miércoles, 5 de septiembre de 2012

Apuntes sobre «La desaparición del exterior» de Antonio Méndez Rubio



I

Hay libros llamados a pasar en puntas de pie, casi inadvertidos, tanto por la propia exigencia de invisibilidad como por el desajuste que producen con respecto a las lecturas hegemónicas sobre el presente. Ese desajuste, producido a fuerza de un sostenido y consistente trabajo crítico con respecto al campo de la comunicación y la cultura, es el que reaparece en (otra) escena en La desaparición del exterior: Cultura, crisis y fascismo de baja intensidad  (Eclipsados, Zaragoza, 2012), el nuevo libro del ensayista Antonio Méndez Rubio, en continuidad con trabajos precedentes como La apuesta invisible: Cultura, globalización y crítica social (Montesinos, Barcelona, 2003) o Encrucijadas: Elementos de crítica de la cultura (Cátedra, Madrid, 1997).

En este nuevo libro, Méndez Rubio reúne ensayos heterogéneos escritos entre 2001 y 2009, además de tres entrevistas recientes. Con su ya característico estilo lúcido, mordaz y provocativo el autor retoma el tejido problemático que enhebra a partir del borrado de una «exterioridad» tan incierta como necesaria para imaginar (y, por ende, instituir) otra forma de sociedad. Un tejido, por otra parte, capaz de asfixiar si se le da crédito. La misma dedicatoria a Joaquín Herrera Flores es elocuente con respecto al alcance de las tesis de partida: lo que está en juego (en riesgo, mejor) en nuestras sociedades contemporáneas no es sólo un asunto de derechos humanos, sino la vida misma.   

Para Antonio Méndez Rubio vale lo que decía Edmond Jabès: “Preguntar es estar sin pertenencia el tiempo que dura la pregunta; es estar sin pertenencia en la pertenencia, sin lazos en el lazo. Desatarse a fin de atarse mejor para volver a desatarse; es, del dentro, hacer un fuera perpetuo; es liberarse y, de esa libertad, disfrutar y morir” (1984: 24 [1]). Exactamente lo contrario a lo que produce el capitalismo: convertir el afuera en una interioridad perpetua que, paradójicamente, expulsa hasta los sueños, la imaginación, las añoranzas. Su poder de asimilación podría describirse como fuerza de interiorización neutralizadora de un exterior significado como amenazante. Esta deglución tendencial que produce el capitalismo es goce de muerte que plantea el lazo como imposible de desanudar. Estrictamente: la lógica de la esclavitud, que acepta como dados los vínculos, esto es, nudos “naturales” (en verdad, naturalizados) que no podrían desatarse. ¿Qué otra cosa podrían perseguir los imperativos hegemónicos que repiten de forma incesante la presunta inexistencia de alternativas ético-políticas a un presente cada vez más desolado? ¿Y cómo podría todavía cuestionarse ese poder asimilador, ese gran interior que se presume omnipotente e inalterable, como no sea a través de una interrogación interminable? 

La desaparición del exterior dispara en ese sentido, tal vez como una reivindicación no tan silenciosa de la intemperie. Con ello, se extraña del mundo social al que pertenece y, desde la libertad de crítica que ejerce, acepta el desafío de atravesar el desierto. El carácter perturbador de esta “desaparición” es claro:

En este mundo (no mundo-otro sino mundo-uno), la pauta de orden parece reproducirse a sí misma de manera obscena, autoevidente, como una negación del afuera, como un borrado de cualquier exterior (Méndez Rubio, 2012: 19).

La autoafirmación ilimitada de ese mundo-uno se hace patente, en primer lugar, en la difuminación de la distinción entre lo «público» y lo «privado» de la primera modernidad, así como en la totalización que el presente hace de sí mismo, avanzando en el viejo sueño totalitario de un «mundo clausurado», como décadas atrás denunciaran algunos intelectuales ligados al círculo de Frankfurt.

Los efectos claustrofóbicos que el actual orden globalizador produce son indisimulables, pero esa claustrofobia no es crítica todavía si no permite elucidar formas de análisis e intervención que contribuyan a fisurar esa membrana que se proyecta como invulnerable, incluso si para ello debe erigir un escudo que nos protegería de la presunta amenaza de la alteridad. Ante este espacio totalizado, Méndez Rubio enfatiza las claves culturales de cuño libertario que anclan las prácticas críticas a su condición (de)constructiva, poiético-política, que apunten a un movimiento diaspórico, capaz de quebrar esa frontera fijada entre un interior plácido y un exterior peligroso que mejor sería evitar.

La toma de distancia de un cierto progresismo reformista es nítida: no hay capitalismo de “rostro humano”. Por tanto, no se trata meramente de cuestionar supuestas “perversiones de la democracia” sino de trazar una crítica y unas luchas contra “una renovada y legalizada forma de fascismo histórico” (2012: 23). Tras las huellas de diversos autores ligados a un horizonte crítico –desde Adorno y Bauman hasta Sloterdijk o Virilio- Méndez Rubio procura reconstruir la filiación entre fascismo y modernidad e incluso, de forma más concreta, entre holocausto, industrialización y estatalismo. Si la cultura de masas instala como prototipo del fascismo al nazismo alemán (reduciéndolo así a un caso único, localizable y rentable), La desaparición del exterior avanza en sentido contrario: tanto el nazismo como la modernidad oficial comparten un industrialismo desenfrenado y un nacional-estatalismo que los emparenta de modo indisimulable.

