sábado, 25 de octubre de 2014

Anotaciones sobre la construcción simbólica de las migraciones





Interrogarse sobre los procesos migratorios es interrogarse también sobre las construcciones simbólicas hegemónicas que se articulan socialmente en torno a dichos procesos. Forma parte de nuestra labor crítica problematizar esas construcciones de sentido y reinterpretar dicha realidad a partir de claves de lectura diferenciadas. Aunque la labor es inagotable, en el contexto español, resulta pertinente apuntalar algunas observaciones al respecto, partiendo de una hipótesis general: las construcciones discursivas hegemónicas, en las que participan de forma decisiva los dispositivos mediáticos, significan los fenómenos migratorios como una realidad homogénea, simple y unidimensional, basándose en tópicos, prejuicios y prácticas institucionalizadas que afectan de forma drástica la vida de millones de personas.


Reflexionar sobre las modalidades específicas de construcción del objeto «inmigración» por parte de esos discursos sociales no agota otras posibilidades interpretativas. Sin embargo, pueden identificarse con claridad dos matrices discursivas socialmente mayoritarias: 1) la que significa la inmigración como “amenaza”, no sólo en un nivel laboral sino también en un plano identitario y securitario y 2) la que la asocia a “situaciones de extrema vulnerabilidad”, especialmente de aquellos que categoriza como “sin papeles”. En lo subsiguiente, me referiré a la primera matriz como «discurso de la hostilidad» y a la segunda como «discurso de la caridad». Desde luego, podrían identificarse otras variantes, como las que se articulan en la literatura moderna, relacionadas a lo que Edward Said ha estudiado de forma magistral en su Orientalismo (1); en particular, la que conduce a la exotización de las diferencias. En la actualidad, sin embargo, semejante «discurso exotista» de forma creciente resulta minado por la fijación del Otro en tanto encarnación de una amenaza global.


En última instancia, tanto el discurso de la hostilidad como el discurso de la caridad constituyen variantes de un patrón hegemónico, no obstante los énfasis contrarios que sugieren. A pesar que en el primer caso la asimetría produce un rechazo más o menos encubierto y en el segundo cierta indulgencia, «hostilidad» y «caridad» son posiciones que fijan a los otros en una relación esencialmente asimétrica. La desigualdad persiste como punto en común incuestionable. Se trata, pues, de una oposición que comparte lo decisivo: el Otro está en una posición de inferioridad insalvable con respecto al propio grupo. El etnocentrismo se mantiene en ambas matrices, aunque la primera es más proclive a un giro abiertamente xenófobo y racista y la segunda a un giro solidario.


Puesto que estas construcciones de sentido no están exentas de ambigüedades, a menudo se enlazan como momentos diferenciales de una misma práctica discursiva, como ocurre de forma regular en las intervenciones mediáticas. Por poner un caso: un mismo sujeto puede ser representado, simultáneamente, como “inmigrante ilegal” y “víctima del tráfico” (2). Que un mismo destinatario pueda mantener identificaciones inestables con respecto a esos discursos reafirma su coexistencia efectiva -antes que una simple incompatibilidad lógica- que, en principio, da cuenta de la ambivalencia social que se produce en torno a los fenómenos migratorios.  


El punto de partida, en ambos casos, sería coincidente: la sobreproducción de imágenes estereotipadas por parte de los discursos hegemónicos, consolidando prejuicios que, incluso si fueran producto del mero desconocimiento, contribuyen a la consolidación social del racismo, la xenofobia y otras formas de discriminación (islamofobia, gitanofobia, antisemitismo, sexismo, homofobia, entre otras). Dicho de forma taxativa: la producción de estereotipos favorece la mitología que la derecha partidaria (3) utiliza como estrategia política, especialmente entre los sectores sociales más afectados por la crisis de oportunidades. La resultante es la creación de una estructura de desconocimiento con respecto a la alteridad, sostenida sobre percepciones sesgadas.


