jueves, 11 de febrero de 2016

Turquía recupera la poliginia gracias a las ‘novias de guerra’ sirias - Nazanín Armanian


 
 
Miles de turcos y de kurdos han casado de forma ilegal a otras miles de niñas y mujeres refugiadas sirias desde el inicio de la guerra de Siria en 2011. La República de Turquía prohibió en 1926 la poliginia (el derecho de los hombres a tener múltiples esposas) y también el matrimonio con niñas; sin embargo, se ha mantenido el mismo sistema milenario de mercado que codifica a la mujer y le asigna un estatus de subgénero. Sólo el año pasado, alrededor de 270 mujeres fueron asesinadas por violencia de género.


Según las feministas turcas, la poliginia masculina se ha disparado en las regiones próximas a la frontera turco-siria en los últimos cinco años. Mientras que en la Turquía moderna, esta práctica había caído en decadencia  y ninguna mujer de las zonas urbanas quería ser Kuma (co-esposa); en el campo, los señores ricos que quieren presumir de su potencial sexual y de su fortuna, suelen exhibir sus cuatro o cinco esposas y una tropa de hijos para reírse de la ley. 


Asimismo, algunos dirigentes —del mismo partido gobernante— de la Justicia y del Desarrollo son aficionados a tener, al menos, dos esclavas sexuales en casa. Por lo tanto, lo de autorizar a los imanes turcos para declarar ‘halal’ a la unión sexual entre un hombre e infinitas mujeres a espaldas de las leyes del país, ¿formaría parte de su estrategia, nada sutil, de implantar la versión fundamentalista del Islam en Turquía?  

 

Guerra sobre el cuerpo de la mujer refugiada

 
Si antes de la guerra las mujeres sirias estaban en manos de dios, a partir de ahora el demonio de la guerra y sus consecuencias no las dejará en paz. Las supervivientes del conflicto seguirán siendo un ‘botín de guerra’ para los vigilantes de los refugios, para otros refugiados, y también para algunos señores anfitriones. En la desconocida y desconcertante tierra de acogida, niñas huérfanas, viudas con hijos, mujeres solas o acompañadas por un tutor varón familiar… seguirán sufriendo las mil y una formas de humillación, acoso sexual o violación que sufrieron durante su huida. Chicas universitarias, empleadas, amas de casa o estudiantes se han convertido en simples refugiadas, término con una tremenda carga negativa que además les borra la identidad y el estatus social que ostentaban. En Turquía, uno de los principales responsables de su tragedia, los sirios tampoco son bienvenidos. Nadie quiere a los pobres.
 

De casi 2 millones de refugiados sirios en Turquía, sólo unos 220.000 están alojados en los campos de refugio, recibiendo alguna ayuda. El resto se han tenido que buscar la vida alquilando chozas, graneros y pisos patera por precios que se han disparado y estrangulan la economía personal de los refugiados. Es aquí donde los mercaderes de ‘carne fresca de mujer’ aparecen: ofrecen alojamiento gratuito a las cabezas de familia a cambio de sexo o piden una hija a los padres insolventes como pago por adelantado del alquiler de un año. Que estos hombres no sepan árabe para comunicarse con estas mujeres no es ningún problema: nadie pide a un violador que sepa idiomas. 
 

Kuma significa co-esposa

 
El tradicional oficio femenino de ‘casamentera’ en Turquía hoy es cosa de hombres en la frontera con Siria. A cambio de una comisión, ponen en contacto a los solicitantes con las solicitadas. Los ‘novios’ de 50 o 60 años, que juran ser ricos, solteros o viudos sin hijos, buscan hijas de familias pobres y numerosas, madres abandonadas o viudas cuya edad no supere los 22-23 años. Los ‘tutores’ cobrarán unos 1.000 euros por entregarlas en matrimonio. Siendo tan baratas, hay hombre que ya tienen hasta tres esposas sirias hacinadas en la misma vivienda. Sus bodas religiosas también serán una farsa, ya que ellas, que huyeron con lo puesto, carecen de carné de identidad y ellos, por seguir casados, no pueden registrar la unión de forma legal. Por lo que las segundas ‘esposas’ carecerán de todos los derechos legales de la cónyuge. Una vez en el nido de amor forzado, las novias se encontrarán sin fortuna, con la existencia de otra mujer y media docena de hijos. ¿Y ahora qué? Unas se resignan, otras piden el divorcio y las más valientes se quedan con las joyas que la tradición manda regalar a la muchacha y se escapan.
 

Cientos de niñas refugiadas sirias de entre 12-13 años ya son madres. Desde el 2011 se ha registrado el nacimiento de unos 70.000 bebés de esta nacionalidad en Turquía. Tenebroso panorama para las niñas-madres y sus hijos. Otras compatriotas alquilan su cuerpo por las calles turcas por unos 5 euros, o recurren a la mendicidad cuando cae la noche y pueden ocultar su rostro de vergüenza para dar de comer a sus hijos o sus nietos. ¿Existe algún instrumento para medir el dolor?
 

Las mujeres turcas y kurdas ‘legales’ también son víctimas de esta guerra: humilladas por sus maridos que han traído una mujer a casa, siempre más bella y más joven, amenazan con suicidarse o caen en depresión, sin tener a donde ir. El hogar de la poligamia es un infierno: cuenta la Biblia cómo Abraham —el patriarca de los judíos y los musulmanes— harto de las peleas y discusiones en el hogar entre sus dos mujeres, decidió abandonar a su segunda esposa Hagar y a su hijo en el desierto, para dejarles morir de sed y de hambre. ¡Y se le sigue respetando como profeta!
 

El hecho de que ninguna comunidad pueda soportar tanta tensión e inestabilidad constante, es el principal motivo por el que la mayoría de los hombres musulmanes optan por la monogamia.

 

Islam y ‘cónyuges múltiples’

 
“Un buen musulmán debe proteger a las mujeres desamparadas”, afirman aquellos que justifican la poligamia masculina como obra benéfica. Pero, ¿por qué hay que meterse literalmente en el lecho de una persona para ayudarla?
 

El Corán menciona la poliginia sólo en un versículo: “Si teméis no ser equitativos con los huérfanos, entonces, casaos con las mujeres que os gusten: dos, tres o cuatro. Pero si teméis no obrar con justicia, entonces con una sola o con vuestras esclavas. Así, evitaréis mejor el obrar mal” (4:3).
 

Los defensores de este dictamen cuentan que dicha práctica surgió para paliar  el desequilibrio demográfico y una supuesta superioridad numérica de las mujeres frente a los hombres, que morían en las guerras o eran objeto de comercio de esclavos. Pero, ¿permitirían las autoridades religiosas que en Xinjiang —región de mayoría musulmana china donde el número de hombres es mayor que las mujeres—, una musulmana tenga varios esposos? 
 

Por otro lado, es cierto que la primera esposa, humillada, tiene derecho a solicitar el divorcio —en teoría—, pero no suele hacerlo, ya que de forma automática y según manda la Sharia, será separada de sus hijos, ya que siempre pertenecerán al padre. Además, ¿cómo podrá volver a organizar su vida sin trabajo y sin una formación mínima demandada por el mercado? Parece que todo está organizado a milímetro para que nada se escape del control absoluto del hombre.
 

Las feministas islámicas juran que el Corán, al condicionar al hombre para tener un trato equitativo con ellas, imposibilita el ejercicio de la poliginia, puesto que él siempre tendrá  una ‘favorita’. Pero, ¿por qué dios no prohibió abiertamente este tipo de uniones como lo ha hecho con el adulterio o la poliandria y ahorrar así tanta confusión y tanto sufrimiento a sus criaturas?
 