Dicho lo cual, se plantea la hipótesis polémica que sostiene “(…) la existencia de un vínculo pragmático e inercial entre el ambiente social actual y un fascismo de baja intensidad” (2012: 25), entendiendo por «baja intensidad» una “presión mínima” pero en el contexto de una opresión constante, extensa y profunda. El autor apoya esa hipótesis al menos en cuatro bases: la “desaparición del espacio público”, la “neutralización expansiva de la información como propaganda y publicidad”, la “invisibilización del otro” construido como amenaza y la “producción adictiva de pobreza a gran escala”. Sobre esos escombros, se alzaría un orden social autoconcebido como “régimen inconstestable” que normaliza por consenso el control y la violencia extendidos.

Siguiendo a Foucault, Méndez Rubio define el actual espacio como una “(…) especie de espacio total, sin exterior, donde la amnesia ocupa el lugar tradicional de la memoria, la actualidad ocupa el protagonismo que tuviera la historia, y el mundo se traduce a códigos acelerados de interconectividad sin límite, de inmediatez comunicativa, donde, como se cansan de repetir eslóganes comerciales y políticos, todo es posible” (2012: 34). Ante esta realidad histórica, que coincide con lo que Hannah Arendt llamaba «totalitarismo», La desaparición del exterior contrapone un «antipoder de raíz crítica o todavía revolucionaria» que abogue por la producción de espaciamientos o aperturas imprevistas.

Sin embargo, difícilmente podemos cambiar esa realidad histórica si no atendemos a las especificidades de la actual fase postmoderna y globalizada del capitalismo, en la que lo cultural adquiriría una relevancia estratégica sin precedentes. Eso convierte nuestra vida en común en un campo de lucha decisivo y también habilita a una revalorización política y cultural de lo popular-subalterno, en tanto condición de alteridad y alteración de lo hegemónico. Tal vez en ese modo de producción podrían rearticularse unos conflictos que abran los espacios de poder hacia un exterior que, paradójicamente, no existiría. 

II

Sugerente en distintos sentidos, La desaparición del exterior también incide en la crítica a una sociedad del espectáculo que sobreproduce imágenes ante el vaciamiento del exterior, en una suerte de “virtualización de lo vivido” o “(…) espectacularización de un afuera que de alguna forma escópica suture la herida dejada abierta por la desaparición del exterior” (2012: 45). Antes que invitar al optimismo, el autor advierte sobre los peligros que se ciernen sobre la «comunicación» en un mundo que se presume plenamente intercomunicado y que, más bien, desplaza a una zona de “solipsismo interactivo” que pocas semejanzas guarda ya con la experiencia del diálogo.

En las condiciones de este “cercado existencial”, los espacios públicos son reconvertidos en espacios publicitarios, lugares de paso por un territorio sin límite que encarna en un mundo televisivo tan fascinante como virtualizado. Las implicaciones de ese espectáculo son graves; ante todo, el borrado de aquellos sujetos sufrientes entre los que cuentan los refugiados, los pobres, los esclavos, “los desechos sin valor del mercado global”.

Frente a una cultura que pone en crisis los vínculos comunitarios y nos encierra en un “ensimismamiento compartido” resulta de vital importancia la interrogación por lo común. Méndez Rubio ahonda en esa dirección, remitiendo tanto a la comunicación como “exposición con el afuera” (Nancy) como a la necesidad política de crear espaciamientos críticos (incluyendo la apertura simbólica de cierta producción artística, creadora de una “zona de incertidumbre”) en un espacio social que se pretende suturado.

Tal vez en esas indagaciones el lector sienta que puede respirar. El libro, sin embargo, no da tregua. De forma elíptica y polémica, Méndez Rubio advierte incluso sobre un cierto “activismo” que da por evidente la posibilidad de una acción crítica en el espacio público actual. Contra las “llamadas fáciles a la acción” que involuntariamente tienden a reproducir el orden existente, el autor insiste en la necesidad de revisar los propios presupuestos (o definiciones) del hacer, parafraseando a Zîzêk y su llamado a “hacer nada” –que de lugar a otro hacer y, en primer término, a otro modo de vivir. Y aunque ante un posicionamiento así uno se ve tentado de preguntar si no estamos ya “haciendo nada”, la puntuación crítica es más que pertinente en un contexto histórico en el que incluso las prácticas políticas más contestatarias corren el riesgo de ser asimiladas sin excesiva dificultad.

Cualquiera sea la respuesta a la cuestión previa, Méndez Rubio nos instala en un campo tan incómodo como imprescindible al momento de hacer una reflexión política radical. Si el valor de un trabajo crítico no reside en su novedad sino en su capacidad de perforación -o, si se prefiere, en su fuerza para desenlazar esos nudos que nuestra actualidad ha atado con violencia-, entonces, no hay dudas que La desaparición del exterior opera en ese sentido de un modo lúcido y ejemplar. Lejos de limitarse a repetir, persiste en la interrogación de una problemática de primer orden: el giro histórico de un  «fascismo clásico» ligado al nacional-socialismo a un «fascismo de baja intensidad» (2). Su tesis es tan clara como inquietante: el actual sistema global(itario) en el que vivimos puede caracterizarse precisamente por esta segunda variante fascista, en absoluto ajena a la realidad de un holocausto permanente:
           
Mientras tanto, la identificación de la política con la lógica del terrorismo y de la guerra sigue su curso afable, indiferente. Así que la subversión apenas perceptible, silenciosa, le queda aún el desafío de desbordar el esquematismo y el absolutismo autista del sistema, el reto de transgredir los límites secretos de una propaganda ilimitada. Esto es: la necesidad de encontrar las fisuras improbables de una realidad sin exterior (2012: 70).