Para ilustrar lo dicho apelando a un ejemplo en el ámbito laboral: es un tópico sostener que el grado de cualificación de una “persona inmigrante” es inferior al de un trabajador español. La información oficial disponible -aportada tanto por el INE como por Euroestat- permite refutar semejante percepción (4). El nivel de cualificación de la población extranjera, aunque variable según la procedencia, en términos estadísticos es similar al de la población autóctona. Sin embargo, la sobrecualificación se duplica con respecto a la población nacional. Si bien cabe suponer la existencia de otros factores intervinientes, la eficacia simbólica de este tipo de prejuicios en los procesos de selección y contratación laboral resulta manifiesta: consolida el confinamiento sectorial que afecta a una amplia mayoría de personas inmigrantes y refugiadas (aproximadamente el 80 % según el SEPE), esto es, su reclusión dentro de unos pocos sectores subcualificados (agricultura y pesca, servicio doméstico y cuidado de personas, servicios de hostelería, construcción, industria y comercio), en posiciones subalternas. La marginación laboral de estos colectivos queda reasegurada mediante la representación ilusoria de la propia superioridad.


La producción de prejuicios, sin embargo, dista de limitarse a esta forma simple de desconocimiento. De forma regular, son producto deliberado de los partidos y movimientos de (ultra)derecha: plantear la inmigración como una “invasión” o una “amenaza” laboral (cuando no como “amenaza” cultural y securitaria), creando condiciones sociales más adversas todavía (5). Por circunscribirme a las primeras dos variantes de este planteamiento, también en esos planos la información estadística disponible permite desmontar semejantes construcciones: desde 2012 asistimos a un cambio de ciclo migratorio -en este caso de carácter negativo (6)- que niega rotundamente cualquier presunta “invasión”. Asimismo, los puestos de trabajo que ocupan los trabajadores españoles no son equivalentes (en calidad, temporalidad, jerarquía, nivel salarial y condiciones contractuales) a los que ocupan los trabajadores inmigrados, sin contar con la tasa de desempleo mayor que afecta a la población foránea (concretamente, 12% más): según la EPA, la tasa de paro de la población extranjera es del 34,14%, es decir, 11 puntos más que la de las personas de nacionalidad española (23,11%) [7]. Por lo demás, siguiendo los Informes anuales de “Inmigración y mercado de trabajo” (dependiente del Ministerio de Empleo y Seguridad Social), la tendencia es inequívoca: los puestos que se destruyen para trabajadores nacionales no son accesibles para los inmigrantes. La idea de “amenaza” laboral, por tanto, tiene una base endeble.


La cuestión, sin embargo, no se resuelve en un plano informacional o cognoscitivo. En términos amplios, si el «discurso de la hostilidad» constituye una respuesta defensiva ante la precarización de la vida, la mitología segregadora de la que se nutre constituye una apelación directa al miedo y, correlativamente, encarna una falsa promesa de protección. Su eficacia simbólica no está ligada a la validez racional de sus argumentos, sino a la adhesión que suscita entre grupos sociales afectados por condiciones económicas y sociales paupérrimas, comenzando por el paro, la pobreza y la marginación sistémica, así como por el deterioro acelerado del estado de bienestar y la reducción drástica de las prestaciones sociales.


En síntesis, si por una parte el discurso de la hostilidad estigmatiza al Otro, por otra parte, el discurso de la caridad lo reduce a la mera “indefensión” (como ocurre con las imágenes dramáticas de inmigrantes saltando las vallas de Ceuta y Melilla). La amplificación de semejantes imágenes, sin embargo, omite algo fundamental: que en España residen más de cuatro millones y medio de personas inmigrantes y refugiadas en situación regular para los que no vale esta representación tópica (8). Por lo demás, si bien la tasa de pobreza se incrementa en la población inmigrada al punto de afectar a más del 40 % de la población extracomunitaria (duplicando la tasa de pobreza de la población española [9]), la homogeneización de la realidad migratoria por parte de este discurso desconoce una situación socioeconómica mucho más heterogénea. Complementariamente, ambas construcciones simbólicas de la «inmigración» ponen en juego efectos materiales graves, aunque diferenciables, manteniendo al Otro a distancia, esto es, taponando su reconocimiento efectivo como sujeto semejante.


