver a pensar. Querer más es una
declaración de guerra a la idiotez convertida en norma moral. Es comprensible
que alguien pregunte: ¿no somos ya irrevocablemente imbéciles? Puesto que no
estamos fuera de nada, la pregunta se hace tanto más irrenunciable. Incluso si
no pudiéramos escapar de esta imbecilidad del todo, el deseo de una salida
sería tanto más imprescindible.
Tampoco cabe esperar nada fuera. Crear grietas es nuestro
camino político. Cercados por una membrana cada vez más asfixiante, horadar su
superficie es cuestión de vida, de otra vida (y no de sólo de mera
supervivencia). El encierro no previene de nada sino que aísla de la alteridad.
Tampoco vendrá nadie. Los
desposeídos no verán restituida la justicia en una experiencia mesiánica. El
fin del mundo se aplaza a cambio de continuas catástrofes. La promesa sólo nace
de estos escombros. Es la que alzan los albañiles de lo imaginario. No hay
desencanto: contra el discurso de la seducción, tampoco tenemos que aceptar la
futilidad del mundo. Si morar es parte de la trampa, nosotros nos lanzamos al exilio.
Horadamos el baldío en el que se amontonan los desechos.
En una época en la que el cinismo
es hegemónico, la insolencia es una actitud infrecuente: cuestionar la
autoridad y las jerarquías, al fin y al cabo, exige una osadía intelectual y
ética más bien atípica, incluso en una multitud de intelectuales y académicos
reducidos a expertos del orden y a una infinidad de artistas convertidos en
coleccionistas de minucias. En efecto, “(…) la insolencia es esa libertad que
podemos expresar cuando nos liberamos de los vínculos que nos atan, una
trascendencia que sólo se puede vivir durante un cierto tiempo, el que necesita
lo real para atraparnos” (3).
No bastará, desde luego, con ser
insolentes. Cuestionar lo que hay de místico en la autoridad y de criminal en
lo institucional es asumir un compromiso que exige un trastocamiento de lo real
antes de que lo real (la prepotencia de los poderosos) nos atrape. Sospechar lo
que hoy se inviste de un aura respetable forma parte de una insólita práctica
de libertad. Llegados a este punto, ¿hay algo más insolente hoy día que una
demanda de justicia que no se contente con obtener un sitio en el espectáculo?
Arturo Borra
(1) Debord,
Guy (2000): In girum imus nocte et
consumimur igni, Anagrama, Barcelona, p. 48.
(2)
Debord,
Guy, op.cit., p. 53.
(3) Meyer,
Michel (1996): La insolencia, Ariel,
Barcelona, p. 134.
viernes, 22 de marzo de 2013
viernes, 15 de marzo de 2013
Instantáneas del cinismo: obscenidad y resignación
-I-
La repetición de lo
obsceno tiende a instalarlo como cosa natural: lo que en un momento indigna en
otro puede provocar resignación. A condición –claro- que se desmonte nuestra capacidad
crítica. No es tarea fácil, pero se empeñan en hacerlo.
Difícil no recordar las imágenes de un político (implicado
en una de las tramas corruptas más importantes que asedian el sistema político
español) doctorándose hace un tiempo en una universidad pública con lauden,
secundado por un séquito académico reverencial y obsecuente, mientras la
policía cargaba contra algunos estudiantes que le espetaban. La afrenta moral
de entonces es la misma que nos sigue hiriendo hoy; me refiero a aquella que
producen algunos personajes siniestros ironizando sobre quienes no aceptan
callar ante lo inaceptable. Que se manchen la boca con el “estado de derecho” (contribuyendo
a erosionar más la ya devaluada credibilidad del sistema judicial español) no
cambia nada.
Esa instantánea revela un rasgo cínico por excelencia: la obscenidad. No es
simple hipocresía, en la que el acto inmoral se oculta por ser considerado
públicamente reprobable. Es ir más allá de la máscara hipócrita: el gesto obsceno desafía un orden
moral previo en el que tanto el robo o las prebendas como la mentira o el abuso
de poder son socialmente reprobados. La primacía de lo obsceno se convierte en
prepotencia de una práctica delictiva que se ampara en la impunidad; una
práctica que, por si fuera poco, atraviesa instituciones políticas y económicas
como el parlamento, los partidos políticos, la monarquía, las grandes empresas
o la banca. El
gesto es una muestra desquiciada de fuerza: “soy un corrupto ¿y qué?” podría
ser el subtexto de aquella instantánea en la que un político, en el momento de su
mayor alarde, estaba anunciando al mismo tiempo su entierro como parte del
pasado.
El problema, como siempre, es que aunque pueda barrerse
con alguno de estos sujetos, la obscenidad persiste, se multiplica, encarna en
otros dispuestos a llevarla más al extremo. Es cierto que, en determinadas
coyunturas históricas, debe dosificarse con una retórica eufemística que
construye el saqueo privado como beneficio público. Pero nada que se asemeje a
una autolimitación ética: es una cuestión de estados de ánimo y relaciones de
fuerza. Se sabe: son tiempos de indignación colectiva y apelar a la pantomima
de la moderación –antes que a la provocación descarada- es un asunto de
supervivencia. Lo que cuenta, sin embargo, es que siguen haciéndolo.
-II-
Aunque nada los salve del escarnio público, el prontuario
de sujetos de esta calaña puede “limpiarse” (es decir: olvidarse) por un
sistema judicial políticamente conservador y con remanentes franquistas (piénsese
en los homenajes funerarios a antiguos miembros del gobierno militar, las
prácticas medievales de algunos miembros destacados del TSJ o los hábitos
suntuarios de esta nobleza extemporánea).
Lo cierto es que las instantáneas del cinismo proliferan.