En una época de “mirada sin visión”, la referencia a una “política nocturna” es ineludible; se trata de aprender a mirar contra la obviedad de la propaganda que incita al consumo mientras la información y la guerra se convierten en mercancías cada vez más rentables. Esa obviedad propagandística no sólo absolutiza y totaliza su punto de vista; también instala un discurso monológico y estandarizante que censura matrices discursivo-críticas, asimilando la producción de orden a la producción de miedo a gran escala. Correlativamente, la «guerra» aparece como “medio de reproducción de las alianzas entre mercado y estado, capitalismo y gobierno”, planteando la disidencia como una “amenaza sistémica”.

El diagnóstico es lapidario: tras el 11-S, vivimos en un estado de excepción permanente, bajo la hegemonía de un fascismo de baja intensidad. Si el fascismo clásico constituye una variante comparativamente más letal en el plano de los cuerpos, en este caso se trata de una variante que a través de la «ideología de la no ideología» apuesta a desarticular cualquier vestigio de una existencia autónoma y su apertura a la alteridad. A ese desplazamiento, que no niega rasgos comunes (el espectáculo, la propaganda, el aislamiento, la movilización masiva), le corresponden operaciones diferenciales: mientras el fascismo clásico opera predominantemente a través de un estado militarizado que administra el genocidio, el fascismo de baja intensidad opera de forma predominante a través de «golpes de mercado», con consecuencias no menos funestas para cientos de millones de vidas.

Ahora bien, si hay estructuras fascistas en la “vida democrática”, si la modernidad misma tiene como contracara el holocausto, entonces, cualquier proyecto de reingeniería social no hace más que agravar las cosas. Con ello, el reformismo como intervención política deja indemnes las bases socioculturales e institucionales que producen una masacre más o menos silenciosa: el racismo, el autoritarismo centralizado, la estabilización del estado de excepción, la pasividad de la población civil terminan institucionalizando el mundo como “campo de concentración”. En tanto nuevo fascismo no se plantea aquí una “solución final” puesto que ya no la necesita: la alteridad, gestionada como amenaza, está sometida al riesgo de la desechabilidad. Alcanza con observar lo que ocurre con tantos inmigrantes o grupos marginados para saber que ese riesgo regularmente se convierte en una sangrante realidad.

III

No es propósito de estos breves apuntes resumir un libro estrictamente irresumible. Como aventura intelectual y política, exige ser transitada en su complejidad y sus aristas más punzantes. Sus afirmaciones son suficientemente graves como para que el lector ahonde en sus implicaciones. No se trata, desde luego, de generalidades difusas: cada ensayo de Méndez Rubio, como un poliedro, aborda en profundidad diferentes dimensiones de un presente neofascista que (nos) amenaza de muerte: la guerra, la inmigración, los mass-media, la alianza entre mercado, estado y cultura masiva, la ciudad imposibilitada y algunas formas de resistencia cultural ante un presente devastador, son abordados de manera incisiva, con una argumentación implacable y luminosa. Pero Méndez Rubio no se limita a constatar el desastre: invita a “una travesía que empieza desde la derrota”. Puesto que “estamos dentro”, nuestra labor no puede ser sino el de intentar inventar una salida.

La desaparición del exterior recapitula unas tesis previas que ya anticipaban la ofensiva capitalista en curso desde hace una década, a escala planetaria. Sin embargo, en las condiciones históricas de producción de esas tesis, diez años atrás, la afirmación de que social-democracia y fascismo de baja intensidad mantenían una relación más estrecha de lo que en general se estaba dispuesto a admitir estaba destinada a ser desoída. La promesa de acceso ilimitado al consumo (a partir del endeudamiento) en el contexto de una democracia de masas, celebrada como el “fin de la historia” y articulada por los massmedia, parecía confinar esas tesis al desasosiego de la teoría crítica tardía, las más de las veces descalificada de manera simplista por «apocalíptica» en los términos de Eco.

Las ilusiones de un capitalismo benevolente, sin embargo, han estallado en muchos de los países que estaban presuntamente resguardados de sus riesgos. Con ese estallido, la tesis del fascismo en las llamadas democracias occidentales contemporáneas adquiere una renovada fuerza interpretativa. El régimen de pequeños privilegios del que antaño gozaban las presuntas “sociedades opulentas” se desvaneció en el aire y con éste la promesa social-demócrata de una sociedad del bienestar en un mundo arrasado. El giro hacia la derecha política en Europa –giro que precede claramente al ascenso electoral de partidos explícitamente neoconservadores- muestra lo que el conformismo cultural de principios de milenio quiso omitir: que el modelo de bienestar europeo se basó -y sigue basándose donde sobrevive- en un orden internacional criminal que transfiere el malestar a las periferias (interiores). La primacía de fuerzas económicas globales sustraídas de cualquier control público -suficientemente poderosas como para cambiar de modo drástico lo que en décadas anteriores se suponía, no sin cierta arrogancia, la “herencia de Europa”- es tan notable como inadmisible siquiera desde una perspectiva que se pretenda mínimamente democrática.

Ante estas transformaciones histórico-políticas, las condiciones ideológicas de recepción de las tesis formuladas en La desaparición del exterior quizás pueden resultar menos hostiles para algunos de los sujetos damnificados, esto es, disponer mejor a la escucha de lo que el discurso hegemónico quisiera borrar de modo definitivo: el recuerdo desequilibrante de un afuera improbable, que supone ante todo “mirar” de otro modo. Retroactivamente, la tesis sobre el fascismo no sólo tiene validez histórica en unas condiciones que predisponían a su rechazo apresurado, sino que muestra su poder anticipatorio: el capitalismo actual no puede sustentarse sin abatir a las mayorías sociales, sea a través de la eliminación y el confinamiento de masas marginales crecientes, sea a través del exterminio a gran escala mediante la guerra terrorista contra el Terror que para este interiorismo encarnaría el “afuera”.