Insistir en que la historia de las migraciones se escribe en plural sigue siendo insuficiente. Una perspectiva crítica no tiene por qué limitarse a la crítica de un imaginario etnocéntrico. Su objetivo es, en última instancia, contribuir a la construcción de una política emancipatoria, lo que implica transformar el sistema hegemónico de valores, significaciones y prácticas sociales, marcadas por un individualismo hedonista que se desentiende del bienestar de los otros y termina defendiendo unos privilegios (institucionales y económicos) que minan la «igualdad» formalmente proclamada.


Toda política de mutuo reconocimiento seguirá siendo una simple declaración bienintencionada mientras no se materialice como «sociedad intercultural» efectiva. Al multiculturalismo de los guetos cabe contraponer la inclusión intercultural de los otros, esto es, la construcción de espacios comunes de participación y decisión de sujetos culturales diversos. Dicho de otra manera: no hay interculturalidad posible sin la reconfiguración de la trama de relaciones de poder que constituyen una formación social.


Del mismo modo en que la estigmatización/ borrado de los procesos migratorios es efecto de unos discursos sociales persistentes, el reconocimiento de los migrantes y refugiados (no sólo como trabajadores sino también en tanto ciudadanos y agentes culturales) es producto de un trabajo simbólico colectivo, relacionado a la reivindicación efectiva de una sociedad democrática y plural. Lo dicho implica, por tanto, que la construcción de un «discurso de la solidaridad» siempre es algo más y distinto a la formulación de unos principios filosóficos generales. Para tener alguna eficacia material, depende de múltiples instituciones y prácticas en las que participamos.


En este sentido, el movimiento es doble. En primer término, necesitamos partir de una crítica al tejido de categorías mediante las que damos inteligibilidad a estos fenómenos migratorios (determinados por condiciones no sólo económicas sino también políticas, culturales, familiares y personales). Para decirlo de otra manera: si los estigmas de la identidad se transforman en muros reales -negación de ayudas, discriminación laboral, violencia e insultos racistas, privación de derechos fundamentales, dificultad para acceder a espacios institucionales, etc.- es parte de nuestra responsabilidad política elaborar un discurso que interprete esas identidades diaspóricas desde un imaginario intercultural, capaz de favorecer la inclusión de los otros en igualdad de condiciones. Forma parte de la democratización de una sociedad cuestionar las categorías que ordenan el campo social de forma uniforme, como ocurre con las claves de pertenencia nacional. Apenas si es preciso insistir en que ninguna nacionalidad supone de por sí la desaparición de las desigualdades de género, de clase u otras equivalentes. Demasiado a menudo se omite en el análisis que la discriminación comienza por el «lenguaje», construyendo categorías jerárquicas entre los seres humanos.


Sin embargo, y en segundo lugar, un discurso antidiscriminatorio, no debería pasar de puntillas por una «crítica institucional» sistemática, imprescindible si lo que se pretende es cambiar el mundo social y no sólo interpretarlo. En suma, la creación de solidaridad debe ser, asimismo, un llamado a subvertir cierta «clausura institucional» propia de nuestras sociedades y las regulaciones jurídicas que la sostienen. Sin esa crítica, todo proyecto intercultural no pasa de una declaración políticamente correcta. Hay un largo camino para que la cuestión migratoria sea cada vez más pensada como la posibilidad misma de crear una apertura hacia los otros. Que esa política de apertura nos resulte lejana da cuenta de la magnitud del trabajo que tenemos por delante.


Arturo Borra


(1) SAID, Edward (2003): Orientalismo, Debolsillo, Madrid.