Las fuerzas progresistas musulmanas en vez de justificar estas normas pertenecientes a siglos y a sociedades y territorios determinados, deberían apostar por la separación de la religión del Estado, así como adaptar sus preceptos a los nuevos tiempos. Saben que, en este caso, el texto sagrado limita el número de esposas a cuatro: la lengua árabe de entonces carecía de signos gramaticales y para no alargar la frase, dejó la cifra en cuatro. La prueba de ello es que el propio profeta Mahoma tuvo al menos once esposas reconocidas simultáneamente.
 

La poliginia no es una cultura, es el fruto del arcaico sistema patriarcal, el injusto reparto de los recursos, el poder económico y legal del hombre, del apartheid sexual contra la mujer, de las crueles guerras que las lanzan al agujero negro de la desesperación y las fuerzan a buscar un techo y un trozo de pan.
 

El drama descrito aquí, forma parte de los daños colaterales de otra guerra imperialista. 


Extraído de aquí.

miércoles, 3 de febrero de 2016

«La normalización del fascismo en Europa ante la llegada de refugiados» -Marina Albiol









Cuando aún no nos habíamos recuperado del sentimiento – mezcla de rabia, asco y vergüenza- que nos había producido el conocer la nueva ley danesa en matera de asilo que, entre otras muchas barbaridades permitirá a la Policía registrar a los y las demandantes de asilo e incautarles sus bienes, ha aparecido la nueva propuesta de la Unión Europea, que contempla penalizar la ayuda a los refugiados y refugiadas. Una nueva normativa según la cual aquellas personas que presten ayuda a refugiados, ya sea de manera individual o en el marco de las ONG, pueden ser acusadas de tráfico de seres humanos. Esto es un nuevo intento de criminalización de la solidaridad.




Todo es más grave todavía cuando recordamos el testimonio, hace pocas semanas, de un voluntario de una ONG que participó en el rescate de una embarcación que se dirigía a Lesbos. Había 300 personas a bordo de esta barcaza de madera que terminó naufragando. El voluntario de Proactiva declaró que mientras miembros de diferentes organizaciones salvaban vidas junto con pescadores turcos y griegos, el personal de la agencia europea Frontex miraba desde la cubierta de un barco.



Las instituciones europeas no están dando respuesta a la crisis humanitaria y además impiden que las ONG puedan hacer el trabajo que estas mismas instituciones no hacen por dejación de sus funciones.
La incapacidad, o peor todavía, la falta de voluntad política de la UE y los gobiernos de los Estados miembros de poner en práctica políticas y recursos para afrontar esta crisis, pone de manifiesto que la Unión Europea no es más que un proyecto económico de una élite, ni más que un conglomerado de instituciones que sólo responden a los intereses del capital financiero. La UE de los derechos y las libertades, de la libre circulación, de la solidaridad, nunca ha sido una realidad y la cifra de más de cien personas ahogadas en el Mediterráneo intentando llegar a nuestras costas durante el primer mes de este año es la demostración más cruel.



Ante esto, la única propuesta europea que hemos visto hasta la fecha es la que hace la Comisión Europea de acoger a 160.000 personas. Es un número claramente insuficiente si tenemos en cuenta que el año pasado llegaron sólo a Grecia más de 850.000 personas. Y está muy lejos de la capacidad real de acogida que tiene la UE, ya que no representa ni el 0.03% de la población total de la Unión. Pero ni con eso han cumplido. A día de hoy sólo se ha acogido a 272 personas -16 de ellas en el Estado español-, una cifra irrisoria.



Las propuestas de la Comisión Europea que sí se están aplicando con eficiencia y rapidez son las de militarizar el Mediterráneo en colaboración con la OTAN, desplegando buques y aviones de guerra para frenar la llegada de migrantes y refugiados. También la externalización de las fronteras, con acuerdos con gobiernos como los de Turquía o Marruecos, poco amigos de los derechos humanos. En el caso de la Turquía de Erdogan, la UE ha puesto sobre la mesa más de 3.000 millones de euros para contener el flujo de refugiados y demandantes de asilo. Y mientras, la CE mira hacia otro lado ante las masacres a la población kurda.



Después está el fondo de 1.800 millones de euros concedidos a África. Una aportación que, disfrazada de cooperación al desarrollo, servirá para fines como, por ejemplo, la construcción de un centro de detención de migrantes en Níger, el país más pobre del mundo.  El Estado español, en un gran alarde de generosidad, ha aportado a este fondo tres millones de euros.



Resulta paradójico que la misma UE que se construyó tras vencer al nazismo sea hoy el caldo de cultivo perfecto para los movimientos de extrema derecha. En los últimos días estamos viendo como se multiplican las manifestaciones fascistas en Alemania, Grecia, o Suecia. Estas demostraciones de odio vienen alentadas por los discursos que salen de las bancadas que ocupan socialdemócratas, conservadores y liberales en los parlamentos de los Estados y de la propia Eurocámara.



Unos lo hacen de manera absolutamente desvergonzada pidiendo el cierre total de nuestras fronteras, hablando de avalanchas, de la islamización de Europa y relacionando terrorismo y refugiados. Otros lo hacen de manera mucho más sutil defendiendo el refuerzo de nuestras fronteras, su externalización y las deportaciones sistemáticas.



Pero la extrema derecha está de acuerdo con conservadores, liberales y socialdemócratas en olvidar las obligaciones internacionales con aquellas personas que huyen de la guerra y el terror, y olvidar también la responsabilidad que Europa tiene sobre estas personas al haber colaborado de manera activa en los conflictos de los que huyen.



La semana pasada en el Parlamento Europeo tuvimos que soportar una comparecencia de la ministra danesa de Migración en la que habló de una supuesta “invasión” de refugiados, al tiempo que defendía su nueva ley. La normativa que acaba de aprobar el Parlamento de Dinamarca va a impedir en la práctica que los demandantes de asilo puedan ser acogidos, gracias a cosas como la ampliación de uno a tres años del tiempo de residencia necesario para poder solicitar reunificación familiar, o a que la obtención del permiso de residencia permanente requiera haber pasado un mínimo de seis años en el país encadenando permisos temporales y sin estar desempleado. En Dinamarca, los demandantes de asilo también estarán obligados a residir en centros específicos y tendrán que pagar por su estancia entregando sus objetos de valor.



Como suele ocurrir en la Eurocámara, esta ley ha sido aprobada en el Parlamento danés por la Gran Coalición que forman conservadores, liberales y socialdemócratas, que en este caso han contado además con la complicidad de una extrema derecha que está viendo cómo sus ideas forman parte cada vez más de los discursos habituales.



Lo más lamentable es que este no es el primer episodio de xenofobia institucional que presenciamos en la UE. Ahí está el uso del Ejército en Hungría para contener a migrantes y refugiados y su posterior hacinamiento en trenes con destino a ninguna parte. Hungría, un país donde el presidente Orban es de la misma familia política que Rajoy y participó junto a él en la conferencia del Partido Popular Europeo en Madrid. O las marcas con números de identificación en los brazos de migrantes en República Checa, con un primer ministro del partido referente del PSOE.



La extrema derecha ha perdido su exclusividad en cuanto a racismo y xenofobia, y los gobiernos de diferentes Estados europeos han asumido como propio un discurso que hace años hubiera resultado inasumible. La UE vuelve a demostrar que cada vez está más lejos que los valores de democracia y solidaridad que pregona.



Marina Albiol

Eurodiputada de Izquierda Unida y portavoz de la Delegación de la Izquierda Plural en el Parlamento Europeo








lunes, 11 de enero de 2016

Refugiados: los nuevos desaparecidos del mundo

 
 

 
El poder de borrado mediático es la contrapartida necesaria de su capacidad para construir agendas públicas, esto es, su posibilidad efectiva de establecer asuntos considerados de relevancia colectiva. En el tráfago informativo, el tratamiento dominante de la problemática de los refugiados -que puede interpretarse de forma crítica como nueva crisis de humanidad- no sólo se ha reducido en términos cuantitativos sino que ha perdido buena parte de la relevancia que los medios masivos le asignaron tan sólo seis meses atrás.