La validez de esta tesis, sin embargo, no nos impide preguntar acerca de sus variaciones contemporáneas. ¿Podemos seguir describiendo en términos de magnitudes fijas o intensidades invariables lo que ocurre en la actual fase del capitalismo a nivel mundial? Para arriesgar una reformulación: la articulación específica de «guerra mundializada», «golpes de mercado» y «cultura masiva» puede dar lugar a intensidades diferenciales según los contextos históricos locales o incluso glocales. Quizás lo que en nuestro presente se está planteando con fuerza esté ligado a una articulación hegemónica elástica y multifocal entre estado de excepción, mercado capitalista y cultura fascista, capaz de producir y legitimar, alternativa o simultáneamente, según el caso, la criminalización y marginación de determinados grupos sociales, las guerras preventivas, las hambrunas de gran escala, la segregación in situ o el confinamiento en campos de encierro (incluyendo campos de refugiados o centros de internamiento), por mencionar sólo algunas de las aristas más estridentes de esta poderosa máquina de trituración. Dicho de otro modo: según imperativos inmanentes a esta articulación dinámica y la correlación de fuerzas sociales, la “presión” sobre las poblaciones puede variar de forma significativa. Así pues, cabría indagar sobre el vínculo entre este «fascismo de intensidad variable» y un recalcitrante neoconservadurismo convertido en ideología del capital trasnacional desterritorializado. Según las coyunturas histórico-concretas, habrá que investigar esas intensificaciones relacionadas, en cierta medida, a la magnitud de los antagonismos sociales que se plantean localmente y que, por definición, horadan esa interioridad sistémica que se pretende irresistible.

Desde luego, que esa operación hegemónica reclame según los contextos locales intensidades diferentes no nos hace olvidar que, globalmente, estamos ante la misma potencia fascista, productora en masa de residuos humanos o, para decirlo de una forma más sencilla, de un soberano desprecio hacia el Otro. El «capitalismo del desastre» -tal como insiste Naomí Klein- está entre nosotros. Méndez Rubio no se limita a constatarlo, sino que específica de forma crítica algunos de sus rasgos constitutivos, empezando por esa ideología triunfante que proclama la muerte de todas.

En este sentido, el interés por indagar en las grietas de esta gran membrana, por ver lo que a pesar del borrado persiste, es mucho más, y quizás algo esencialmente distinto, que una preocupación académica (legítima por otra parte). Allí se nos juega un modo de vivir, una apuesta invisible. Las encrucijadas son diversas y esa interrogación por lo que a pesar del borrado persiste resulta demasiado decisiva en la hora insegura como para no tener que volver sobre ella. Es cierto que no alcanza con mirar afuera cuando el muro está por todas partes o cuando ni siquiera sabemos si hay afuera. Pero ¿qué es la teoría crítica sino esa promesa más o menos explícita de ver más allá de la ceguera planificada de la masacre, partiendo de sus límites, acaso con la expectativa más o menos tácita de una emancipación nunca definitiva, rodeada de incertidumbres? Sin retorno posible a un bienestar cercado, a pesar del muro blanco, tal vez no todo sea motivo para el pesimismo. Y si lo es, se tratará en todo caso de un «pesimismo organizado» que no implica claudicación práctica. Como dice Méndez Rubio (2012, 240):

Precisamente porque el espacio se ha resquebrajado y abierto de una forma singularmente nueva, crítica, ahora las opciones se abren y reinventan también sin límite. Todos somos por una vez tan extras como protagonistas. Porque todo está en juego, y eso no se podía decir con la misma claridad en otros momentos o contextos. Un fascismo de baja intensidad produce un holocausto de baja intensidad, y reclama, entre otras cosas, una lucha de intensidad máxima.



Arturo Borra


(1)     Jabès, Edmond (2004): El libro de los márgenes II, trad. Begoña Díaz Zearsolo, Arena Libros, Madrid.
(2)   Otro de los intelectuales en el ámbito español que contribuyó a forjar este concepto es Carlos Taibo, quien en 2001 publicara un breve artículo llamado “Fascismo de baja intensidad” (en El Viejo topo, Nº 158, 2001, págs. 6-7).

sábado, 25 de agosto de 2012

La economía política del sacrificio III: el repudio de los otros

 
 
Ya no escuchamos con tanta frecuencia el discurso arrogante de los portavoces del “primer mundo”, entre otras cosas, porque ese “primer mundo” ni siquiera existe en tanto realidad homogénea. De la teoría de los tres mundos no queda, en buena parte del planeta, más que el tercero. La mundialización del tercer mundo incluso en los países centrales arruina cualquier pretensión de superioridad europea. Dicho de otra manera, el eurocentrismo está herido de muerte. La lección es clara: nadie está a salvo en el capitalismo, como no sean unas elites mundiales que gobiernan a espaldas de los pueblos, en la más absoluta opacidad. En cualquier parte donde se viva o sobreviva -según complejas coordenadas de clase, género, etnia, procedencia o edad- uno se topará con escombros. La creencia en una superioridad esencial, ligada a una etnia, una cultura o una nación, está jaqueada por la propia dinámica capitalista desterritorializante. El desbordamiento de una economía globalizada con respecto a los estados-nación (en tanto garantes necesarios de su despliegue) es inocultable. Lo que rige el movimiento de multinacionales y capitales financieros no es la lógica nacionalista sino la lógica de la mercancía: la “patria” inlocalizable del capital.
  
