miércoles, 21 de abril de 2021

Crónicas de la desesperación: sobre las vidas inhabitables- Arturo Borra

 



-I-

Ni siquiera conozco sus nombres. ¿Qué decir de sus historias a partir de un instante en que se cruzan los caminos y uno se convierte en testigo involuntario de su sufrimiento? ¿Llenaremos nuestros huecos de saber con más prejuicios o proyecciones? A lo mejor habría que recordar el reverso de las estadísticas que nada dicen sobre estas vidas en singular, de esta repetición ciega de la desesperación, del maltrato convertido en moneda corriente. Y si no somos capaces de dar al menos cierta comprensión, ¿no sería mejor permanecer en silencio, evitar tanta redundancia y dejarse de mitologías que nos mantienen en la buena conciencia de quienes se piensan que hicieron méritos suficientes para gozar de lo que otros carecen?

O recomenzar: la historia de alguien como astilla real que horada nuestros inventarios de éxitos. Mejor detenerse en lo que desconocemos. Reconstruir desde ahí, en singular, lo que ocurre aunque más no sea por un momento en que distintas fuerzas confluyen para que todo estalle. El estallido también se dice en singular. O incluso en una implosión que amenaza con arrasar nuestras certezas mínimas. De ese arrase nacen, como una estocada, preguntas incontestables. Preguntas que ni siquiera pueden hacer sentido si no se atraviesa la experiencia que las suscitan. El dolor es concreto.

Tratar de comprender, si es posible, la experiencia que me devuelve a la desesperación de M. intentando autolesionarse con un arma blanca ante la vista de todos, en plena calle, entre gritos y miradas curiosas que piensan que no tienen ninguna responsabilidad ante estas realidades. Son esos gritos los que me sacan de mi puesto de trabajo. No es difícil imaginar, a raíz de otros tantos casos, que esos gritos son los preliminares de algo mayor. En la ONG en la que trabajo -donde hay un centro de día para personas sin hogar- de forma periódica irrumpen como esquirlas estas situaciones límite, producto de vidas tan desestructuradas como desamparadas, estallando como única vía de salida frente a un malestar que no cesa.

La secuencia es nítida: salgo a la calle y algunos compañeros intentan impedir a un muchacho que se haga daño a sí mismo con un instrumento punzante. Ya tiene cortes en varias partes de su cuerpo. Llora, se queja y, a medio camino entre el castellano y el árabe, repite su intención de suicidarse. Cada vez son más los que miran manteniéndose al margen. Ya han llamado a la ambulancia pero la espera es angustiante.

Entre los que observan hay otros jóvenes que, en el lenguaje despersonalizado y alienante de la administración pública, forman parte de ese colectivo nebuloso llamado exMENA. Una sigla así solo puede tener como función atenuar lo cortante que hay en la realidad de miles de vidas arrojadas a la intemperie, sin protección alguna, en la precariedad absoluta (potenciada más todavía por una pandemia que ha alzado una nueva losa entre “nosotros” y los “otros”). Se trata de crear una retórica eufemística que encubra la situación sangrante de muchos jóvenes que, hasta ayer, eran considerados por parte de las autoridades públicas como “menores extranjeros no acompañados”. Bastaría recordar que tras esa sigla –estigmatizada por una ultraderecha racista y xenófoba que no cesa de crecer más allá de su localización partidaria- lo que se oculta o retacea es el sufrimiento anónimo de quienes arriban a España por las únicas vías que tienen a su alcance: una valla, una patera o, en el mejor de los casos, un vehículo para ocultarse como polizones en los pasos fronterizos. En tanto vías desesperadas, ponen en riesgo sus vidas con la última esperanza de poder recomenzar. De tener alguna oportunidad. De fantasearla al menos. Porque la administración se limita a administrar esas vidas como si se trataran de una obligación legal con fecha de caducidad.

Basta tener dieciocho años para ser arrojado de los recursos de alojamiento que se despliegan para esos fines. Contra toda evidencia, llaman a esos jóvenes “emancipados”. En una sociedad que no cesa de ensanchar la línea que separa la “juventud” de la “adultez”, que priva del acceso a un empleo digno o a una vivienda decente a una franja importantísima de jóvenes, que dificulta la posibilidad de independizarse de sus familias y sostener una perspectiva esperanzada sobre su futuro, llaman “emancipación” al proceso mediante el cual jóvenes en situación manifiestamente vulnerable son forzados a salir de los “pisos tutelados” sin recurso habitacional alternativo.