 
El balance de muertos es lapidario: según estimaciones –con márgenes de error significativos-, en 2014 más de 3500 personas han fallecido en su odisea para arribar a Europa (1), mientras que en 2015 la cifra se eleva a más de 3600 personas (2). Las escasas estadísticas al respecto apenas dan cuenta de la magnitud del desastre. No sólo porque muchos quedarán sepultados en el cementerio del Mediterráneo sin que nadie pueda atestiguarlo, sino porque tampoco da cuenta de los que logran sobrevivir en condiciones paupérrimas, incluyendo buena parte de los que arriban a Europa (y en 2015 se trata de más de un millón de seres humanos). Lo que es peor: pone en evidencia que la Comisión Europea (CE) no ha tomando las medidas pertinentes para reducir de forma significativa este silencioso holocausto -que contabiliza decenas de miles de muertos anónimos en las últimas dos décadas- ni ha asumido su cuota específica de responsabilidad en la producción de diásporas a gran escala. 
 

La creciente invisibilización de este drama colectivo, ocasionado especialmente por las guerras en Medio Oriente y el Norte de África, es correlativa a la carencia de respuestas aceptables por parte de la CE, incluso si Alemania, a nivel individual, ha acogido en 2015 a poco menos de un millón de personas en condición de solicitantes de asilo. El fracaso absoluto del plan europeo para reasentar a 160.000 solicitantes de asilo (apenas un 3% del total de refugiados sirios [3]), en todo el territorio comunitario, muestra la nula prioridad político-gubernamental ante una realidad sangrante de la que las políticas europeas son co-responsables.
 

La disminución de la presión colectiva, junto a la agitación del miedo por parte de los discursos eurocéntricos e islamófobos que usan los atentados terroristas como arma arrojadiza, favorecen la postergación indefinida de medidas de acogida a estos colectivos, considerados en el mejor de los casos como objetos de caridad y, en el peor, como material descartable. La postergación de lo impostergable en términos éticos y políticos pone en jaque la credibilidad –ya de por sí erosionada- de la CE en su autoproclamado liderazgo en materia de derechos humanos. Ante la sucesión de decisiones supuestamente fallidas cabe interrogar, sin embargo, si se trata sólo de una gestión deficitaria de una problemática considerada de primer orden o, si por el contrario, se trata más bien de una gestión efectiva de una problemática considerada de baja prioridad. La respuesta es clara: la celeridad con que Europa blinda sus fronteras contrasta con la lentitud para mejorar los accesos a quienes aspiran a solicitar asilo y, lo que no deja de ser más perentorio, no perecer en el intento.
 

A pesar de la sangría recurrente que sigue produciéndose en el Mediterráneo y de la vergüenza de seguir permitiéndolo, las autoridades europeas todavía no han puesto en marcha ningún programa de salvamento marítimo que evite lo evitable (4). Como es sabido, agencias como Frontex u otras que la sustituirán, tal como la nueva Guardia Europea de Costas y Fronteras (5), no tienen como objetivo primario el rescate de personas en situación de emergencia sino la custodia policial de las fronteras externas de Europa.
 

La conclusión es lamentable: mientras sigue bloqueada la ayuda real a las personas que se desplazan de manera forzosa para preservar sus vidas, quienes lideran el espacio comunitario no dudan en desbloquear partidas destinadas a la “contención” externa de esos desplazamientos (apelando especialmente a países como Turquía) o en tomar nuevas iniciativas securitarias destinadas a proteger el espacio de “libre circulación” de Schengen (6). 
 

Ninguna declaración bienintencionada puede contrarrestar semejante conclusión como no sea activando una política de asilo europea consistente, de signo diferenciado, elaborada y apoyada por fuerzas políticas emergentes a nivel nacional e internacional. La falta de prioridad que los gobiernos europeos le dan a esta catástrofe social no sólo es una incitación a reflexionar sobre las consecuencias prácticas de este abandono: es un toque de alarma sobre el andamiaje que la CE sigue construyendo de forma tan imperturbable como cínica. Es ese andamiaje el que presagia su propio hundimiento, al menos en la medida en que el bienestar no quede confinado a unas élites desconectadas de las mayorías sociales.
 

No serán aquellos que deniegan asistencia a esos cientos de miles de personas los que cambiarán esta catástrofe. La contracara del ultraliberalismo del capital –que circula de forma irrestricta a nivel mundial- no es otra que esta forma de totalitarismo que atenaza a sus víctimas, allí donde cada vida importa menos que la custodia del océano donde naufraga.
 

Ante esta coyuntura histórica -que supone un rédito más político que económico a corto plazo para quienes la propician-, surgen algunas preguntas previsibles. ¿Qué hay del miedo primitivo a ser devorados por “la turba” o del miedo contemporáneo al terrorismo? ¿Qué tipo de ceguera opera cuando se supone que no llegarán a Europa las esquirlas (humanas) de ese polvorín llamado Medio Oriente? Las respuestas son complejas, pero habría que apresurarse a desmontar la lógica misma de las preguntas. El “miedo” no es ante el Otro sino ante la propia derecha europea, ávida de capitalizar cualquier descontento social a partir de un discurso xenófobo y racista. Rechazo sin miedo entonces. El otro que sobrevive a duras penas no da miedo ante todo porque está inerme. Literalmente. Por tanto, lo que atemoriza a la amplia mayoría de los gobiernos europeos es la impugnación de sus partidos aliados, la rebelión en sus filas y la pérdida de apoyo del establishment mediático, comprometidos como están con un proyecto político neoconservador que ni siquiera aboga por rescatar a sus conciudadanos.
 

La “turba”, por lo demás, no sólo no naufraga: está a varias bandas, en diferentes trincheras, alineada a los señores de la guerra, comenzando por las grandes potencias coloniales o sus aliados estratégicos de Medio Oriente, comenzando por Arabia Saudí. No sólo no hay razones suficientes para suponer que el terrorismo (yihadista) es una amenaza meramente externa, sino que en cualquier caso no hay ninguna prueba de que el camino elegido para arribar a Europa sea la de la zozobra del océano o las penurias del éxodo. Por el contrario, cuando se trata efectivamente de “extranjeros” y no de “nacionales”, cabe suponer que disponen de medios considerablemente más eficaces para “filtrarse” en Europa. Incluso si no cabe al respecto ninguna ingenuidad, los mismos mecanismos selectivos previstos para reasentar y atender las solicitudes de asilo resultan suficientes para conjurar el fantasma terrorista que algunos discursos pretenden soldar a esta masa ingente de refugiados.
 

Por otra parte, resulta inverosímil suponer que los miembros de la CE son “ciegos” ante una suerte de “retorno de lo reprimido” que, imprevisiblemente, puede aparecer bajo diferentes rostros de lo terrible. Los tibios intentos de responder a la cuestión -que apuntan a descomprimir semejante situación explosiva- se topan así con los compromisos en los que de facto estos miembros se han embarcado. La misma preocupación por blindar sus fronteras y la institucionalización del estado policial –bajo la forma de «estado de seguridad» (7)- ya es indicativa de esta anticipación que opera, ante todo, como incremento del control policial sobre la ciudadanía.
 