Son innumerables: la aprobación por decreto de la peor reforma laboral en la
historia contemporánea de España (afirmando de forma inverosímil que dicha
reforma es imprescindible para crear empleo, cuando no ha hecho más que destruirlo);
las dificultades estructurales para erosionar la impunidad monárquica; el
retroceso legal iniciado contra los derechos de la mujer y de la ciudadanía en
general; la arremetida presupuestaria e ideológica contra la educación, la
sanidad y la investigación públicas (en simultáneo a la reivindicación de las
fiestas taurinas como patrimonio cultural); la política de reducción de déficit
empeñada en desmontar lo que queda de un estado de bienestar ya endeble, sin
siquiera revisar la financiación millonaria de instituciones como la iglesia
católica, las fuerzas armadas y policiales o la corona; la disminución de la
presión fiscal sobre los niveles de renta más elevados y el aumento sobre las franjas
sociales mayoritarias (reafirmando un sistema tributario regresivo); la
escandalosa “tolerancia” del fraude fiscal, la economía sumergida y los
paraísos fiscales, junto a medidas destinadas a salvar el sistema financiero a
expensas del erario público; el recorte de ayudas a dependientes; la supresión
ministerial de cualquier referencia a la inmigración; la reducción de una ya escuálida
partida a “cooperación y desarrollo”; la criminalización y represión policial
de las protestas sociales; el asalto a los medios de comunicación públicos por
parte del partido gobernante; la vergonzante política de desahucios; la
creación de nuevas tasas judiciales; las restricciones crecientes en el acceso
a las prestaciones sociales… La enumeración no es exhaustiva; se trata apenas de
algunas instantáneas que van delineando un cuadro deplorable que
describe una España en recesión, asediada por la pobreza, la desigualdad, la
corrupción impune, el paro y la precariedad laboral.
-III-
Que las políticas del actual gobierno neoconservador no sean
sorprendentes no les resta su gravedad. En ese sentido, el tradicionalismo cultural,
el autoritarismo político y el neoconservadurismo económico
constituyen tres claves interrelacionadas para pensar las condiciones del
presente en España, en la que el gobierno ha consolidado su alianza con la gran
burguesía empresarial y financiera, con una cúpula eclesiástica retrógrada que
encarna lo peor del catolicismo y una monarquía decadente. Sería un error, sin
embargo, subestimar la capacidad del gobierno para legitimar un paquete de cambios
de carácter reaccionario. Si por un lado es de prever que las luchas sociales
no cesarán de multiplicarse, por otro lado, necesitamos reflexionar sobre los
modos en que la actual fuerza dominante se propone construir hegemonía, esto
es, producir consensos sociales en torno a las medidas centrales que ha puesto
en curso. Es a partir de esa comprensión como podemos elaborar herramientas
críticas no sólo para desmontar un discurso político marcado por el cinismo,
sino para articular intervenciones que subviertan el actual estado de cosas.
En esa dirección, los varios inventarios de eufemismos al
uso que circulan en la red señalan la dirección por la que pretende legitimarse
el actual bloque gobernante: “regularización fiscal” en vez de “amnistía
fiscal”; “ampliación de retenciones en el impuesto al valor” en vez de “aumento
del IVA”; “reestructuración del sector público” en vez de “destrucción del estado de
bienestar”, “tercerización” en vez de “privatizaciones”, “ayuda financiera” a
la banca en vez de “intervención bancaria”, “reformas estructurales” en vez de
“recortes”, “desaceleración en la destrucción de empleo” en vez de “aumento de
parados”; “ejecución hipotecaria” en vez de “desahucios”, “flexibilidad” en vez
de “precarización” laboral; “nuevas facilidades para la contratación” en vez de
“abaratamiento del despido”, “competitividad” en vez de “reducción salarial”,
“ticket moderador” en vez de “repago”, son algunos de esos términos acuñados
por una derecha obstinada en aplicar un recetario que ya ha fracasado
estrepitosamente en América Latina, empeorando radicalmente las condiciones de
vida mayoritarias. El inventario no deja de ampliarse: en general, apunta a
presentar como “economía de libre mercado” una «economía oligopólica» que
agrava las desigualdades socioeconómicas y la concentración obscena de la
riqueza.
-IV-
El «discurso» no es un mero medio de reproducción de
poder. Como ha estudiado Foucault, el «poder» se produce también ahí: en los modos de inteligibilidad y legitimidad que
genera. El análisis de los discursos políticos abre camino a una política
crítica del discurso. Desmontar la retórica eufemística sobre la que se
sostiene la estrategia del neoconservadurismo, en este sentido, es insuficiente
e imprescindible a la vez. Si
bien identificar esa terminología aséptica no alcanza para transformar nuestra
formación social, es sobre la base de esa crítica donde mejor podemos
vislumbrar cómo lo obsceno se legitima evitando cualquier referencia a sus
(funestos) efectos sociales.
¿Hace falta señalar que a nivel internacional la
estrategia retórica del bloque dominante es similar? Si las intervenciones
neocoloniales a nivel mundial son llamadas “misiones de paz”, tampoco sorprende
que invoquen la “democracia” para la implantación de gobiernos corruptos que
incumplen con los derechos humanos más básicos (como ocurre en Afganistán,
Pakistán o Irak), celebren como “amigos de la libertad” a países teocráticos como
Arabia Saudí o planteen como “legítima defensa” los ataques indiscriminados del
estado israelí a la población palestina.