“Emancipación” es exactamente lo que no ocurre. Son, sin más, jóvenes abandonados a su suerte. A veces, con alguna formación ocupacional y cierto aprendizaje de idiomas. En otros casos, sin más que un dolor sin nombre y un historial creciente de adicciones que permita afrontar la crueldad de la calle. Lo saben infinitamente quienes lo padecen cada día en el contexto español (aunque, desde luego, no de modo exclusivo): ser “moro” o “negro” -de forma regular- cierra todas las puertas, expulsa de cualquier reino de igualdad, expone a la inclemencia o al temor de los demás, arroja al suburbio con la leve expectativa de que la policía no les persiga al menos mientras duermen. Después la tarea diaria de esperar en una fila un bocata o una ducha caliente, solicitar una ayuda de urgencia (si es que logran acceder a ese derecho), rogar que alguien se digne a empadronarlos a cambio de alguna “comisión” y así al menos cuente ese tiempo para intentar conseguir, tras al menos tres años de espera, un maldito permiso de trabajo. No porque fueran a acceder a algún empleo decente, algo menos precario que el de la economía sumergida a la que están condenados. Más bien, por la promesa de que alguna vez puedan salir de ahí. Llaman a esos jóvenes “emancipados”. Pero ¿cómo podrían serlo cuando no tienen garantizados sus más elementales derechos, privados como sujetos humanos hasta de la posibilidad de ser reconocidos como tales en la vida cotidiana?

M. vuelve a gritar que quiere suicidarse. Otros observadores conversan como si se tratara de un espectáculo mientras un grupo protesta no se sabe bien contra quiénes. Un intercambio rápido de frases (incomprensibles para mí) entre dos jóvenes se produce a unos metros. Conversan en árabe. De forma abrupta, uno se abalanza sobre el otro y comienza a golpearlo con todas sus fuerzas. Son tres o cuatro puñetazos furiosos en la cara, una patada y varios golpes al aire, mientras procuramos separarlos junto a otro compañero. Toda esa rabia ciega se precipita sobre I. Su cara ensangrentada apenas disimula su llanto. Está aturdido por los golpes todavía.

La ambulancia que han solicitado para el otro muchacho no ha llegado. Ya han llamado a la policía, pero también se demora. Toda la calle es un caos. Mientras el agresor se aleja del lugar, en medio de la calzada, I. intenta levantarse como puede. No tarda demasiado en hacerlo, aunque apenas puede sostenerse. Procuro calmarlo pero su llanto es incontenible. Como sus gritos. De forma imprevista, comienza a golpear con fuerza su cabeza contra el vidrio de un coche. Lo hace con la mayor violencia posible. Procuro impedirlo tomándolo de los brazos pero solo con ayuda de otro compañero logramos que deje de agredirse para que ingrese al centro donde trabajo. Grita una y otra vez que se quiere morir. No bien ingresa, golpea con su puño derecho una mampara de plástico y la rompe, tomando un trozo e intentando cortarse las venas. Se lo impedimos por la fuerza, pidiéndole vanamente que se detenga.

El muchacho está desquiciado. Mediante un rodeo se dirige a la cocina del centro de día. No es difícil imaginar cuál es su intención. Impedimos que logre acceder a esa zona, pero insiste en su intento de hacerse daño. Ingresan dos policías que le piden sin éxito que se calme. El joven repite que quiere ir a la cárcel o volver a su país. Uno de los policías le explica que no puede detenerlo porque no ha hecho nada. Entonces vuelve a golpear su cabeza contra una puerta y es esposado por el policía, en el suelo, mientras le pedimos que no le haga más daño. El muchacho se sienta en un sofá mientras intenta recuperar la calma sin conseguirlo.

Afuera, la ambulancia se lleva a M. que poco antes había intentado suicidarse. La calle está cortada por un coche de policía. Al menos diez agentes intentan averiguar qué ha ocurrido, mientras uno pregunta por la nacionalidad de los implicados. Al confirmarle su procedencia, señala que “los argelinos generan estos problemas”. Le intentamos explicar que no se trata de una cuestión de nacionalidad sino de un problema generado por una situación de exclusión social grave que afecta a muchas personas. No hay respuesta de su parte ni tampoco parece estar interesado en escuchar.

Mientras tanto, esperamos la segunda ambulancia para I. Nos damos ánimos entre quienes estamos ahí, en medio de sollozos. Nos alejamos unos metros mientras conversamos. Escuchamos algunos comentarios racistas de algún transeúnte. Apenas sabe de lo que habla. De forma previsible, en unos días M. e I. otra vez se encontrarán en la intemperie de la calle, en la misma situación de indefensión. Sin nadie que atienda toda esa desesperación que llega al punto extremo de arrebatar hasta el deseo de vivir en quienes –eso dicen al menos- “tienen todo por delante”.