En suma, la CE está entrampada en su giro hacia la derecha. Cualquier intento de desbloquear la crisis de refugiados choca, ante todo, con el muro blanco que sus estados miembro han levantado junto a sus “socios de gobierno”. No se trata, así, de ceguera ante una situación que podría volverse contra sí como un boomerang, sino de falta de voluntad política. Es la actual correlación de fuerzas políticas lo que determina este bloqueo, reforzado por la posición minoritaria de la izquierda parlamentaria europea y una presión colectiva tan esporádica como insuficiente. Sólo un cambio significativo en esa correlación de fuerzas podría no tanto acelerar la “gestión de la crisis” como dar lugar a otras políticas de asilo -mucho más acordes al respeto incondicional de los derechos humanos fundamentales, independientemente a la etnia, género, nacionalidad o grupo social. En términos más generales, intentar detener los desplazamientos poblacionales sin apostar por una transformación estructural de las condiciones socioeconómicas, políticas y militares que los producen (comenzando por las guerras o las hambrunas) es, cuando mínimo, una forma de evadir cualquier tentativa de solución duradera.
 

Mientras la CE se hunde en su propia trampa, los refugiados –esos nuevos desaparecidos del siglo XXI- seguirán recorriendo Europa como un fantasma que recuerda la ignominia de los vivos.



Arturo Borra
 
 

(1)     “Ese gran cementerio que es el Mediterráneo: más de 20 mil muertos en los últimos años”, versión electrónica en http://legalteam.es/lt/ese-gran-cementerio-que-es-el-mediterraneo-mas-de-20-mil-muertos-en-los-ultimos-anos/#

(2)     “La llegada de migrantes irregulares a Europa supera el millón en 2015”, “El País”, 23/12/2015, http://internacional.elpais.com/internacional/2015/12/22/actualidad/1450781597_385081.html. La referencia a “migrantes irregulares” por  buena parte de la prensa española justifica un estudio exhaustivo sobre la construcción discursiva de las migraciones a nivel nacional, incluyendo la indistinción generalizada entre “inmigrantes” y “refugiados” que omite sin más el carácter forzado del desplazamiento en el segundo caso.

(3)     Remito a “Sobre la «crisis de los refugiados» o la vida en peligro”, “Rebelión”, 18/09/2015, versión electrónica en http://www.rebelion.org/noticia.php?id=203445.

(4)     “Las medidas sobre la crisis de los refugiados que la UE discutirá en 2016”, “El Diario”, 301/2016, versión electrónica en http://www.eldiario.es/desalambre/medidas-ponerse-marcha-crisis-refugiados_0_468253769.html

(5)     “La UE planea una nueva guardia fronteriza para frenar la inmigración”, “Público”, 15/12/2015, versión electrónica en http://www.publico.es/internacional/ue-planea-nueva-guardia-fronteriza.html. Para poner en marcha esta guardia, la CE prevé triplicar el presupuesto de aquí a 2020, dotándola asimismo de mayores poderes de intervención.

(6)     “Bruselas propone el envío de guardias europeos a las fronteras sin permiso previo de los estados”, “El Diario”, 15/12/2015, versión electrónica en http://www.eldiario.es/desalambre/Bruselas-propone-creacion-europea-fronteras_0_463004553.html

(7)     Giorgio Agamben, “Del Estado de derecho al Estado de seguridad”, “Le Monde”, 23/12/2015, versión electrónica en http://artilleriainmanente.blogspot.com.ar/2015/12/giorgio-agamben-del-estado-de-derecho.html?spref=fb. Agamben identifica algunos rasgos de ese estado de seguridad: “Mantenimiento de un estado de miedo generalizado, despolitización de los ciudadanos, renuncia a toda certeza del derecho: éstas son tres características del Estado de seguridad, que son suficientes para inquietar a las mentes. Pues esto significa, por un lado, que el Estado de seguridad en el que estamos deslizándonos hace lo contrario de lo que promete, puesto que —si seguridad quiere decir ausencia de cuidado (sine cura)— mantiene, en cambio, el miedo y el terror. El Estado de seguridad es, por otro lado, un Estado policíaco, ya que el eclipse del poder judicial generaliza el margen discrecional de la policía, la cual, en un estado de emergencia devenido normal, actúa cada vez más como soberano” (op.cit.).

lunes, 4 de enero de 2016

«La izquierda del futuro: una sociología de las emergencias» - Boaventura de Sousa Santos

 
 
 

 
El futuro de la izquierda no es más difícil de predecir que cualquier otro acontecimiento social. La mejor manera de abordarlo es haciendo lo que llamo sociología de las emergencias. Consiste en prestar especial atención a algunas señales del presente para ver en ellas tendencias, embriones de lo que puede ser decisivo en el futuro. En este texto, doy especial atención a un hecho que, por inusual, puede señalar algo nuevo e importante. Me refiero a los pactos entre diferentes partidos de izquierda.

 
Los pactos

 
La familia de las izquierdas no tiene una fuerte tradición de pactos. Algunas ramas de esta familia tienen incluso más tradición pactos con la derecha que con otras ramas de la familia. Diríase que las divergencias internas en la familia de las izquierdas son parte de su código genético, tan constantes como han sido a lo largo de los últimos doscientos años. Por razones obvias, las divergencias han sido más amplias o notorias en democracia. La polarización llega a veces al punto de que una rama de la familia ni siquiera reconoce que la otra pertenece a la misma familia. Por el contrario, en períodos de dictadura los entendimientos han sido frecuentes, aunque terminen una vez acabado el período dictatorial.
 

A la luz de esta historia, merece una reflexión el hecho de que en los últimos tiempos estamos asistiendo a un movimiento pactista entre diferentes ramas de las izquierdas en países democráticos. El sur de Europa es un buen ejemplo: la unidad en torno a Syriza en Grecia a pesar de todas las vicisitudes y dificultades; el gobierno dirigido por el Partido Socialista en Portugal con el apoyo del Partido Comunista y del Bloco de Esquerda a raíz de las elecciones del 4 de octubre de 2015; algunos gobiernos autonómicos en España, salidos de las elecciones regionales de 2015 y, en el momento en que escribo, la discusión sobre la posibilidad de un pacto a escala nacional entre el PSOE, Podemos y otros partidos de izquierda como resultado de las elecciones generales de diciembre. Hay indicios de que en otros lugares de Europa y en América Latina pueden surgir en un futuro próximo pactos similares. Se imponen dos cuestiones. ¿Por qué este impulso pactista en democracia? ¿Cuál es su sostenibilidad?
 

La primera pregunta tiene una respuesta plausible. En el caso del sur de Europa, la agresividad de la derecha (tanto de la nacional como de la que viste la piel de las “instituciones europeas”) en el poder en los últimos cinco años ha sido tan devastadora para los derechos de ciudadanía y para la credibilidad del régimen democrático que las fuerzas de izquierda comienzan a estar convencidas de que las nuevas dictaduras del siglo XXI surgirán en forma de democracias de bajísima intensidad. Serán dictaduras presentadas como dictablandas o democraduras, como la gobernabilidad posible ante la inminencia del supuesto caos en los tiempos difíciles que vivimos, como el resultado técnico de los imperativos del mercado y de la crisis que lo explica todo sin necesidad de ser explicada. El pacto resulta de una lectura política de que lo que está en juego es la supervivencia de una democracia digna de ese nombre y de que las divergencias sobre lo que esto significa ahora tienen menos urgencia que salvar lo que la derecha todavía no ha logrado destruir.


La segunda pregunta es más difícil de responder. Como decía Spinoza, las personas (y también las sociedades, diría yo) se rigen por dos emociones fundamentales: el miedo y la esperanza.