En cualquier caso, no basta denunciar lo obsceno si
seguimos acuñando unas categorías del discurso que reintroducen subrepticiamente
lo que querían expulsar. En una época marcada por
el descreimiento radical acerca de las posibilidades de cambiar el mundo,
necesitamos poner en crisis una cultura política hegemónica que juzga como cosa
ilusoria –cuando no peligrosa y totalitaria- cualquier voluntad de cambio. Si
en un plano político no se cansarán de recordar las experiencias totalitarias
del siglo XX, a nivel económico enfatizarán la economía de libre mercado como
el menos malo de todos los sistemas económicos conocidos y en una dimensión
antropológica no cesarán de repetir la tesis de la naturaleza egoísta del ser
humano. La insistencia en la “lógica del mal menor” (mientras intentan bloquear
cualquier disidencia que permita imaginar otros mundos posibles) es signo de un
dogmatismo inaceptable. La complicidad con lo ya-conocido no deja de suscitar
incómodos interrogantes: ¿en qué sentido constituye un “mal menor” un sistema
que arrasa diariamente millones de vidas, mientras proclama la utopía del
mercado como única posibilidad realizable? ¿En qué consiste esta “lógica” que
en nombre de la libertad (de mercado) produce holocaustos a diferentes escalas
(1)? ¿Puede hablarse con un mínimo de seriedad de “economía de libre mercado”
cuando lo que constatamos a diario es la concentración de las decisiones en
unas elites económico-financieras globalizadas? ¿No sería infinitamente más
preciso referirnos a la «dictadura de los mercados»
y a las «servidumbres del estado»? Y ¿hasta qué punto puede seguir
sosteniéndose el presupuesto de una «naturaleza humana» invariante, cuando
histórica y culturalmente las prácticas sociales no sólo son diversas sino también
divergentes?
A pesar de las evidencias lapidarias de un capitalismo
de la catástrofe, la resignación sigue haciendo su trabajo. Puesto que la
alteridad está jaqueada por los poderes dominantes, la coartada ideológica se
hace nítida: no queda más alternativa que entregarse al goce en el lugar que se
pueda dentro de este mundo social.
El deber del goce (2) significa hacerse un lugar en el no-lugar del presente,
incluso si ello supone saltarse las normas más básicas de convivencia
interhumana. ¿No deberíamos poner en crisis, precisamente, este discurso del
goce que tiene como contrapartida lo obsceno, esto es, la exhibición de la
potencia, incluso si ello supone avasallar a los otros? No es preciso tener
convicciones profundas en el sistema para sostenerlo: el hedonismo, encerrado
en su infinita incitación al goce, es la forma por excelencia de nuestra época
de inmunizarse ante la obscenidad y postergar indefinidamente nuestras demandas de justicia.
En un mundo desdichado la instauración de un goce
sacrificial no es una fatalidad sino un subterfugio individualista
para aceptar lo inaceptable. En vez de eternizar lo histórico, como saben los
materialistas, nuestra opción es historizar lo eternizado. Puede que entonces esa
historización radical nos permita imaginar otras instantáneas de lo social, en
las que lo obsceno no sea ya la política de la impunidad en la que malvivimos.
Arturo Borra
(1) Ante la falsa armonía entre democracia y
mercado que ese discurso plantea, deberíamos recordar las dictaduras militares
latinoamericanas de los 70 como experimentos políticos precursores en la
implantación de “economías de mercado”, así como las experiencias posteriores
de empobrecimiento generalizado que advinieron tras las presuntas panaceas
neoliberales de los 90. El fetiche de la globalización no hace más que derramar
miseria. Conviene entonces invertir la premisa: un mercado global des-regulado,
en la medida en que conduce a la concentración y centralización de la propiedad
y de los ingresos, instala la distopía antidemocrática del capitalismo.
(2) “La gran paradoja es que el deber de nuestros días no impone la
obediencia y el sacrificio, sino más bien el goce y la buena vida. Y quizá se
trate de un mandato mucho más cruel. Probablemente el discurso psicoanalítico
es el único que hoy propone la máxima: “gozar no es obligatorio, te está permitido
no gozar”. La paradoja de la sociedad permisiva es que nos regula como nunca
antes” (Zîzêck, Slajov (2003): “Contra el goce”, entrevista realizada a S. Z.
en diario “Clarín”, 29-11-2003, Versión digital en http://old.clarin.com/suplementos/cultura/2003/11/29/u-666509.htm.
jueves, 7 de marzo de 2013
«Al sur de la frontera» -un documental de Oliver Stone sobre Hugo Chávez
Cuánta hipocresía mediática en las diatribas a Hugo Chávez...
¿Por qué asusta tanto el “populismo” chavista y no el “elitismo” de los
gobiernos europeos? ¿Por qué se ensañan con su “retórica caudillista” y nada
dicen sobre la “retórica militarista” de los gobiernos que componen la OTAN? ¿A
qué libertad de prensa se refieren los que callan sobre los crímenes contra la
humanidad que cada día perpetran los gobiernos occidentales (aunque no
solamente), incluyendo atentados de falsa bandera, asesinatos selectivos y
otras aberraciones éticas? ¿Por qué condenan en Venezuela lo que celebran en
EEUU? ¿Por qué se ensañan con la “demagogia” de Chávez y apenas reparan en los
fantoches que nos gobiernan con gesto solemne? Y para terminar, ¿por qué
insisten tanto en el “autoritarismo” del expresidente venezolano y nada dicen
sobre el que sufrimos cada día en los países democráticos cada vez que
ejercemos el derecho a la disidencia?
jueves, 14 de febrero de 2013
Para una caracterización del ecosocialismo en diez rasgos -Jorge Riechmann
1. Frente al nihilismo contemporáneo, el ecosocialismo propugna una moral igualitaria basada en valores universales, arrancando en el primero de ellos: la dignidad humana. Más allá de la moral capitalista de poseer y consumir, más allá de su moral, la nuestra: vincularse y compartir. El pensador marxista franco-brasileño Michael Löwy, uno de los teóricos del ecosocialismo moderno, ha argumentado la necesidad de una ética ecosocialista con los siguientes rasgos: social, igualitaria, solidaria, democrática, radical y responsable.