(2) Aunque no puedo en este contexto hacer un análisis sistemático de la cuestión, a modo de ejemplo, es pertinente recuperar algunos titulares de prensa, especialmente elocuentes: “Rutas de inmigración ilegal hacia España” (“El País”,  17/03/2014, en http://elpais.com/elpais/2014/03/17/media/1395083592_131640.html),  o “Rescatados en el Estrecho 835 inmigrantes, entre ellos 30 menores” (“El País”,  12/08/2014, en http://politica.elpais.com/politica/2014/08/12/actualidad/1407829246_971909.html), donde el periódico hace alusión a una “avalancha de inmigrantes” (sic).  El periódico “El Mundo” apela a titulares similares: “Melilla, puerta de la inmigración ilegal más allá de la valla” (8/12/2013, en http://www.elmundo.es/espana/2013/12/08/52a453320ab740b7768b4580.html) o “270 detenidos en la operación contra la inmigración ilegal” (“El Mundo”, 8/09/2014, en http://www.elmundo.es/andalucia/2014/09/08/540ded14ca4741f2688b4591.html).


(3) La frontera entre partidos de ultraderecha (como España 2000, Democracia Nacional, Coalición Valenciana, Falange Española o Alternativa Española, entre otros) y partidos de derecha es borrosa: el giro represivo del PP en materia de migraciones (especialmente, de carácter irregular) comparte puntos significativos con la ultraderecha, incluso cuando sus declaraciones institucionales no son, en general, abiertamente racistas y xenófobas.

(4) He desarrollado esta cuestión en extenso en “La discriminación en el mercado laboral español. Crisis capitalista y dualización social”, en http://www.rebelion.org/noticia.php?id=133998 y “La ley de la discriminación. Migración y mercados de trabajo en España” en http://www.rebelion.org/noticia.php?id=167293.

(5) Según el informe de OBERATXE, “Evolución del racismo y la xenofobia y otras formas conexas de intolerancia en España” (Subdirección General de Información Administrativa y Publicaciones, Madrid, 2013, pág. 31), el 72% de la población española considera “elevado” (33 %) o “excesivo” (39 %) el número de inmigrantes en España, mientras que sólo el 23% considera que el número es “aceptable” y el 1% “insuficiente”. Además, el 40 está o “muy de acuerdo” o “más bien de acuerdo” con que un extranjero que sea parado de larga duración sea expulsado del país y un 47% (contra un 48% que piensa lo contrario) que los españoles deben tener preferencia en el acceso a la atención sanitaria. Asimismo, un 66 % de la población considera “muy aceptable” o “bastante aceptable” que a la hora de contratar un trabajador, tenga preferencia un español antes que un inmigrante.


(6) “La población de España disminuyó en 220.130 personas durante 2013 y se situó en 46.507.760 habitantes a 1 de enero de 2014” (“Estadística de migraciones”, INE, 2014), en http://www.ine.es/prensa/np854.pdf. Por su parte, la inmigración se redujo en un 4,3%, con un saldo migratorio negativo de 256.849 personas.  En lo que atañe a la inmigración en situación irregular, es el propio Ministerio del Interior quien afirma, en referencia a 2013: “Durante el año pasado llegaron a las costas españolas 3.237 inmigrantes irregulares frente a los 3.804 que lo hicieron en 2012, lo que supone un descenso del 15%” (en http://www.interior.gob.es/web/interior/prensa/noticias/-/asset_publisher/GHU8Ap6ztgsg/content/id/1915582). El alarmismo mediático, sin embargo, hace suponer más bien lo contrario, sin contar además que la proporción de inmigración africana que cruza el estrecho o las vallas de Ceuta y Melilla es ínfima (en 2013, unas 7000 personas), mientras que las repatriaciones ese mismo año contabilizan un total de 23.889 personas. Si bien es cierto que esos flujos se han incrementado notablemente en 2014 (aprox. 130 %), siguen representando una proporción minoritaria del total.