 
El equilibrio entre ambas es complejo pero sin una de ellas no sobreviviríamos. El miedo domina cuando las expectativas de futuro son negativas (“esto es malo pero el futuro podría ser aún peor”); por su parte, la esperanza domina cuando las expectativas futuras son positivas o cuando, por lo menos, el inconformismo con la supuesta fatalidad de las expectativas negativas es ampliamente compartido. Treinta años después del asalto global a los derechos de los trabajadores; de la promoción de la desigualdad social y del egoísmo como máximas virtudes sociales; del saqueo sin precedentes de los recursos naturales, de la expulsión de poblaciones enteras de sus territorios y de la destrucción ambiental que esto significa; de fomentar la guerra y el terrorismo para crear Estados fallidos y tornar las sociedades indefensas ante la expoliación; de la imposición más o menos negociada de tratados de libre comercio totalmente controlados por los intereses de empresas multinacionales; de la total supremacía del capital financiero sobre el capital productivo y sobre la vida de las personas y las comunidades; después de todo esto, combinado con la defensa hipócrita de la democracia liberal, es plausible concluir que el neoliberalismo es una inmensa máquina de producción de expectativas negativas para que las clases populares no sepan las verdaderas razones de su sufrimiento, se conformen con lo poco que aún tienen y estén paralizadas por el miedo a perderlo.

 

El movimiento pactista al interior de las izquierdas es producto de un tiempo, el nuestro, de predominio absoluto del miedo sobre la esperanza. ¿Significará esto que los gobiernos salidos de los pactos serán víctimas de su éxito? El éxito de los gobiernos pactados por las izquierdas se traducirá en la atenuación del miedo y en la devolución de alguna esperanza a las clases populares, al mostrar, mediante una gestión de gobierno pragmática e inteligente, que el derecho a tener derechos es una conquista civilizatoria irreversible. ¿Será que, cuando brille nuevamente la esperanza, las divergencias volverán a la superficie y los pactos serán echados a la basura? Si ello ocurriese, sería fatal para las clases populares, que rápidamente regresarían al silenciado desaliento ante un fatalismo cruel, tan violento para las grandes mayorías cuanto benévolo para las pequeñísimas minorías. Pero también sería fatal para las izquierdas en su conjunto, pues quedaría demostrado durante algunas décadas que las izquierdas son buenas para corregir el pasado, pero no para construir el futuro. Para que tal cosa no suceda, deben ser llevadas a cabo dos tipos de medidas durante la vigencia de los pactos. Dos medidas que no se imponen por la urgencia del gobierno corriente y que, por eso, tienen que resultar de una voluntad política bien determinada. Llamo a estas dos medidas Constitución y hegemonía.

 

Constitución y hegemonía

 
La Constitución es el conjunto de reformas constitucionales o infraconstitucionales que reestructuran el sistema político y las instituciones con el fin de prepararlas para posibles embates con la dictablanda y el proyecto de democracia de bajísima intensidad que esta conlleva. Dependiendo de los países, las reformas serán diferentes, como diferentes serán los mecanismos utilizados. Si en algunos casos es posible reformar la Constitución con base en los Parlamentos, en otros será necesario convocar Asambleas Constituyentes originarias, dado que los Parlamentos serían el mayor obstáculo para cualquier reforma constitucional.
 

También puede suceder que, en un determinado contexto, la “reforma” más importante sea la defensa activa de la Constitución existente mediante una renovada pedagogía constitucional en todas las áreas de gobierno. Pero habrá algo común a todas las reformas: volver el sistema electoral más representativo y más transparente; fortalecer la democracia representativa con la democracia participativa. Los teóricos liberales más influyentes de la democracia representativa han reconocido (y recomendado) la coexistencia ambigua entre dos ideas (contradictorias) que aseguran la estabilidad democrática: por un lado, la creencia de los ciudadanos en su capacidad y competencia para intervenir y participar activamente en la política; por otro, un ejercicio pasivo de esa competencia y de esa capacidad mediante la confianza en las élites gobernantes. En los últimos tiempos, y como lo demuestran las protestas que han sacudido muchos países desde 2011, la confianza en las élites ha venido deteriorándose sin que, sin embargo, el sistema político (por su diseño o por su práctica) permita a los ciudadanos recuperar su capacidad y competencia para intervenir activamente en la vida política. Sistemas electorales asimétricos, partidocracia, corrupción, crisis financieras manipuladas –he aquí algunas de las razones de la doble crisis de representación (“no nos representan”) y de participación (“no vale la pena votar, todos son iguales y ninguno cumple lo que promete”). Las reformas constitucionales obedecerán a un doble objetivo: hacer la democracia representativa más representativa; complementar la democracia representativa con la democracia participativa. Estas reformas darán como resultado que la formación de la agenda política y el control del desempeño de las políticas públicas dejarán de ser un monopolio de los partidos y pasarán a ser compartidas por los partidos y ciudadanos independientes organizados democráticamente para este propósito.
 

El segundo conjunto de reformas es lo que llamo hegemonía. La hegemonía es el conjunto de ideas sobre la sociedad e interpretaciones del mundo y de la vida que, por ser altamente compartidas, incluso por los grupos sociales perjudicados por ellas, permiten que las élites políticas, al apelar a tales ideas e interpretaciones, gobiernen más por consenso que por coerción, aun cuando gobiernan en contra de los intereses objetivos de grupos sociales mayoritarios. La idea de que los pobres son pobres por su propia culpa es hegemónica cuando es defendida no sólo por los ricos, sino también por los pobres y las clases populares en general. En este caso son, por ejemplo, menores los costes políticos de las medidas para eliminar o restringir drásticamente la renta social de inserción. La lucha por la hegemonía de las ideas de sociedad que sostienen el pacto entre las izquierdas es fundamental para la supervivencia y consistencia de ese pacto. Esta lucha tiene lugar en la educación formal y en la promoción de la educación popular, en los medios de comunicación, en el apoyo a los medios alternativos, en la investigación científica, en la transformación curricular de las universidades, en las redes sociales, en la actividad cultural, en las organizaciones y movimientos sociales, en la opinión pública y en la opinión publicada. A través de ella, se construyen nuevos sentidos y criterios de evaluación de la vida social y de la acción política (la inmoralidad del privilegio, de la concentración de la riqueza y de la discriminación racial y sexual; la promoción de la solidaridad, de los bienes comunes y de la diversidad cultural, social y económica; la defensa de la soberanía y de la coherencia de las alianzas políticas; la protección de la naturaleza) que hacen más difícil la contrarreforma de las ramas reaccionarias de la derecha, las primeras en irrumpir en un momento de fragilidad del pacto. Para esta lucha tenga éxito es necesario impulsar políticas que, a simple vista, son menos urgentes y compensadoras. Si esto no ocurre, la esperanza no sobrevivirá al miedo.


Aprendizajes globales

 
Si algo se puede afirmar con alguna certeza acerca de las dificultades que están pasando las fuerzas progresistas en América Latina, es que tales dificultades se asientan en el hecho de que sus gobiernos no enfrentaron ni la cuestión de la Constitución ni la de la hegemonía. En el caso de Brasil, este hecho es particularmente dramático. Y explica en parte que los enormes avances sociales de los gobiernos de la época Lula sean ahora tan fácilmente reducidos a meros expedientes populistas y oportunistas, incluso por parte de sus beneficiarios. Explica también que los muchos errores cometidos (para comenzar, el haber desistido de la reforma política y de la regulación de los medios de comunicación, y algunos errores dejan heridas abiertas en grupos sociales importantes, tan diversos como los campesinos sin tierra ni reforma agraria, los jóvenes negros víctimas del racismo, los pueblos indígenas ilegalmente expulsados de sus territorios ancestrales, pueblos indígenas y quilombolas con reservas homologadas pero engavetadas, militarización de las periferias de las grandes ciudades, poblaciones rurales envenenadas por agrotóxicos, etcétera), no sean considerados como errores, sino que sean omitidos y hasta convertidos en virtudes políticas o, al menos, sean aceptados como consecuencias inevitables de un Gobierno realista y desarrollista.

 
Las tareas incumplidas de la Constitución y de la hegemonía explican también que la condena de la tentación capitalista por parte de los gobiernos de izquierda se centre en la corrupción y, por tanto, en la inmoralidad y en la ilegalidad del capitalismo, y no en la injusticia sistemática de un sistema de dominación que se puede realizar en perfecto cumplimiento de la legalidad y la moralidad capitalistas.