2. Frente a la deriva biocida de las sociedades contemporáneas, el ecosocialismo apuesta por vivir en esta Tierra, “haciendo las paces” con la naturaleza. El socialismo, como sistema social y como modo de producción (sobre la base de la producción industrial), se define esencialmente por las condiciones de que el trabajo deja de ser una mercancía, y la economía se pone al servicio de la satisfacción igualitaria de las necesidades humanas. El valor de uso ha de dominar sobre el valor de cambio: esto es, la economía ha de orientarse a la satisfacción de las necesidades humanas (y no a la acumulación de capital). El ecosocialismo añade a las condiciones anteriores la de sustentabilidad: modo de producción y organización social cambian para llegar a ser ecológicamente sostenibles. (No mercantilizar los factores de producción –naturaleza, trabajo y capital—, o desmercantilizarlos, es la orientación que un gran antropólogo económico como Karl Polanyi sugirió en La Gran Transformación).
3. Frente a la pérdida de horizonte alternativo (tanta gente que ya sólo concibe la vida humana como compraventa de mercancías), el ecosocialismo es anticapitalista en múltiples dimensiones, incluyendo la cultural, y está comprometido con la elaboración de una cultura alternativa “amiga de la Tierra”. Hablaremos de “socialismo” en el sentido propio e histórico del término, un socialismo radicalmente crítico del capitalismo que busca sustituirlo por un orden sociopolítico más justo (y hoy hay que añadir: que sea sustentable o sostenible). No nos referimos, por tanto, a la profunda degeneración de la corriente política socialdemócrata que ha terminado desembocando en partidos políticos nominalmente “socialistas” aunque practiquen políticas neoliberales.
4. Frente a la tentación de refugiarse en los márgenes, el ecosocialismo mantiene la lucha por la transformación del Estado. Me impresionó, hace no mucho, un artículo de Ignacio Sotelo donde, tras decretar la inviabilidad de la revolución –“mitología decimonónica de una clase obrera supuestamente revolucionaria”− y también de la mera reforma –ya que “la rebelión y la protesta no van a cambiar el capitalismo financiero establecido”-- el catedrático de sociología –que se supone representa de alguna manera la izquierda del PSOE, no lo olvidemos− concluye que “no queda otra salida que trasladarse a otro país –la emigración vuelve a ser el destino de muchos españoles– o bien encontrar acomodo en la economía alternativa, saliéndose del sistema” . Es llamativa la coincidencia de esa propuesta de supervivencia en los márgenes, altamente funcional al desorden establecido, con la tentación de una parte considerable de los movimientos alternativos indignados: organicémonos por nuestra cuenta al margen del Estado (si destruyen la sanidad pública, creemos cooperativas de salud autogestionadas, etc.). Frente a esa tentación, el ecosocialismo afirma: no renunciamos a la transformación del Estado, de manera que llegue a ser alguna vez de verdad social, democrático y de Derecho.
5. Frente a la dictadura del capital que se endurece a medida que progresa la globalización, el ecosocialismo defiende la democracia a todos los niveles. Desmercantilizar, decíamos antes: y también democratizar. El ecosocialismo trata de avanzar hacia una sociedad donde las grandes decisiones sobre producción y consumo sean tomadas democráticamente por el conjunto de los ciudadanos y ciudadanas, de acuerdo con criterios sociales y ecológicos que se sitúen más allá de la competición mercantil y la búsqueda de beneficios privados.
6. Frente al patriarcado, ecofeminismo crítico. Como ha señalado Alicia Puleo, el ecofeminismo no se reduce a una simple voluntad feminista de gestionar mejor los recursos naturales, sino que exige la revisión crítica de una serie de dualismos que subyacen a la persistencia de la desigualdad entre los sexos y a la actual crisis ecológica. El análisis feminista de las oposiciones naturaleza/ cultura, mujer/ varón, animal/ humano, sentimiento/ razón, materia/ espíritu, cuerpo/ alma ha mostrado el funcionamiento de una jerarquización que desvaloriza a las mujeres, a la naturaleza, a los animales no humanos, a los sentimientos y a lo corporal, legitimando la dominación del varón, autoidentificado con la razón y la cultura. El dominio tecnológico del mundo sería un último avatar de este pensamiento antropocéntrico (que sólo otorga valor a lo humano) y androcéntrico (que tiene por paradigma de lo humano a lo masculino tal como se ha construido social e históricamente por exclusión de las mujeres). La negación y el desprecio de los valores del cuidado, relegados a la esfera feminizada de lo doméstico, ha conducido a la humanidad a una carrera suicida de enfrentamientos bélicos y de destrucción del planeta. Un ecofeminismo no esencialista y decidido a realizar una “ilustración de la Ilustración”, como el que propone Alicia Puleo , hemos de considerarlo imprescindible aliado del ecosocialismo que aquí se propugna.
7. Frente a la idea de un “capitalismo verde”, el ecosocialismo defiende que no tenemos buenas razones para creer en un capitalismo reconciliado con la naturaleza a medio/ largo plazo, aunque en el corto plazo sin duda serían posibles reformas ecologizadoras que permitirían básicamente “comprar tiempo” con estrategias de ecoeficiencia (“hacer más con menos” en lo que a nuestro uso de energía y materiales se refiere) . La razón de fondo de tal incompatibilidad es el carácter expansivo inherente al capitalismo, ese avance espasmódico que combina fases de crecimiento insostenible y períodos de “destrucción creativa” insoportable. Hoy ya estamos más allá de los límites, y por eso suelo decir que “el tema de nuestro tiempo” (o al menos, uno de los dos o tres “temas de nuestro tiempo” prioritarios) es el violento choque de las sociedades industriales contra los límites biofísicos del planeta. (y hoy “sociedades industriales” quiere decir: el tipo concreto de capitalismo financiarizado, globalizado y basado en combustibles fósiles que padecemos). Si se quiere en forma de consigna: marxismo sin productivismo, y ecologismo sin ilusiones acerca de supuestos “capitalismos verdes”.