Que todavía ese núcleo etnocéntrico tenga anclaje social en Europa y EEUU no hace más que agravar las cosas: contribuye a sedimentar un discurso de cuño fascista, que además de construir al otro como sujeto inferior, lo supone inconvertible, esto es, incapaz de advenir como «semejante». Ahora bien, ante sujetos declarados inconvertibles lo único que se puede hacer para neutralizarlos es el control, el confinamiento o la muerte.
 
En Europa, seguir acusando a otras comunidades (“sudacas”, “moros”, “chinos”, “negros”) de las carencias globalizadas sigue siendo una manera de desconocer un modo de producción que sólo puede sobrevivir sobre la ruina de los otros. Agitar la amenaza demagógica de la invasión de los bárbaros oculta la barbarie de una sociedad del sacrificio, que transfiere la responsabilidad a los propios damnificados. Al negar las desigualdades inherentes a un orden internacional criminal, reduciendo el problema a una cuestión de «méritos individuales» y de «capacidades culturales» (según un esquema desarrollista unidimensional que identifica el «desarrollo» con el eje Europa/EEUU), esas acusaciones no pueden dar cuenta de lo que está ocurriendo en el sur europeo, en particular, el crecimiento descontrolado de sus periferias interiores.
 
La xenofobia y el racismo, como operadores selectivos y estratificantes, en vez de haber mermado ante las dificultades colectivas crecientes, aparece como el último refugio de una derecha que llama a “levantar la marca-España” (como si se tratara de un sello diseñado a través del marketing) hundiendo a los otros: supresión de fondos de integración, reducción drástica del presupuesto para políticas de codesarrollo y cooperación, desfinanciación de partidas destinadas a los colectivos de inmigrantes, refuerzo de una política de control migratorio, aumento de la presión contra la inmigración irregular, mantenimiento de los centros de internamiento de extranjeros, taponamiento de una política de asilo, etc. Si por un lado los hermanos ricos del norte son recibidos como agua bendita por la industria del turismo  y los empresarios chinos -no sin ambivalencias- elogiados en su laboriosidad infatigable y sobre todo su empuje inversor, la suerte mira a otra parte cuando se trata de trabajadores inmigrados, de los cuales más de un tercio está en situación de desempleo. Ningún ejercicio de autocrítica ni llamado a la humildad cabe esperar en esta coyuntura. Se trata, según la política en curso, de afianzar el sacrificio de los otros, de hacerlo más perdurable, de convertirlo en un punto irreversible (incluso cuando eso signifique, a largo plazo, la propia bancarrota).
 
Puede que muchos grupos identificados con la derecha sigan acusando a esas víctimas de ser responsables de lo que padecen (especialmente, si no forman parte de la propia comunidad nacional). De todas maneras, incluso si se representan como “superiores”, también están condenados. Casi todos, como no sea haciéndose propietarios de una empresa de seguridad o convirtiéndose en lacayos útiles y dóciles. Ni siquiera eso los inmuniza y también ellos serán “sacrificados” a su tiempo.
 
La reestructuración sistémica actual pone en jaque las prerrogativas de las que gozó antaño Europa. “Europa” misma es el nombre de una fractura política y una desigualdad económica manifiesta entre sus países-miembro. En esas condiciones, la inculpación a “los extranjeros” de la “crisis” es ridícula e inconsistente. La derecha más informada lo sabe y por eso necesita hacer malabarismos para ocultar la correlación entre «inmigración» y «crecimiento económico» -basado, por lo demás, en un modelo productivo insostenible-. Agotada la ilusión del derrame de la riqueza, usar como chivo expiatorio al otro no pasa de ser una estrategia desesperada para desviar la atención de los auténticos responsables de la debacle económico-financiera actual.
 
La maldición del “vuélvete a tu puto país” adquiere un nuevo sentido: no sólo el retorno concreto de miles de inmigrantes a sus países de origen, sino también la migración en sentido inverso, especialmente de miles de jóvenes que parten en busca de las oportunidades que el “primer mundo” les niega. En una irónica inversión, parte de quienes ayer cerraban sus puertas deben ahora golpear aquellas otras que miraban con reservas, cuando no con prepotencia. Para más humillación, muchos de ellos tendrán que sufrir las trabas burocráticas y legales que el estado español exigió a los inmigrantes en la última década.
 
La paradoja más notable de esta economía política del sacrificio, sin embargo, no es el repudio de los extranjeros en nombre de un gran Otro (el Mercado) sino la necesidad de extranjerizar a los propios, esto es, de construir cada vez nuevos “otros” a los que sacrificar (ya no bajo la forma de la expulsión sino de la pauperización). La conversión de millones de ciudadanos españoles en ciudadanos de segunda mano –a nivel político, económico y cultural- es el primer paso para la legitimación de una política a medida de las clases dominantes. Esos conciudadanos convertidos en extraños, son legión: jóvenes, mayores, discapacitados, dependientes, desahuciados, desempleados… El patrón común que tienen es su específica pertenencia de clase. Como sectores subalternos son objeto de una política que necesita cosificarlos para abatirlos con la menor resistencia posible. Como víctimas propiciatorias no alcanza con saquearlas y hacerlas partícipes forzosos del sacrificio; además, se trata de estigmatizarlas, inculpándolas de no estar sacrificándose lo suficiente, de no estar “esforzándose” todo lo necesario para salir del pozo en el que supuestamente se han metido por negligencia, falta de méritos o irresponsabilidad. 
 