(8) Ver “Estadística de migraciones”, INE, 2014, en http://www.ine.es/prensa/np854.pdf. Por lo demás, se estima que más de medio millón de personas están en situación irregular (http://www.parainmigrantes.info/la-situacion-sanitaria-de-los-inmigrantes-en-situacion-irregular-368/) 


(9) Los datos pertenecen al INE  (2013), en http://www.ine.es/prensa/np740.pdf.

lunes, 22 de septiembre de 2014

«La visión del búho de Minerva» -Noam Chomsky

 
 
 
No es agradable contemplar los pensamientos que deben de pasar por la mente del búho de Minerva cuando, al caer la noche, ella emprende la tarea de interpretar la era de la civilización humana, que ahora tal vez se acerque a su nada glorioso final.
 
La era comenzó hace casi 10 mil años en la Media Luna Fértil, que se extendía desde las tierras entre el Tigris y el Éufrates a través de Fenicia hacia la costa oriental del Mediterráneo, y de allí al valle del Nilo, a Grecia y más allá. Lo que ocurre en esa región ofrece dolorosas lecciones sobre las profundidades a las que la especie es capaz de descender.
 
La tierra entre el Tigris y el Éufrates ha sido escenario de indecibles horrores en años recientes. La agresión de George W. Bush-Tony Blair en 2003, que muchos iraquíes compararon con las invasiones mongolas del siglo XIII, fue un golpe letal más. Destruyó mucho de lo que sobrevivió a las sanciones de la ONU impulsadas por William Clinton contra Irak, condenadas por genocidas por los distinguidos diplomáticos Denis Halliday y Hans von Sponeck, quienes las administraban antes de renunciar en señal de protesta. Los devastadores informes de Halliday y Von Sponeck recibieron el tratamiento que se suele dar a los hechos indeseables.
 
Una consecuencia terrible de esa invasión se muestra en la guía visual a la crisis en Irak y Siria del New York Times: el cambio radical de los vecindarios en que convivían diversas religiones, en 2003, a los actuales enclaves sectarios, atrapados en un odio profundo. Los conflictos incendiados por la invasión se han extendido y ahora reducen toda la región a escombros.
 
Gran parte de la zona del Tigris y el Éufrates está en manos del Isil y su autoproclamado Estado Islámico, sombría caricatura de la forma extremista del Islam radical que tiene asiento en Arabia Saudita. Patrick Cockburn, corresponsal de The Independent en Medio Oriente y uno de los analistas mejor informados sobre el Isil, lo describe como una horrible organización, en muchos sentidos fascista, muy sectaria, que mata a todo el que no cree en su particular versión rigurosa del Islam.
 
Cockburn destaca también la contradicción en la reacción occidental al surgimiento del Isil: esfuerzos por cortar su avance en Irak, junto con otros para socavar al principal opositor del grupo en Siria, el régimen brutal de Bashar Assad. Entre tanto, una importante barrera a la propagación de la plaga del Isil en Líbano es Hezbolá, odiado enemigo de Estados Unidos y su aliado Israel. Y para complicar más la situación, Estados Unidos e Irán tienen ahora en común una justificada preocupación por el ascenso del Estado Islámico, como otros en esta región tan conflictiva.
 
Egipto se ha hundido en uno de sus tiempos más oscuros bajo una dictadura militar que continúa recibiendo apoyo de Washington. Su destino no fue escrito en las estrellas: durante siglos rutas alternativas han sido bastante viables, pero no con poca frecuencia una pesada mano imperial ha bloqueado el camino.
 
Luego de los renovados horrores de las semanas pasadas, debe ser innecesario comentar sobre lo que emana de Jerusalén, considerada un centro moral en la historia remota.
 
Hace 80 años, Martin Heidegger ensalzó a la Alemania nazi por aportar la mejor esperanza de rescatar la gloriosa civilización de los griegos de manos de los bárbaros de Oriente y Occidente. Hoy los banqueros alemanes aplastan a Grecia bajo un régimen económico diseñado para mantener la riqueza y el poder que poseen.
 