8. Frente a la quimera del crecimiento perpetuo, economía homeostática. Una economía ecosocialista rechazará los objetivos de expansión constante, de crecimiento perpetuo, que han caracterizado al capitalismo histórico. Será, por consiguiente, una steady state economy: un “socialismo de estado estacionario” o “socialismo homeostático”. La manera más breve de describirlo sería: todo se orienta a buscarlo suficiente en vez de perseguir siempre más. En los mercados capitalistas se produce, vende e invierte con el objetivo de maximizar los beneficios, y la rueda de la acumulación de capital no cesa de girar. En una economía ecosocialista se perseguiría, por el contrario, el equilibrio: habría que pensar en algo así como una economía de subsistencia modernizada, con producción industrial pero sin crecimiento constante de la misma.
9. Frente al individualismo anómico y la competencia que enfrenta a todos contra todos, frente a la cultura “emprendedora” que convierte a cada cual en empresario de sí mismo presto a vender sus capacidades al mejor postor, el ecosocialismo defiende el bien común y los bienes comunes. Esta consigna apunta a priorizar los intereses colectivos (¡no solamente los de los seres humanos, y no solamente los de las generaciones hoy vivas!), y a gestionar las riquezas comunes más allá de las exigencias de rentabilidad del capital. Educación, sanidad, energía, agua, transportes colectivos, telecomunicaciones, crédito –ninguno de estos servicios básicos deberían ofrecerlos empresarios privados en mercados capitalistas. Tendrían que proveerse mediante empresas públicas y cooperativas gestionadas democráticamente.
10. Frente a la fosilización dogmática, ecosocialismo es socialismo revisionista. Pero es que, como decía Manuel Sacristán, “todo pensamiento decente tiene que estar siempre en crisis” . Aquí también es de utilidad la categoría pasoliniana de empirismo herético que le gustaba recordar a Paco Fernández Buey. Yendo a lo nuestro: lo esencial del marxismo, como repetían estos grandes maestros, es el vínculo de una idealidad emancipatoria con el mejor conocimiento científico disponible. Cada elemento teórico concreto del pensamiento socialista es revisable en función de lo que hayamos logrado saber recientemente: lo que resulta irrenunciable es la moral igualitaria que aspira a acabar con el patriarcado y con el capitalismo.
Artículo completo en Rebelión.
2. Frente a la deriva biocida de las sociedades contemporáneas, el ecosocialismo apuesta por vivir en esta Tierra, “haciendo las paces” con la naturaleza. El socialismo, como sistema social y como modo de producción (sobre la base de la producción industrial), se define esencialmente por las condiciones de que el trabajo deja de ser una mercancía, y la economía se pone al servicio de la satisfacción igualitaria de las necesidades humanas. El valor de uso ha de dominar sobre el valor de cambio: esto es, la economía ha de orientarse a la satisfacción de las necesidades humanas (y no a la acumulación de capital). El ecosocialismo añade a las condiciones anteriores la de sustentabilidad: modo de producción y organización social cambian para llegar a ser ecológicamente sostenibles. (No mercantilizar los factores de producción –naturaleza, trabajo y capital—, o desmercantilizarlos, es la orientación que un gran antropólogo económico como Karl Polanyi sugirió en La Gran Transformación).
3. Frente a la pérdida de horizonte alternativo (tanta gente que ya sólo concibe la vida humana como compraventa de mercancías), el ecosocialismo es anticapitalista en múltiples dimensiones, incluyendo la cultural, y está comprometido con la elaboración de una cultura alternativa “amiga de la Tierra”. Hablaremos de “socialismo” en el sentido propio e histórico del término, un socialismo radicalmente crítico del capitalismo que busca sustituirlo por un orden sociopolítico más justo (y hoy hay que añadir: que sea sustentable o sostenible). No nos referimos, por tanto, a la profunda degeneración de la corriente política socialdemócrata que ha terminado desembocando en partidos políticos nominalmente “socialistas” aunque practiquen políticas neoliberales.
4. Frente a la tentación de refugiarse en los márgenes, el ecosocialismo mantiene la lucha por la transformación del Estado. Me impresionó, hace no mucho, un artículo de Ignacio Sotelo donde, tras decretar la inviabilidad de la revolución –“mitología decimonónica de una clase obrera supuestamente revolucionaria”− y también de la mera reforma –ya que “la rebelión y la protesta no van a cambiar el capitalismo financiero establecido”-- el catedrático de sociología –que se supone representa de alguna manera la izquierda del PSOE, no lo olvidemos− concluye que “no queda otra salida que trasladarse a otro país –la emigración vuelve a ser el destino de muchos españoles– o bien encontrar acomodo en la economía alternativa, saliéndose del sistema” . Es llamativa la coincidencia de esa propuesta de supervivencia en los márgenes, altamente funcional al desorden establecido, con la tentación de una parte considerable de los movimientos alternativos indignados: organicémonos por nuestra cuenta al margen del Estado (si destruyen la sanidad pública, creemos cooperativas de salud autogestionadas, etc.). Frente a esa tentación, el ecosocialismo afirma: no renunciamos a la transformación del Estado, de manera que llegue a ser alguna vez de verdad social, democrático y de Derecho.