 
El análisis de las consecuencias de no haber resuelto las cuestiones de la Constitución y de la hegemonía es relevante para prever y prevenir lo que puede pasar en las próximas décadas, no solo en América Latina, sino también en Europa y otras regiones del mundo. Entre las izquierdas latinoamericanas y las de Europa del sur ha habido en los últimos veinte años importantes canales de comunicación, que están todavía por analizarse en todas sus dimensiones. Desde el inicio del presupuesto participativo en Porto Alegre (1989), varias organizaciones de izquierda en Europa, Canadá e India (de las que tengo conocimiento) comenzaron a prestar mucha atención a las innovaciones políticas que emergían en el campo de las izquierdas en varios países de América Latina.
 

A partir del final de la década de 1990, con la intensificación de las luchas sociales, el ascenso al poder de gobiernos progresistas y las luchas por Asambleas Constituyentes, sobre todo en Ecuador y Bolivia, quedó claro que una profunda renovación de la izquierda, de la cual había mucho que aprender, estaba en curso. Los trazos principales de esa renovación fueron los siguientes: la democracia participativa articulada con la democracia representativa, una articulación de la cual ambas salían fortalecidas; el intenso protagonismo de movimientos sociales, de lo que el Foro Social Mundial de 2001 fue una muestra elocuente; una nueva relación entre partidos políticos y movimientos sociales; la sobresaliente entrada en la vida política de grupos sociales hasta entonces considerados residuales, como los campesinos sin tierra, pueblos indígenas y pueblos afrodescendientes; la celebración de la diversidad cultural, el reconocimiento del carácter plurinacional de los países y el propósito de enfrentar las insidiosas herencias coloniales siempre presentes. Este elenco es suficiente para evidenciar cuánto las dos luchas a las que me he estado refiriendo (la Constitución y la hegemonía) estuvieron presentes en este vasto movimiento que parecía refundar para siempre el pensamiento y la práctica de izquierda, no solo en América Latina, sino en todo el mundo.
 

La crisis financiera y política, sobre todo a partir de 2011, y el movimiento de los indignados, fueron los detonantes de nuevas emergencias políticas de izquierda en el sur de Europa, en las que estuvieron muy presentes las lecciones de América Latina, en especial la nueva relación partido-movimiento, la nueva articulación entre democracia representativa y democracia participativa, la reforma constitucional y, en el caso de España, las cuestiones de la plurinacionalidad. El partido español Podemos representa mejor que cualquier otro estos aprendizajes, incluso cuando sus dirigentes fueron desde el principio conscientes de las diferencias sustanciales entre los contextos político y geopolítico europeo y latinoamericano.


 La forma en que tales aprendizajes se irán a plasmar en el nuevo ciclo político que está emergiendo en Europa del sur es, por ahora, una incógnita. Pero desde ya es posible especular lo siguiente: si es verdad que las izquierdas europeas aprendieron con las muchas innovaciones de las izquierdas latinoamericanas, no es menos cierto (y trágico) que éstas se “olvidaron” de sus propias innovaciones y que, de una u otra forma, cayeron en las trampas de la vieja política, donde las fuerzas de derecha fácilmente muestran su superioridad dada la larga experiencia histórica acumulada.
 

Si las líneas de comunicación se mantienen hoy, y siempre salvaguardando la diferencia de contextos, quizá sea tiempo de que las izquierdas latinoamericanas aprendan también con las innovaciones que están emergiendo entre las izquierdas del sur de Europa. Entre ellas destaco las siguientes: mantener viva la democracia participativa dentro de los propios partidos de izquierda, como condición previa a su adopción en el sistema político nacional en articulación con la democracia representativa; pactos entre fuerzas de izquierda (no necesariamente solo entre partidos) y nunca con fuerzas de derecha; pactos pragmáticos no clientelistas (no se discuten personas o cargos, sino políticas públicas y medidas de Gobierno), ni de rendición (articulando líneas rojas que no pueden ser cruzadas con la noción de prioridades o, como se decía antes, distinguiendo las luchas primarias de las secundarias); insistencia en la reforma constitucional para blindar los derechos sociales y tornar el sistema político más transparente, más próximo y más dependiente de las decisiones ciudadanas, sin tener que esperar elecciones periódicas (refuerzo del referendo); y, en el caso español, tratar democráticamente la cuestión de la plurinacionalidad.


La máquina fatal del neoliberalismo continúa produciendo miedo a gran escala y, siempre que falta materia prima, trunca la esperanza que puede encontrar en los rincones más recónditos de la vida política y social de las clases populares, la tritura, la procesa y la transforma en miedo. Las izquierdas son la arena que puede atajar ese aparatoso engranaje a fin de abrir las brechas por donde la sociología de las emergencias hará su trabajo de formular y amplificar las tendencias, los “todavía no”, que apuntan a un futuro digno para las grandes mayorías. Por eso es necesario que las izquierdas sepan tener miedo sin tener miedo del miedo. Sepan sustraer semillas de esperanza a la trituradora neoliberal y plantarlas en terrenos fértiles donde cada vez más ciudadanos sientan que pueden vivir bien, protegidos, tanto del infierno del caos inminente, como del paraíso de las sirenas del consumo obsesivo. Para que esto ocurra, la condición mínima es que las izquierdas permanezcan firmes en las dos luchas fundamentales: la Constitución y la hegemonía.

 
Extraído de aquí.


Traducción de Antoni Aguiló y José Luis Exeni Rodríguez

 