Lo “propio” enajenado es la condición de sacrificabilidad. Ahora bien, ¿no se trata más bien de un pseudosacrificio en tanto sólo se ofrenda a aquellos que nuestros amos han prejuzgado como no valiosos (esto es, a los que considera «sobrantes estructurales»)? La respuesta es afirmativa. De ahí el reproche perpetuo de esos poderes sin rostro de los “mercados”: no has hecho los sacrificios suficientes. Nada señala, pues, que esta espiral de ajustes infinitos a las clases populares y medias vaya a detenerse. Cuando ya no alcancen quienes están tipificados como otros, esta política necesitará construir nuevas categorías de marginados a los que sacrificar. El genocidio al que tantos asisten como un espectáculo indiferente se nutre de esta exigencia infinita: puesto que esos otros ya están condenados al no-valor, es imperativo hacer nuevos sacrificios cada vez más costosos. El compromiso de los mandatarios con esta tarea interminable, imposible de satisfacer como no sea creando crecientes masas marginales, además de perversa, puede resultar sorprendente: para salvar unas elites, los que gobiernan tienen que convertir las propias poblaciones en objetos sacrificables. Y puesto que el presupuesto fundamental de esta forma de sacrificio neoconservador es que el sacrificado no coincida con el sujeto que sacrifica, todo hace prever que en la lista de espera también habrá casillas para los “propios ciudadanos” convertidos en extraños.
 
¿Qué límite se plantea internamente esta política? ¿Hasta qué punto están dispuestos a llegar y cuánto les permitiremos avanzar a nivel colectivo e individual en su ataque sin precedentes? Y puesto que los demás son nuestro espejo y que no somos sino a través de ellos, ¿qué suerte podría correr un sistema así, que declara una guerra a muerte a los «otros» fabricados a medida de su ambición ilimitada? ¿qué insoportable imagen arroja ese espejo, como no sea la de una codicia insaciable, esto es, la miseria infinita de esta subjetividad sacrificial que encarna en los agentes del capitalismo? No basta decir, como algunos ecologistas hacen, que “el dinero no se come”. Es cierto, pero no podemos permitirnos esperar a que se den cuenten y recapaciten sobre la condición constitutiva de los demás. Esperar a que estas elites mundiales se autolimiten en términos éticos es completamente ilusorio. En primer lugar, porque dar por sentado que no lo saben ya es algo totalmente dudoso. Pero sobre todo, porque si alguna vez estuvieran dispuestos a recapacitar, sería demasiado tarde.  
 
 
Arturo Borra

jueves, 16 de agosto de 2012

El laboratorio Roche podría ocultar 15.161 muertes por sus fármacos (por Miguel Jara) y video denuncia Industria Farmacéutica



Publicado por Miguel Jara el 23 de junio de 2012
extraído de su más que recomendable blog  http://www.migueljara.com/

El laboratorio Roche podría no haber comunicado a la Agencia Europea de Medicamentos (EMA) miles de reacciones adversas provocadas por sus medicamentos en Estados Unidos. Es escandaloso. Otro escándalo, a los que nos tiene acostumbrados esta compañía, pues podrían haber ocultado hasta 15.161 muertes relacionadas con sus fármacos. En estudios postcomercialización realizados en EE.UU. -o resto del mundo-, en ensayos clínicos, en programas de farmacovigilancia del propio laboratorio se recogen muchos datos relacionados con las Reacciones Adversas de los Medicamentos (RAM). Estos datos se ocultan y/o se pintan de otra manera a la EMA, como parece que ha hecho Roche (y si lo ha hecho Roche qué no harán otros).

Es lo que el abogado Francisco Almodóvar, con el que me he asociado entre otros motivos por todo esto, denuncia desde hace tiempo con ejemplos concretos como el del medicamento Fosamax, del laboratorio Merck Sharp & Dohme. Parece que se están dando pasos positivos en farmacovigilancia en Europa pero la farmacovigilancia debe tener carácter mundial; no tiene sentido de otro modo.

Así que fijaos en cómo las gastan. Es un claro ejemplo de ocultación de información desde la central de EE.UU. sobre los daños que provocan muchos medicamentos. El artículo no explica nada sobre si ha habido también errores en el sistema de notificación de sospechas RAM a la agencia de medicamentos de Estados Unidos, la poderosa FDA. Esto también ocurre, que la FDA tenga datos y por error de comunicación o coordinación no los comunique a la EMA. Habrá que estar atentos a esto porque es una bomba en cuanto que es la primera vez que la EMA se pone seria realmente. Es un noticia positiva, veremos hasta dónde llegan las investigaciones de la agencia europea.

viernes, 3 de agosto de 2012

Llamamiento del doctor Rath

Necesitamos más doctores Rath que llamen a la rebelión ante los cárteles en los que participan tanto políticos concretos como industrias farmacéuticas, poderes financieros, corporaciones trasnacionales y otros grupos de interés (como es el caso de las cúpulas religiosas).

Bajo la acusación reiterada de "conspiranoia" (palabra mágica si las hay y, sobre todo, repetida hasta la saturación ante las críticas severas a una máquina que tritura millones de vidas sin el menor remordimiento) lo que se condena es la osadía intelectual para cuestionar un sistema político, económico y cultural que tapona de forma creciente la posibilidad de una existencia autónoma, digna e igualitaria.


martes, 24 de julio de 2012

La ciencia del pánico


El miedo siempre fue una fuerza poderosa. Según el modo de vincularnos con esa fuerza, puede conducirnos por caminos contrarios. Tal vez por eso ya no alcanza generar temor a escala masiva; es preciso radicalizarlo al punto de provocar pánico. Ante ese temor exasperado, nuestra capacidad de producir respuestas autónomas se minimiza. Y nuestros consumos se disparan.