 

-II-

¿Pero a quién dirigir unas crónicas de una desesperación que no cesa de multiplicarse? ¿A quiénes podrían conmover que no estén ya conmovidos y, sobre todo, qué efectos transformadores podría tener en una sociedad donde el endurecimiento emocional o la indiferencia frente al otro es cada vez más evidente? No, desde luego, a quienes se atrincheran en su racismo o su xenofobia como forma de aferrarse a sus privilegios; tampoco a unos órganos gubernamentales que han convertido la discriminación estructural de ciertos grupos y colectivos en una política de estado. ¿Quién escucha hoy a los damnificados de un sistema que aplasta sus sueños y los condena al margen? ¿A qué otro interpelar para hacerlo más receptivo, para movilizar su energía por aquello que en la agenda hegemónica no importa en absoluto? Y más todavía: ¿cómo convertir esa receptividad en una apuesta colectiva por transformar esas condiciones de existencia paupérrimas?

Por dignidad habría que avergonzarse de que situaciones semejantes nos pasen inadvertidas. El «humanismo» no basta si no moviliza nuestros pies, si no agita nuestros cuerpos para exigir un trato digno a quienes pernoctan en una ciudad indiferente, sin lugar donde ir ni seres amados que abrazar. En la soledad más desgarradora a la que se enfrentan cada noche. Por un cierto decoro de lenguaje, más nos valdría ahorrarnos nuestros dramas de individuos atribulados. Y no porque no existan. Nadie nos exime del sufrimiento propio, de las pequeñas catástrofes de la vida cotidiana, de los naufragios íntimos a los que estamos expuestos en esta sociedad de la desigualdad. Pero llegados a este punto, ¿cómo podríamos equiparar nuestro dolor con este desgarro continuo, interminable, al que están expuestas estas otras vidas fragilizadas? Solo nuestra miseria moral podría ahorrarnos la diferencia abismal entre “ellos” y “nosotros”. Hay que decirlo hasta que perturbe: nuestra sociedad produce vidas inhabitables. Lo sorprendente es que esas vidas no se rebelen más a menudo. Que no estalle todo.

Hay que dejarse de esquemas reductivos y simplistas que atribuyen a una única causa ese no poder-habitar la existencia, esa dimensión insoportable del sufrimiento que arrebata hasta el deseo de vivir. Las opresiones sistémicas se conjugan, se solapan, se entrecruzan. Y, sobre todo, deberíamos cuidarnos de incluirnos de forma apresurada en la fila de las víctimas. Antes que esa falsa inclusión, habría que hacerse cargo de los privilegios de los que se goza, escuchar el rumor de la desdicha, mirar de frente, a los ojos, a esos seres que sobreviven a pesar de ellos mismos, en condiciones de extrema vulnerabilidad pero mucho más fuertes, si se piensa, que “nosotros”, los que no podríamos resistir ni un día lo que a menudo ellos no tienen más remedio que soportar durante toda su vida.

Por dignidad, decoro o, aunque más no sea, por vergüenza: antes de alzar la voz por nuestro sufrimiento, abrir los ojos, hacer silencio para escuchar ese grito desgarrado de M. o I.,  última forma de no rendirse, aunque sea golpeando su cabeza contra un coche, con todas sus fuerzas, con la única expectativa de dejar de sufrir, de olvidar los estigmas incrustados en su cuerpo y cesar el infierno en que se han convertido sus vidas.

Pero hay que estar prevenidos incluso de la propia conmoción, si no es capaz de arrancarnos de nuestras poltronas o nuestros confortables espacios. Esos sentimientos, esa sensibilidad, nunca bastarán si no nos impulsan (o no nos empujan) a un hacer transformador, si no arriesgan una política además de una ética, si no activan los resortes de una práctica en común que altere las condiciones que hacen inhabitables todas esas vidas en el margen.

Más allá de los gestos teatrales que sostienen la representación de los papeles (donde, desde luego, nosotros protagonizamos las historias), habría que comprometer todo el cuerpo, romper nuestro habitus desacostumbrado a las violencias sistémicas, desgarrarse el pecho y, como Bertolt Brecht, situarse del lado no de los que hacen la historia sino de quienes la padecen. Incluso si hay algo insalvable entre sus experiencias y las nuestras, algo imposible de intercambiar, un saber vivencial que escapa a nuestros conceptos, dejarse afectar, mantenerse afectado, fuera de ese mal difuso que se llama «buena conciencia», sería un principio. Insuficiente por donde se mire. Casi ridículo para quienes habitamos un bienestar vallado. Incomprensible en la sobreabundancia de los predadores.

Pero seguiría siendo un principio: sostenerse en el desasosiego, en la cuerda floja, a condición de luchar, de no convertirlo en límite insuperable, de seguir arriesgando otro mundo cada día, de no claudicar ante la indiferencia que se cierne sobre nosotros. En ese arriesgar también se vislumbra la promesa de una alegría que no mienta. De una vida que, a pesar de los golpes, merezca ser vivida.