miércoles, 2 de diciembre de 2015

Neoliberalismo, experiencias populares e izquierdas -Jorge Alemán




En la actualidad, nos encontramos con la “izquierda clásica” que defiende los “intereses de la clase obrera”, a la que todavía considera –contra toda realidad histórica del Capital– la fuerza material que cumplirá con la desconexión definitiva del modo de producción vigente y con la “izquierda posmoderna”, advertida ya del “posfordismo” y de que no se dispone a priori de ningún sujeto histórico que sea identificable y necesario sin que medie la contingencia de la construcción política. Estas vertientes de la izquierda, a pesar de sus notables diferencias, coinciden en un punto crucial: en la crítica permanente a las experiencias populares latinoamericanas y las que despuntan en Europa, por no haber sido capaces de llegar a tocar, alterar o transformar lo “real” del capitalismo.
Por ello una y otra vez, con distintas variaciones, repiten el mantra de que no se pudo salir del “modelo extractivista” y de la excesiva dependencia del valor de las materias primas en el mercado mundial, de que no se superó una lógica distributiva que sólo consiguió finalmente producir el efecto indeseado de una nueva “clase media consumista”, etc. Estos argumentos solo serían veraces, si se admite que el partido se juega en un terreno distinto al que la agenda neoliberal propone, y ya sabemos que casi nunca es así. Lo que suele ocurrir es que la experiencia popular o el intento de una “hegemonía populista” funciona de un modo siempre frágil e inestable en los pliegos del poder neoliberal y está expuesta a su arma más directa: la producción de subjetividades. Esto provoca en la propia vida íntima una relación bloqueada casi en su totalidad con todo intento de transformación, que no coincida con una mera “gestión” y rendimiento de la relación consigo mismo y con los otros.
En este aspecto, conviene señalar también la emergencia de una nueva “derecha progresista”, que en los últimos años ha sabido conjugar una suerte de sincretismo entre los manuales de autoayuda, la desafección por la política, una demagogia del amor, la felicidad y la proclamación de un mundo sin conflictos, donde todo intento de transformación estructural es rápidamente anatemizado como “autoritario” y “antidemocrático”. El derechista “progre”, que habla desde una supuesta democracia, utilizándola como un valor incondicionado y universal, absolutamente descontextualizada de las relaciones de poder del Capital, se ha convertido en una de las figuras privilegiadas –incluso con más posibilidades de seducción que las derechas reaccionarias– del ordenamiento neoliberal tanto público como privado. En este sentido, conviene recordar que la apropiación neoliberal de las distintas esferas de la realidad ya han desestabilizado definitivamente la oposición público-privado.
Por otra parte, la izquierda, ya sea en su versión clásica o posmoderna, no habla de cómo sería de verdad “tocar” al capitalismo, ni de cuantas miles de vidas habría que sacrificar, ni de que modo el Capitalismo volvería a reproducirse en la lógica de Estado propuesta. Es cierto que la izquierda posmoderna, al estar plenamente advertida de todo esto, emplea lógicas más esquivas con respecto al Poder, como “nomadismo”, “sustracción” o “reinvención de lo Común”, todas posibilidades muy interesantes, pero que sólo alcanzan su verdadera inteligibilidad si se describe como corresponde el antagonismo, condición inherente a toda estructuración de la sociedad. También la izquierda posmoderna debería dar cuenta de como actuaría en el caso de afrontar los antagonismos que surgen en cualquier experiencia que sea capaz de afectar al poder neoliberal y su apropiación de todas las esferas de la realidad.
Por último, si estas experiencias populares están tan sobredeterminadas por el reformismo inoperante que nunca afecta a la estructura misma de las cosas propias de la dominación neoliberal, ¿por qué tanto empeño en las oligarquías financieras nacionales e internacionales en pagar cualquier precio por arruinar a esos proyectos y contratar a todo tipo de mercenarios mediáticos para destruirlos? En la época del capitalismo, en su versión neoliberal, las políticas transformadoras de signo popular tienen la ventaja histórica de haber roto con el círculo del terror sacrificial propio del modo de ser revolucionario, pero a su vez, sus transformaciones se inscriben en un orden donde no existe una totalidad abarcable cómo estructura. Se trata sólo de superficies de nuevas prácticas de lo común, de experiencias subjetivas de invención de nuevos lazos sociales, de distintas formas de anudamiento entre el Estado y los actos instituyentes surgidos de los movimientos sociales surcados por la heterogeneidad y en donde nunca se encuentra la respuesta definitiva sobre el verdadero alcance de la transformación.
La nueva izquierda tal vez deba encontrar en la insistencia y en la reformulación teórica y práctica permanente su nuevo estilo de mantener a lo político como un deseo y una apuesta y no como un Ideal que sólo sirva para restituirle al narcisismo su estatua de bronce inerte.

* Jorge Alemán, Psicoanalista y ensayista. Consejero cultural de la embajada argentina en España.

lunes, 16 de noviembre de 2015

El «discurso de la sensatez» de Rivera: la perogrullada del sentido común


 
 


La impresión es que Podemos no podrá. Probablemente, no conseguirá los escaños que necesita para formar gobierno. Puede incluso que esa impresión sea una percepción inducida por la campaña masiva de desinformación impulsada por los grandes medios. Desde hace tiempo han tomado partido. La toma de partido se inclina, una vez más, para los que siempre tienen más probabilidades de ganar, dadas sus posiciones privilegiadas de poder.

 

Las estrategias gubernamentales y mediáticas dominantes han surtido efecto: en unos meses, han intentado pulverizar la imagen de los fundadores de Podemos, basándose prioritariamente en la difamación pública, con el objetivo de reinstalar el sofisma de que no hay diferencia sustantiva entre lo “nuevo” y lo “viejo”, la “casta” y lo que se opone a ella. En suma: el propósito no ha sido otro que reforzar el “sentido común” que señala que “las cosas siempre fueron así” y que así seguirán siendo (negando, sin más, la posibilidad de un cambio estructural). El empeño desmesurado con que han procurado mostrar que fuerzas políticas como Podemos son equivalentes a los partidos tradicionales ya es de por sí indicativo del grado de movilización de los portavoces del establishment: la auténtica cruzada emprendida contra esta fuerza pone en evidencia las prerrogativas que temen perder.

 

La difamación ha logrado parcialmente su cometido. Lo sabemos por la variación en la estimación de voto. Incluso si la “cocina” de las estadísticas circulantes estuviera sesgada –lo que parece ser el caso-, es innegable que Podemos ha pasado de ser primera fuerza electoral en términos de intención directa de voto a ser la cuarta fuerza. En menos de un año, la maquinaria propagandística de las elites económicas, políticas y financieras ha disparado su artillería para desacreditar esta opción política. Sólo el aprendizaje acelerado de los líderes de este partido -al que fuerzan circunstancias tan adversas- ha evitado que el desastre sea aun mayor, a pesar de algunos fallos notables (entre otros, la gestión comunicacional del “caso Monedero”).

 

Dicho lo cual, resulta clave constatar que las estrategias de difamación al uso son eficaces en tanto cuentan con la aquiescencia –más o menos tácita- de una mayoría social que, movida por el miedo a perder lo (poco) que tiene, se asegura perderlo. La paradoja de esa mayoría subalterna es que se identifica con un amo que ya la ha condenado, de forma reiterada, a vivir en riesgo permanente de perderlo todo. La economía política del sacrificio hace tiempo ha decidido que su valor político –como masa de electores- y su valor económico –como masa de consumidores- es puramente instrumental: ser objetos o blancos para nuevas ofrendas alzadas tanto a la Comisión Europea como a los mercados financieros. Dicho en otras palabras: constituyen la masa marginal sobre la que seguirán operando las políticas de recorte, como signo de una “voluntad de austeridad” que no ha hecho más que ensanchar las periferias interiores de Europa.

 

La impresión, entonces, es que la maldita “sensatez” –el himno generalizado al sentido común, alzado al unísono- hace ir por otros caminos: cambiar alguna figura partidaria para que, políticamente, no haya cambio relevante. Reincidir en lo mismo, entonces, con la cosmética necesaria: entre otras cuestiones, ahondar en la política de austeridad mientras se garantiza la impunidad de los responsables del peor saqueo sistémico de la historia del capitalismo, multiplicar los recortes públicos en nombre de la eficiencia, consolidar el olvido histórico a las víctimas, preservar los privilegios de la iglesia católica y de la monarquía, dar vía libre al crecimiento de la banca y las grandes corporaciones en nombre de una presunta recuperación económica de la que las clases trabajadoras no tienen noticias, seguir desgravando las rentas de propiedad mientras se gravan más las rentas de trabajo (en un proceso interminable de precarización económico-existencial reafirmada en términos de “competencia”), dar carta de ciudadanía a la privatería y un revoque de honestidad al negociado de lo público gerenciado por el poder económico concentrado, incrementar el control mediático y ahondar en las marcas de una política cultural tradicionalista y autoritaria, reestructurar el sistema sanitario y educativo de forma excluyente, favorecer los grandes capitales y la desregulación de los mercados laborales, criminalizar a los grupos disidentes y desproteger tanto a las víctimas de violencia de género como a diferentes colectivos sociales, incluyendo inmigrantes y refugiados. En suma, no sólo garantizar la continuidad de la actual política de transferencia de riqueza a las elites dominantes y de empobrecimiento de las clases medias y populares sino, en general, seguir profundizando en un modelo de sociedad radicalmente injusta y desigual.

 

La cuestión rebasa una dimensión económica. Semejante ofensiva neoconservadora sólo es posible, al menos en cierta medida, por las dificultades para articular resistencias organizadas y sistemáticas por parte de los colectivos damnificados. Ninguna de estas políticas podría prosperar de forma efectiva en un contexto social radicalmente antagónico. Si el gobierno ha tenido que rectificar en ocasiones específicas, ha sido ante todo por presiones externas, producto de una movilización ciudadana fragmentaria pero relevante, así como de la irrupción de fuerzas partidarias como Podemos, que han reinstalado en la agenda pública cuestiones tan básicas y centrales como la deuda externa, la renta mínima universal, el acceso igualitario a los servicios públicos o el derecho a la vivienda.