En nuestras sociedades contemporáneas, la producción del pánico ha adquirido un cariz industrial. Su finalidad es clara: inducir al consumo. La promesa de restablecer el “equilibrio perdido” está detrás de toda mercancía: si consumes no tienes nada que temer. Pero ¿no es precisamente esa presunta omnipotencia de la mercancía la que hay que enfrentar, en primer lugar, para orientar nuestros miedos en una dirección diferente?



domingo, 15 de julio de 2012

El verde mortal de la soja: El mundo según Monsanto


Pasé prácticamente toda mi infancia en una localidad de la pampa húmeda argentina con su inmensa llanura, cielos omnipresentes y aquellos matices cromáticos que iba adquiriendo el campo a cada momento: verdes en toda su gama, dorados, marrones, grises... paisaje radicalmente horizontal que Ortega y Gasset describió en uno de sus viajes por el interior del país: “De este modo la vista, sin llegar a fijarse en nada, es despedida hacia los confines del curvo horizonte. En estos confines, allá lejos, están los boscajes ―y allí la tierra se envaguece, abre sus poros, pierde peso, se vaporiza, se nubifica, se aproxima al cielo y recibe por contaminación las capacidades de plasticidad y alusión que hay en la nube. Estos boscajes de la lejanía pueden ser todo: ciudades, castillos de placer, sotos, islas a la deriva ―son materia blanca seducida por toda posible forma, son metáfora universal. Son la constante y omnímoda promesa” (La Pampa... promesas). 




Lamentablemente, aquel paisaje se ha ido transfigurando en las últimos años hasta mostrar un único verde mortal: el verde de la soja que Argentina (y muchos otros países de América Latina) producen a ritmo creciente cada año y que con su promesa de rentabilidad hace que desaparezcan grandes extensiones de monte, selva y bosque, extenuando la tierra y minando la salud de quienes viven en entornos rurales.

“En la Argentina se impuso una forma de producción agraria donde las grandes extensiones de monocultivos se protegen utilizando fumigaciones sistemáticas con mezclas de plaguicidas. Pero no hay fumigación controlable desde el punto de vista ambiental y sanitario. Solo el 1% de los plaguicidas utilizados llegan a la planta del cultivo, el resto queda en el ambiente, la tierra y el agua. La volatilización del veneno (máxima en fumigación aérea) es llevada por la brisa hacia las zonas pobladas; además, la reversión térmica del atardecer genera que se volatilice nuevamente el veneno, se eleve a menos de 30 metros de altura, se vuelva a desplazar, para volver a caer sobre los pueblos cercanos. Posteriormente estos productos adheridos al polvo se mantendrán alrededor, dentro y sobre las casas vecinas a los cultivos, como el endosulfán y el glifosato que el fiscal Carlos Matheu encontró en el polvo del patio de las casas de Bº. Ituzaingo en la ciudad de Córdoba en el año 2008”





La sospecha

hace un tiempo aquí hubo caballos,
los mensuales cruzaban, por la ruta,
cargando la carne dorada
de las perdices,
las adolescentes escribíamos, con trozos de velas,
mensajes pornográficos en los vidrios de la gruta
de santa rosa de lima

ahora manejo por la 36 y sólo se escucha
el frufrú de la soja
los aviones cargados de roundup
que se desplazan con un sonido antiguo de dirigible
emanando una neblina tornasol que arrastra
el mismo viento que silba en las taperas

no sé si esto sea el estrago
la podredumbre

sé que cuando miro, algo sospechoso y sombrío
ingresa a la zona de mis huesos
como la verde mosca
que corrompe la pulpa de los potros

Elena Annibali (de Tabaco Mariposa, 2009)


Compartimos un excelente documental: El mundo según Monsanto, realizado en el año 2008 por Marie Monique Robin. Conducido por Arte France, Image et Campagnie, Producctions Thalie, Office national du Canadá, WDR, con una duración de 108 minutos.
El mundo según Monsanto es también un libro de investigación escrito por la misma autora el 6 marzo del 2008, traducido a 11 lenguas. Marie Monique Robin es ganadora del premio Noruego "Rachel Carson Prize" de 2009 dedicado a mujeres ambientalistas.
La multinacional ha incursionado a lo largo de su más de cien años de vida, en la fabricación de múltiples productos: en sus inicios, allá por 1901, vendían sacarina (Coca-cola era uno de sus principales clientes); a finales de los años 30 tenían negocios de plásticos y resinas y a partir de 1976 incursionaron en el negocio de los herbicidas y las semillas modificadas genéticamente (alimentos transgénicos). La empresa factura sólo en EE.UU unos $ 10.502 millones (año fiscal 2010) y su actuación ha estado acompañada de múltiples denuncias.

Laura Giordani
Julio 2012



lunes, 9 de julio de 2012

Una poética de la revuelta: aforismos sobre el presente


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Un fantasma recorre el mundo. Aunque los poderes constituidos quieran conjurarlo, lo imprevisible está aconteciendo: el espectro de la revuelta sobrevuela los escombros que el capitalismo deja a su paso.
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A pesar del mortífero consenso mediático, la fuerza de acontecimientos de otro signo político ha estallado. Sobra la benevolencia paternalista de los discursos mediáticos: la revuelta no es ninguna travesura de juventud. Al periodismo de la desinformación, nosotros replicamos construyendo otra actualidad.