El probable fin de la era de la civilización se atisba en el borrador de un nuevo informe del Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático (PICC), el observatorio, conservador en general, de lo que ocurre en el mundo físico.
 
El informe concluye que incrementar las emisiones de gases de efecto invernadero conlleva el riesgo de impactos graves, generalizados e irreversibles para las personas y los ecosistemas en las próximas décadas. El planeta se acerca a la temperatura en la que la pérdida de la vasta capa de hielo sobre Groenlandia será incontenible. Eso, junto con el derretimiento del hielo del Antártico, podría elevar los niveles del mar hasta inundar ciudades importantes y planicies costeras.
 
La era de la civilización coincide de cerca con la edad geológica del holoceno, que comenzó hace unos 11 mil años. El periodo anterior, pleistoceno, duró 2.5 millones de años. Ahora, científicos sugieren que una nueva era empezó hace 250 años, llamada antropoceno, en la cual la actividad humana ha tenido un impacto dramático en el mundo físico. El ritmo de cambio de las edades geológicas es difícil de pasar por alto.
 
Un índice del impacto humano es la extinción de especies, que ahora se estima del mismo ritmo que hace 65 millones de años, cuando un asteroide golpeó la Tierra, lo cual se presume que fue la causa del fin de la era de los dinosaurios, que abrió el camino a la proliferación de mamíferos pequeños y, a la larga, de los humanos modernos. Hoy los humanos somos el asteroide que condena a gran parte de la vida a la extinción.
 
El informe del PICC reafirma que la vasta mayoría de reservas conocidas de combustibles deben quedar en el suelo para evitar riesgos intolerables a las generaciones futuras. Entre tanto, los principales consorcios energéticos no ocultan su objetivo de explotar esas reservas y descubrir otras.
Un día antes de presentar un resumen de las conclusiones del panel, el New York Times reportó que grandes existencias de granos en el medio oeste de Estados Unidos se pudren porque los ferrocarriles están ocupados transportando los productos del boom petrolero de Dakota del Norte a los puertos de embarque hacia Asia y Europa.
 
Una de las consecuencias más temidas del calentamiento global antropogénico es el derretimiento de las regiones de hielo permanente. Un estudio en la revista Science advierte que incluso temperaturas ligeramente más elevadas (menos de las previstas para los próximos años) podrían comenzar a derretir la capa de hielo, con posibles consecuencias fatales para el clima global.
 
Arundhati Roy sugiere que la metáfora más apropiada para la insania de nuestros tiempos es el glaciar Siachen, donde soldados indios y paquistaníes se han matado en el campo de batalla de más altitud en el mundo. El glaciar se está derritiendo y revela miles de proyectiles de artillería usados y tambos de combustible vacíos, hachas para hielo, botas viejas, tiendas y muchos otros desperdicios que miles de combatientes humanos generan en conflictos sin sentido. Y mientras los glaciares se derriten, India y Pakistán enfrentan un desastre indescriptible.
 
Triste especie. Pobre búho.
 
Noam Chomsky es profesor emérito de lingüística y filosofía en el Instituto Tecnológico de Massachusetts, en Cambridge. Su libro más reciente es Power Systems: Conversations on Global Democratic Uprisings and the New Challenges to U.S. Empire. Interviews with David Barsamian.
 

sábado, 6 de septiembre de 2014

«resquicios de otro incendio» - poemas de Arturo Borra




Raza oscura

 

Raza oscura
condenada a vagar por las orillas revueltas del mundo
en busca de unas tablas que no se astillen de tristeza.

 
Llueve en todos los hemisferios:
sin lugar para la noche.


 

En la derrota


Crecimos en la derrota. Cuando no era miedo era declinación/ rabia/ repetición del abandono.

 
Una lejanía que no era nostalgia estalló en las manos.

 
Tras toda esa ruina quisimos desenterrar otras herencias: abrir el sueño -formas supervivientes en la manga/ resquicios de otro incendio.

 
Desafiar más lejos el lenguaje de la derrota. 
 