 

Doble apunte entonces: por un lado, la estimación de voto actual sigue liderada por el bipartidismo; por otro lado, a pesar de una cierta erosión de la alternancia bipartidista, partidos como Ciudadanos operan como bisagras o recambios que no pueden más que bloquear un cambio ideológico significativo con respecto a lo que llama la “vieja política”. La lectura no es entonces de mera continuidad o simple ruptura, sino de coexistencia entre lo dominante y lo emergente: si bien algunos partidos (comenzando por Podemos) han irrumpido como fuerzas desniveladoras o disruptivas, el movimiento de restauración conservadora parece estar ganando el pulso. La propensión (neo)conservadora del sentido común (como “inconsciente” de la ideología dominante al decir de Stuart Hall) inclina la balanza hacia la continuidad. De ahí que los discursos hegemónicos no han hecho sino acentuar como incuestionable ese “sentido común” que custodia de forma implícita el establishment y reproduce de forma irreflexiva desigualdades sociales ya consolidadas.

 

El presunto “centrismo” de Rivera juega, en este contexto, con cartas marcadas: en su juego no baraja, entre otras cuestiones claves, promover una política de la memoria histórica, revisar las exenciones fiscales al clero, modificar las exclusiones de personas en situación irregular del sistema sanitario implantadas por el PP, transformar el carácter regresivo del sistema tributario, auditar la deuda pública, reimpulsar la educación pública para facilitar su acceso igualitario, derogar la ley de seguridad ciudadana en su conjunto o la reforma laboral en un sentido progresivo, desarrollar políticas económicas que activen la inversión pública y políticas crediticias que favorezcan la creación de empleo de calidad por parte de las Pymes o activar políticas sociales que permitan una mejor redistribución de la riqueza y contribuyan a revertir de forma decidida la escandalosa escalada de pobreza de la última década a nivel nacional.

 

Dicho de otra manera: el centrismo de Rivera plantea una «estrategia de silencio» ante aquellos asuntos fundamentales que hacen no tanto a la recuperación de una presunta salud perdida, sino más bien al desarrollo de otra fisonomía política y social, ligada a un proyecto si no socialista sí al menos popular. Una estrategia del silencio no significa, sin más, que se desconozca esas problemáticas o no se haga ninguna referencia al respecto. Refiere más bien a la opción deliberada de mantenerse en un guión tan genérico como esquemático, ligado al “cambio tranquilo”, esto es, a la continuidad político-ideológica que evite cualquier alarma en la gran burguesía económico-financiera. En este ejercicio de equilibrio retórico, se trata de pasar por los problemas decisivos de puntillas, sin más argumentación que un puñado de tópicos que tengan a la vez máxima resonancia social y reduzcan al mínimo cualquier referencia a puntos sensibles del electorado. Su estrategia es así básicamente elusiva: ninguna sorpresa que “asuste” a votantes ávidos de conservar algunos privilegios que desde hace tiempo ya han perdido o que “reviva” heridas o traumas de un pasado nunca más activo. El recuerdo mítico de una “calidad de vida” pretérita impide pensar las actuales condiciones de existencia de franjas sociales cada vez más amplias, en una descontrolada fábrica de riesgos (de exclusión social).

 

En este sentido, el «discurso de la sensatez» de Ciudadanos hace trampa: parte del giro hegemónico hacia la derecha. En una escena política derechizada, estar al “centro” significa que la posibilidad misma de plantear una sociedad diferente queda conjurada. Se trata de eludir los fantasmas que sobrevuelan el presente que bien podría traer a la memoria de los vivos la génesis de la actual fractura social: no sólo una dictadura impune sino una transición que ha obstruido tanto una política de justicia con respecto al genocidio producido por el franquismo como la posibilidad de que su “botín de guerra” sea recuperado en términos de una distribución más justa de la riqueza. Que en el último período se haya triplicado la pobreza y duplicado la casta de multimillonarios es indicio de este pésimo legado que el “sentido común” quiere eludir; a saber, que no es posible construir un porvenir de la democracia sin la apertura de los archivos que sostienen lo presente. Archivos no sólo desarchivados: aquellos que no existen más que en el soporte inatestiguado de las cunetas. 

 

El “sentido común” –como cristalización irreflexiva de la ideología dominante- arrastra sus sedimentos: ante todo, que sea quien sea el que gobierne, no ponga bajo debate los principios constituyentes del actual estado español, como garante de la economía de mercado (y el pago de la deuda soberana), de la continuidad del tradicionalismo cultural (y la hegemonía del nacional-catolicismo) y la reproducción de ciertos imperativos sistémicos (especialmente, la construcción de un orden social planteado como ineludible, incluso si se admiten “mejoras” posibles).

 

La apelación retórica al sentido común es la perogrullada del centrismo: dar por legítimo aquello que hay que legitimar, esto es, la posibilidad misma de integrar izquierda y derecha sin incurrir en incompatibilidades (ideo)lógicas y políticas. Así por ejemplo, ¿cómo garantizar la atención sanitaria básica para inmigrantes en situación irregular sin vulnerar los DDHH? ¿cómo proteger a los más desfavorecidos promoviendo la desregulación económica? ¿cómo abogar por la reforma institucional y la renovación de los partidos a la vez que se promueven alianzas políticas con aquellos que las impiden? ¿cómo favorecer el cambio a la vez que se recurre al más común de los conservadurismos, que es aquel que elude las herencias ligadas al franquismo, el catolicismo o la monarquía? La respuesta la podemos inferir: las dos formas posibles de integrar propuestas antagónicas es i) apelando a un eclecticismo indiferente a la contradicción o bien ii) negociando con grupos políticos adversarios -situados en diferentes posiciones del arco político- una postura intermedia entre todas las planteadas.

 

El problema es que la negociación política de Ciudadanos con la izquierda es poco menos que nula. La interlocución que le reconoce se limita al PSOE que, en las actuales condiciones, dista de encarnar de forma creíble una alternativa propiamente de izquierdas. Por tanto, la opción centrista de Ciudadanos no puede ser más que producto del eclecticismo. El “centro” así concebido no es nada diferente a la apropiación de medidas de derecha e izquierda, según su grado de aceptación social. Ahora bien, atender demandas múltiples incompatibles entre sí, tarde o temprano, obliga a tomar partido. Y la toma de partido de Ciudadanos es inequívoca: la defensa de los intereses corporativos de las multinacionales y la banca privada. Ciudadanos saluda con la mano izquierda y golpea con la derecha.

 

En síntesis, del mismo modo en que el “sentido común” naturaliza el orden existente -en tanto ha interiorizado lo habitual como “normal”-, el “centrismo” de Ciudadanos está escorado hacia la derecha. Constituye una coartada ideológica que encubre su clara toma de partido para que todo siga igual. La «sensatez» del discurso de Rivera no puede significar nada distinto que la renuncia deliberada a cuestionar el régimen de prerrogativas de los grandes grupos económicos. Todo lo que pueda haber de controvertido en una apuesta política de izquierda queda abolido. Su pragmatismo ideológico consiste ante todo en reafirmar un sentido común que no quiere saber nada de transformaciones sociales de raíz.

 

Dicho lo cual, resulta claro que uno de los desafíos fundamentales de la izquierda no puede ser otro que sacar del guión de hierro a los portavoces de Ciudadanos. Sólo un desnivelamiento crítico de esas “propuestas de sentido común” podría desarmar su estrategia electoral y producir un giro político posible e incierto. De esa operación depende que nuestras impresiones más o menos inducidas y probables no se hagan realidad. La apuesta por lo improbable siempre ha sido la apuesta de quienes no se contentan con sobrevivir en un mundo social escombrado.

 
Arturo Borra