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A cada paso, el sistema estalla por dentro, dejando un ejército de harapientos. El diagnóstico sobre un presente globalitario resulta desolador, pero las grietas no dejan de multiplicarse. Sólo nosotros podemos ensancharlas.

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Los saqueadores son encumbrados, los desahuciados olvidados. En el orden criminal en el que sobrevivimos, nada es lo que parece. Y sin embargo, el saqueo oculto es cada vez más visible.

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La revuelta late en el corazón de quienes añoramos otro mundo. Si indignarse es resistirse a perder la dignidad, la rebelión es su acto más genuino: la esperanza política de los condenados.

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Buscarán restaurar las jaulas, asfixiar cualquier atisbo de revuelta, ocultar el peligro en el que asienta todo lo habitual. Contra esa voluntad infame, nuestra indignación apuesta a que la normalidad del crimen ya no sea posible.

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El fracaso de la política del miedo se refleja en el fracaso del miedo a la política, poniendo en entredicho una sociedad reducida a espectáculo. Al desprecio que sienten las clases dominantes por la democracia, nosotros respondemos con la exigencia de una democratización radical.

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Lo que nos une en la pluralidad no es la uniformidad sino el espanto ante un sistema que sacrifica cada día miles de vidas para salvarse. Contra la clausura del presente, una multitud sostiene la promesa de lo diferente.

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Sobran razones para indignarse. La repetición de la «catástrofe» (ecológica y social) como imagen de nuestra época forma parte de los efectos no previstos (aunque previsibles) de las políticas de devastación planetaria que gobiernan el mundo.

 
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En el nuevo (des)orden mundial, luchar por otro mundo posible no es un lujo sino una cuestión de supervivencia. Entre un deseo revolucionario y una sociedad revolucionada hay una distancia radical que sólo la práctica política puede mitigar: en esa brecha nacemos.

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Desde la conocida injusticia presente nos movemos hacia la incertidumbre del porvenir. La promesa de otra vida en común es apuesta por lo desconocido.

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En diversos puntos del planeta, de manera subrepticia, fuera de cámara, se alza el anhelo de un mundo social donde el sacrificio de los otros no sea la moneda de cambio.

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Contra quienes cosifican lo humano y humanizan las cosas no basta gritar si nadie escucha. Cada situación en la que se perpetra esa inversión reclama de nuestra parte una demanda de justicia que no se detenga hasta su consumación.

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Devenir-revolucionario no es una fatalidad. Al optimismo de la voluntad hay que contrapesarle el recuerdo perturbador de un capitalismo que se reproduce incluso si ello significa la ruina continua de sus promesas.

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Ante el espectáculo siniestro de nuestros amos, no se trata de escenificar nada. Lo político como ejercicio del disenso es negación del teatro de la representación que por demasiado tiempo consentimos.

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No sabemos hasta dónde llegaremos. Vivimos en riesgo. Insisten en que nuestra probabilidad de naufragar es alta. Pero ¿qué es naufragar sino desistir de transformar este paisaje del desastre en que han convertido al mundo?

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Seguirán planificando el engaño para que aceptemos nuestra muerte sin resistencia. En este punto de no retorno se juega sin más nuestra forma de existencia: el proyecto de una sociedad en el que la autonomía no sea la mera pantalla de una sociedad administrada.

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Quieren imponer el miedo en los cuerpos, mientras insisten –a fuerza de palos- con su discurso redentor. La razón delirante del estado hace manifiesta la locura homicida del sistema.

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Más que resignarse ante la crisis, tenemos que poner en crisis la resignación. Al hundimiento de las esperanzas hay que contraponerle el deseo lúcido de soñar. Nuestro derecho al sueño parte de la pesadilla a la que este sistema quiere condenarnos.

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A la par que quedan eximidos de culpa los auténticos agentes criminales, la amenaza se cierne sobre los que no nos resignamos. Ante una democracia ensombrecida por la dictadura del lucro, la promesa de otro mundo posible brilla.

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En vez de aceptar una (pseudo)democracia tutelada por los saqueadores, se trata de agrietar este muro blanco que nos acorrala. Nuestra esperanza se forja en la multitud que desea despertar de este mal sueño en el que nos han sumido.

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El empeño que ponen para matar los movimientos disidentes es un indicio de que algo valioso se nos juega ahí. Y si logran asesinarlos quedará todavía el espectro de una revuelta que seguirá rondando las ruinas del presente.

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Lo imposible vuelve a hacerse posible. Del trabajo de la imaginación utópica, nutrida de la memoria de las derrotas, depende la reescritura práctica de la historia.

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Quieren convencernos de que la vida es mera supervivencia y el dolor inevitable. Insisten en que no hay otros caminos mientras intentan borrar las huellas del sueño que nos lleva a otro sitio.

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El porvenir se juega en la revuelta que no acepta vivir de rodillas. Ante la certeza del desastre al que nos precipitamos, sólo nuestra apuesta por el cambio puede sostenernos en al aire.

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La indignación tiene la edad de la injusticia.

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En el desamparo de nuestro tiempo, está todo por hacer. En cualquier parte donde late un deseo emancipado que abraza a quien sufre, hay una grieta que se abre, desafiando la desesperanza que traen.

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Mientras ellos se apresuran a enterrar estas luchas en el pasado, una multitud -a veces sin saberlo- va escribiendo la historia del presente. Nuestro grito, como el de Durruti,  sigue en pie: "Llevamos un mundo nuevo en nuestros corazones; y ese mundo está creciendo en este instante".



Arturo Borra