5. Frente a la dictadura del capital que se endurece a medida que progresa la globalización, el ecosocialismo defiende la democracia a todos los niveles. Desmercantilizar, decíamos antes: y también democratizar. El ecosocialismo trata de avanzar hacia una sociedad donde las grandes decisiones sobre producción y consumo sean tomadas democráticamente por el conjunto de los ciudadanos y ciudadanas, de acuerdo con criterios sociales y ecológicos que se sitúen más allá de la competición mercantil y la búsqueda de beneficios privados.
6. Frente al patriarcado, ecofeminismo crítico. Como ha señalado Alicia Puleo, el ecofeminismo no se reduce a una simple voluntad feminista de gestionar mejor los recursos naturales, sino que exige la revisión crítica de una serie de dualismos que subyacen a la persistencia de la desigualdad entre los sexos y a la actual crisis ecológica. El análisis feminista de las oposiciones naturaleza/ cultura, mujer/ varón, animal/ humano, sentimiento/ razón, materia/ espíritu, cuerpo/ alma ha mostrado el funcionamiento de una jerarquización que desvaloriza a las mujeres, a la naturaleza, a los animales no humanos, a los sentimientos y a lo corporal, legitimando la dominación del varón, autoidentificado con la razón y la cultura. El dominio tecnológico del mundo sería un último avatar de este pensamiento antropocéntrico (que sólo otorga valor a lo humano) y androcéntrico (que tiene por paradigma de lo humano a lo masculino tal como se ha construido social e históricamente por exclusión de las mujeres). La negación y el desprecio de los valores del cuidado, relegados a la esfera feminizada de lo doméstico, ha conducido a la humanidad a una carrera suicida de enfrentamientos bélicos y de destrucción del planeta. Un ecofeminismo no esencialista y decidido a realizar una “ilustración de la Ilustración”, como el que propone Alicia Puleo , hemos de considerarlo imprescindible aliado del ecosocialismo que aquí se propugna.
7. Frente a la idea de un “capitalismo verde”, el ecosocialismo defiende que no tenemos buenas razones para creer en un capitalismo reconciliado con la naturaleza a medio/ largo plazo, aunque en el corto plazo sin duda serían posibles reformas ecologizadoras que permitirían básicamente “comprar tiempo” con estrategias de ecoeficiencia (“hacer más con menos” en lo que a nuestro uso de energía y materiales se refiere) . La razón de fondo de tal incompatibilidad es el carácter expansivo inherente al capitalismo, ese avance espasmódico que combina fases de crecimiento insostenible y períodos de “destrucción creativa” insoportable. Hoy ya estamos más allá de los límites, y por eso suelo decir que “el tema de nuestro tiempo” (o al menos, uno de los dos o tres “temas de nuestro tiempo” prioritarios) es el violento choque de las sociedades industriales contra los límites biofísicos del planeta. (y hoy “sociedades industriales” quiere decir: el tipo concreto de capitalismo financiarizado, globalizado y basado en combustibles fósiles que padecemos). Si se quiere en forma de consigna: marxismo sin productivismo, y ecologismo sin ilusiones acerca de supuestos “capitalismos verdes”.
8. Frente a la quimera del crecimiento perpetuo, economía homeostática. Una economía ecosocialista rechazará los objetivos de expansión constante, de crecimiento perpetuo, que han caracterizado al capitalismo histórico. Será, por consiguiente, una steady state economy: un “socialismo de estado estacionario” o “socialismo homeostático”. La manera más breve de describirlo sería: todo se orienta a buscarlo suficiente en vez de perseguir siempre más. En los mercados capitalistas se produce, vende e invierte con el objetivo de maximizar los beneficios, y la rueda de la acumulación de capital no cesa de girar. En una economía ecosocialista se perseguiría, por el contrario, el equilibrio: habría que pensar en algo así como una economía de subsistencia modernizada, con producción industrial pero sin crecimiento constante de la misma.
9. Frente al individualismo anómico y la competencia que enfrenta a todos contra todos, frente a la cultura “emprendedora” que convierte a cada cual en empresario de sí mismo presto a vender sus capacidades al mejor postor, el ecosocialismo defiende el bien común y los bienes comunes. Esta consigna apunta a priorizar los intereses colectivos (¡no solamente los de los seres humanos, y no solamente los de las generaciones hoy vivas!), y a gestionar las riquezas comunes más allá de las exigencias de rentabilidad del capital. Educación, sanidad, energía, agua, transportes colectivos, telecomunicaciones, crédito –ninguno de estos servicios básicos deberían ofrecerlos empresarios privados en mercados capitalistas. Tendrían que proveerse mediante empresas públicas y cooperativas gestionadas democráticamente.
10. Frente a la fosilización dogmática, ecosocialismo es socialismo revisionista. Pero es que, como decía Manuel Sacristán, “todo pensamiento decente tiene que estar siempre en crisis” . Aquí también es de utilidad la categoría pasoliniana de empirismo herético que le gustaba recordar a Paco Fernández Buey. Yendo a lo nuestro: lo esencial del marxismo, como repetían estos grandes maestros, es el vínculo de una idealidad emancipatoria con el mejor conocimiento científico disponible. Cada elemento teórico concreto del pensamiento socialista es revisable en función de lo que hayamos logrado saber recientemente: lo que resulta irrenunciable es la moral igualitaria que aspira a acabar con el patriarcado y con el capitalismo.
Artículo completo en Rebelión.
lunes, 11 de febrero de 2013
Del sacrificio al cinismo: el mundo como mercancía
La «economía política del sacrificio»
no significa otra cosa que la producción de una economía de la carencia articulada
a una economía del excedente (1). El sujeto sacrificial, sustraído de la
penuria a la que condena al Otro, es beneficiario de un sistema de prebendas y
corrupción estructural que lo hace, literalmente, indiferente ante el
sufrimiento ajeno. No se trata de un mero desvío o perversión sistémica; al
contrario: estas prácticas son constitutivas del capitalismo.