 




Zozobra


quién puede narrar la zozobra: flotar entre las tablas partidas/ recuperar la voz en la marisma?
 
qué sería la zozobra si no naufragaran las palabras?

 
 
En la soledad de la partida, inventamos cada noche lo inédito.



De Anotaciones en el margen, Ediciones Cuatro de Agosto, Logroño, 2014.



 


 
Pájaros

Sacudo los pájaros que anidaron en la noche:
duermen los árboles y el viento insiste
en germinar abismos.

 
No sé qué hace al vuelo, esta senda
de aire en el salto
abatido por tanta caída:
nada sé del cielorraso
por el que se deslizan
mis caminos.

 
 

Totalidad faltante
                      
si tuviera todas las voces
las manos todas
el todo cubriendo
ausencias
huecos
este baldío
sin nombre
si tuviera
toda la sangre
toda la mirada
el principio
donde se aplacan
los labios hambrientos
si tuviera un hijo pródigo
huyendo de todo
como una fuga universal de los simulacros
de totalidad de tono total
yo
este todo que miente su llenura
escaparía como un loco
del pozo claroscuro
que hiere con todos entrevistos
para confirmar todos faltantes
recorriendo los escollos del desierto
su lodo rehuido que gime en el poema
destotalizando su desgarradura
con su espejismo y su caricia y su todo
abatido.

 

Esperanzas todavía


“No se nos ha dado la esperanza sino por los desesperados”.

            Walter Benjamin


 
Entre tanta muerte ofrecida en sacrificio
proclaman el cese de la promesa.

No saben que los desesperados musitan su abecedario.

Vienen algunos niños preguntando:
sobre su frente se gestan esperanzas todavía.
 

De La vigilia del deseo, Ediciones Loto, Rosario, 2013.

lunes, 28 de julio de 2014

«La poesía y la guerra (de nuevo)»




Escribir un poema contra la guerra no va evitar que los seres humanos sigan matándose entre sí. No persuadirá a quienes ejecutan prolijamente las órdenes genocidas ni, mucho menos, a quienes las imparten sin conmiseración. No alterará las decisiones estratégicas que las promueven ni permitirá cerrar una sola fábrica de misiles; no modificará los hilos de esa farsa que llaman “opinión pública” ni favorecerá el boicot a los que lucran con los muertos; no erosionará los silencios que se ciernen sobre los que sufren ni consolará a los que sobreviven. Un poema contra la guerra ni siquiera puede justificarse como catarsis. Horada, quizás, el curso sereno de la escritura, pero no subvierte las estructuras que sostienen la regularidad de ese crimen institucionalizado que es la guerra.

Escribir poemas contra la guerra no otorga a nadie un título de nobleza y hasta puede convertirse en una manera oportunista de procurar notoriedad (más fantaseada y efímera que otra cosa). La polémica es parte del espectáculo y escribir un poema sobre las penosas circunstancias de una guerra siempre corre el riesgo de convertirse en una de sus formas.

Todos saben de la soberana inutilidad de escribir un poema contra la guerra. No supone mérito estético alguno y su calidad es tan variable como quien lo escribe. Un poema semejante es como un poema sobre el hambre o el sufrimiento humano, el amor o la soledad, la dicha o la muerte. Siempre corre el riesgo de recaer en tópicos tan obvios como falaces, de repetir motivos que se apagan en su grandilocuencia, de insistir en el mismo gesto simplista o ingenuo. Quien sabe que un poema contra la guerra es inútil, tampoco puede confortarse con escribirlo. Quien se conforma con escribir esa clase de poemas no vive el desconsuelo: se limita a atenuar la estocada, toda esa vergüenza anónima que nos cae encima por permitir que una guerra siga siendo posible.