Así pues, el «sacrificio» que
exige el neoconservadurismo tiene una dimensión necesariamente encubridora:
su retórica del ajuste infinito exime a los poderes económico-financieros y
político-institucionales de lo prescripto. A nivel nacional, mientras sus
defensores exigen cada vez nuevas renuncias colectivas en nombre de la austeridad,
transfieren recursos públicos billonarios a la banca privada, sostienen los
privilegios institucionales de la monarquía, el parlamento y la iglesia católica
y prosiguen con un saqueo estructural que nadie parece poder (o querer) detener,
como no sea mediante la movilización permanente de los propios damnificados. De
forma más global, las políticas del expolio convierten a diversos gobiernos
nacionales en meras agencias de un capital trasnacional concentrado,
completamente fuera de control. Aunque los modos de operación de esta «gobernanza
corporativa» mundial son múltiples, en cualquier caso están ligados entre sí
por la disposición ilimitada a sacrificar crecientes masas marginales, en
simultáneo a la consolidación de un proceso extraordinario de acumulación
económica y de un férreo régimen de control ideológico que adquiere de forma paulatina
un cariz totalitario.
Si el sacrificio en el mundo
trágico suponía aún una ética heroica (en la que el protagonista estaba
dispuesto al autosacrificio en nombre de un bien mayor), en este caso se trata
de una ética cínica, en la que el sujeto sacrificial sabe de sobra el mal que
produce y, sin embargo, no desiste de provocarlo en nombre de un bien
privatizado. El carácter sagrado del sacrificio, ligado a un sentido religioso,
queda reconfigurado de forma radical: la sacralización de una metafísica (o un
evangelio) mercantilista. El sometimiento a un gran Otro ya no se hace en
nombre de una donación incondicional sino del cálculo de un rédito. La
rendición a los mercados convertidos en “autoridad” que sanciona la legitimidad
de los sacrificios (recortes, privatizaciones, reforma laboral, reforma de
pensiones, salvatajes financieros, amnistía fiscal, desahucios, restricción en
el acceso a prestaciones sociales y al sistema sanitario, etc.) no se hace en
función de una convicción profunda en el bienestar general sino en la
conveniencia particular de sus mandatarios. El devenir-dios del mercado
instala una dogmática en la que la ofrenda nunca será suficiente.
En un doble movimiento, el
discurso neoconservador por una parte resemantiza el «sacrificio» como fórmula
para reequilibrar un sistema económico supuestamente marcado por el “derroche”
y por otra parte no hace otra cosa que desequilibrar más todavía una
formación social sobre-endeudada, multiplicando tanto las desigualdades
socioeconómicas como las asimetrías culturales. La falsa fatalidad de estas
decisiones, invocada como remedio ante un mal infinitamente mayor, produce una
sociedad polarizada. En nombre de la libertad de mercado se reproduce una
auténtica servidumbre política: la lógica de lo ineludible reduce de forma
brutal otras alternativas políticas a la nada.
En estas condiciones, la
consolidación de un «estado de excepción» tiene un sentido preciso: ser garante
de unas políticas que habitualmente encontrarán resistencias populares más o
menos organizadas. La liquidación ideológica de lo político, manifiesto como
tecnocracia, se transforma en una “gestión de la crisis” orientada a
restablecer la rentabilidad privada de los grandes grupos económicos,
incluyendo los sectores de la banca, la industria bélica o las empresas de
seguridad.
En síntesis, el actual bloque hegemónico
hace un uso cínico del «sacrificio» para legitimar una de las mayores
transferencias de recursos públicos a manos privadas: en tanto «ideologema»
instala como inexorable la apropiación indebida de la riqueza social por parte
del sistema financiero y las grandes corporaciones trasnacionales. Apenas hace
falta insistir en que no hay ningún límite interno al capital que pueda detener
esta conversión espectral del mundo en una mercancía de gran magnitud. Forma
parte de la estructura del capitalismo globalizado reclamar nuevos sacrificios
para los otros mientras custodia sus ingentes beneficios privados.
Un «sacrificio» así
institucionalizado, por más que se empecine en mistificar el crimen como cosa
inexorable, apenas puede ocultar su carácter apócrifo. Se trata, ante todo, de
un juego de máscaras, producto de un supuesto «pecado original» o un exceso
precedente: la indisciplina, el derroche improductivo, el consumo excesivo de
las clases populares, la falta de hábitos de ahorro, etc. El peso muerto de la
historia termina aplastando millones de vidas, mientras los presuntos
redentores de la humanidad están convirtiendo el mundo en un desierto. Lo que
anacrónicamente es llamado “primer mundo” está asediado por todas partes.
Exceptuando las elites mundiales -y sólo hasta cierto punto, en la medida en que
logran encapsular el riesgo- nadie está a salvo. El mundo como escombrera se
desborda cada día: el dique de los estados-nación hace tiempo ha reventado y ha
dado lugar a un juego sin más ley que la que establecen nuestros amos sin
rostro.
Las diez “plagas” que menciona
Derrida (2) no cesan de multiplicarse: i) el “paro” en mercados desregulados, ii)
la “exclusión masiva de ciudadanos sin techo”, iii) la “guerra económica” sin
cuartel intracomunitaria e intercontinental, iv) las contradicciones entre
“mercado liberal” y “proteccionismo” de los estados capitalistas, v) la
“agravación de la deuda externa” y sus efectos en la propagación del hambre, vi)
la “industria y comercio de armamentos”, vii) la extensión incontrolable de
“armamento atómico”, viii) las “guerras interétnicas” en sentido amplio, ix) el
poder creciente de las mafias y el narcotráfico y x) el estado del “derecho
internacional” dominado por estados-nación particulares. A esas plagas habría
que agregar al menos otras tantas: xi) la expansión de la corrupción
estructural extendida en instituciones económicas y políticas fundamentales, xii)
la peligrosa primacía de la economía financiera por sobre la economía
productiva, xiii) el relanzamiento del neocolonialismo (nuevas guerras, asesinatos
selectivos, detenciones ilegales, torturas, intervenciones “humanitarias”, etc.),
xiv) la institucionalización del estado policial (y la correlativa suspensión
selectiva de los derechos humanos), xv) la propagación de proyectos tecno-militares
no convencionales a escala mundial de alcance impredecible (drones,
geoingeniería y nanotecnología militar, ciberterrorismo, etc.), xvi) el
fortalecimiento de los oligopolios mediáticos, el creciente control informativo
y la falta de diversificación de las industrias culturales masivas, xvii) la
destrucción irreversible del medioambiente, xviii) los déficits estructurales
de una democracia parlamentaria dominada por el bipartidismo, xix) la
consolidación de las alianzas entre estados y corporaciones trasnacionales y xx)
la escalada del racismo y la xenofobia, especialmente en Europa y EEUU.
El inventario necesariamente es
incompleto. Lo decisivo es el efecto global que producen en nuestro mundo
social actual, intensificando la represión de lo político como instancia
democrática en la que lo social dirime sus conflictos. Al respecto, es
pertinente preguntar si este proceso no está conduciendo a la mundialización de
un régimen de control que difumina (sin disolver de forma completa) la
distinción entre «democracia» y «totalitarismo». Tanto la fabricación en serie de
sujetos confinados a la categoría de «sobrante estructural» como la persecución
jurídico-policial de la alteridad señalan en esa dirección.
Ante los escombros del
capitalismo, sus responsables centrales responsabilizan a quienes son
aplastados o sobreviven bajo ellos. La argamasa ideológica del sistema,
elaborada en una multiplicidad de instancias institucionales, empezando por los
massmedia, se monta sobre una coartada: los damnificados no existen.
Sólo es una cuestión de competencias (en su doble acepción de
«capacidad» individual y «lucha» interindividual sujeta a las “reglas de
mercado”) [3].
Ahora bien, ¿qué clase de
sacrificio es éste que sustrae lo “propio” de la condición de sacrificabilidad,
incluso si para ello debe construir un blindaje de impunidad? ¿No es
precisamente esa sustracción la que revela la estructura apócrifa de este
“sacrificio”? La respuesta es positiva: se trata de un pseudo-sacrificio.
No está a la altura de la exigencia infinita de darlo todo, incondicionalmente.
En suma: la retórica sacrificial no
sólo es éticamente inconsecuente, sino políticamente devastadora (4). Esta
inconsecuencia devastadora hace manifiesta su estructura cínica. Dicho de otra
manera: sé de sobra que aquello que elevo a universalidad es la máscara
de un interés particular y, aún así, lo hago. Es exactamente la
fórmula del cinismo que Sloterdijk plantea: lo saben y aun así lo hacen (5). El presupuesto de esta práctica
reflexiva es que el Otro no importa o, peor aun, que es despreciable.
Tanto los ideólogos
neoconservadores como los defensores de la socialdemocracia constituyen
ejemplos de este cinismo ilimitado en el que vivimos y tanto más lo son cuanto más
llaman a una confianza en el futuro, al consuelo venidero, al abanderamiento en
una esperanza metafísica resguardada (o separada) de la historia del presente.
La sociedad del sacrificio es una sociedad de la catástrofe: hasta el arrase se
plantea como una oportunidad de negocios.
Así pues, en el actual umbral
histórico, la crítica al neoconservadurismo ha de articularse a una “crítica de
la economía política” más general. El devenir catastrófico en nombre de un presunto
sacrificio necesario forma parte del cinismo extendido a nivel mundial. Sabemos
de sobra que la posibilidad de una inclusión social satisfactoria es nula en las
condiciones del presente. Eso no impedirá que los planes sigan su curso
indiferente. La «periferia interior» del capitalismo cubre zonas cada vez más
extensas del planeta e instituye la realidad de «ciudadanías periféricas». No
hay posibilidad alguna de transformar esa realidad si no subvertimos tanto la
economía política que la sostiene como la cultura cínica que la hace concebible
a nivel ético-político. Investigar de forma crítica ese cinismo hegemónico es parte
de la tarea interminable de imaginar una sociedad en la que el goce no asiente
en el crimen.
(1)
«Falta» y «exceso» no son simples términos de una contradicción lógica; están
coimplicados de forma indisoluble como consecuencia de un antagonismo de clase
que, en las condiciones del presente, no hace sino agravarse.
(2)
Derrida, Jacques (2012): Los espectros de Marx, Trotta, Madrid, pp.
95-98.
(3)
Lo social queda reducido a un escenario de competición y las desigualdades a
meros efectos de esfuerzos diferenciales, esto es, a “consecuencias naturales”
de la división entre “ganadores” y “perdedores”. La interpretación
meritocrática, desde luego, tiene que ocultar de forma sistemática las
condiciones materiales de actuación, marcadas por asimetrías radicales de
poder. En esta lectura, los jugadores que conocen las cartas marcadas (los que
hacen trampa) son aceptados como legítimos ganadores.
(4)
El proceso de pauperización social que afecta a una parte creciente de la
población mundial es una consecuencia necesaria de una economía política
semejante. Jóvenes y personas mayores, discapacitados y dependientes,
desahuciados y desempleados, inmigrantes y refugiados, víctimas de la violencia
de género o de la homofobia: todos forman parte del ejército subalterno
potencialmente sacrificable.
(5) Para un abordaje
histórico-filosófico del cinismo, puede consultarse Sloterdijk, Peter (2003): Crítica
de la razón cínica, Siruela, España.
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