Sin embargo, quien carga contra un poema semejante, ¿no debería cargar también contra cualquier género de escritura que cuestione la guerra (comenzando por los ensayos y las novelas)? ¿Y por qué limitarse a estos escritos? ¿No tendría que arremeter, asimismo, contra la pintura, el cine, el teatro, la música o cualquier otra producción artística que se manifieste contra la guerra? ¿Y por qué habría de detenerse ahí? Roto ya el dique del arte o la escritura, ¿no estaría obligado a disparar contra los tratados filosóficos o las ciencias sociales, en suma, contra cualquier discurso que no se conforme con aceptar la guerra como hecho inexorable? ¿Cuándo esos discursos han detenido alguna vez un disparo (en el caso de que ese hubiera sido su objetivo)?

Tampoco hay razones para limitarse a los discursos artísticos, científicos o filosóficos. Al fin de cuentas, ¿cuántas muertes han evitado los movimientos pacifistas? Y para apurar el razonamiento: ¿por qué no cuestionar a los gobiernos nacionales que cuando no entran directamente en guerra la permiten, a los gremios que organizan sus cuerpos militares, a las iglesias que enfervorizan a sus feligreses con llamados santos, a los medios que no median para evitar la masacre, a los periodistas convertidos en profesionales de la desinformación, a la educación escolar que prepara la barbarie en nombre de la civilización, a las ONG que humanitariamente ayudan a enterrar a los muertos, a los ciudadanos y ciudadanas que se pronuncian inútilmente contra tanto estrago? ¿Qué decir de esos órganos gangrenados que organizan la desunión y hacen autopsias de los crímenes de guerra que pronto olvidarán con su retórica pacificadora? ¿Qué hay del Fondo Miserable Internacional y del Banco Mundial de la Injusticia, que vienen a alzar espléndidas autopistas con el montículo de cadáveres que deja la guerra?

Todos presumen saber que la impotencia es el signo de nuestra época. Impotencia para detener una guerra, evitar el holocausto cotidiano, encarcelar a los payasos cleptocráticos que declaran la guerra en sus despachos, enjuiciar a los amos que hacen de la guerra a muerte su ley de vida, revertir el saqueo que la guerra corporativa instaura como moneda de cambio, impedir el estado en guerra y su expansión de escombros.

Todos saben que vivimos en guerra y más todavía quienes escribimos contra ella. Escribir contra es una forma de luchar, más allá de la lógica de la guerra, aun si hubiera ocasiones en que parece ineludible. No es una simple declaración de amor o una negativa abstracta a toda forma de violencia, sino apuesta por una lucha sin guerra. La confusión de la lucha con la guerra es parte de la derrota. La impotencia colectiva es efecto de la guerra que perdimos los que vivimos contra.

Todos saben de la declaración de guerra que los poderes han lanzado contra las mayorías fracturadas, convertidas en minorías. Es cierto que las guerras actuales son cada vez menos guerras: se limitan a la masacre -el mero barrido del otro. No por ello habríamos de dejar incólume la lógica de la guerra como enfrentamiento a muerte con un enemigo en última instancia espectral. La guerra de fuerzas que deliran su omnipotencia construye impotencia en cada barrido. También esa impotencia ante la guerra, consecuencia de la derrota, es lanzadera para construir otras posibilidades humanas más allá de la guerra, una potencia otra que se niega a lo que las elites de la guerra ordenan.

Llegados a este punto, ¿qué sentido tiene no ya escribir un poema sino una vida contra la guerra? A la inversa, ¿qué sentido tiene el ser humano que ha desistido de luchar contra los ejecutivos y empresarios de la guerra -esos operadores de la catástrofe?

Todos presumen saber que la impotencia poética es parte de la impotencia generalizada ante la guerra. No convertiremos más que a los convertidos, no disuadiremos a los señores de la guerra, no impediremos que sigan ejerciendo su poder de muerte o hagan del crimen un negocio rentable. Defender los armisticios, reivindicar el diálogo, apostar por el reconocimiento no va a detener el curso indiferente de la aniquilación. Incluso sus cronistas terminan formando parte de la guerra como fórmula suprema de la nulidad.

Pero aun si no supiéramos nada del sentido de esta práctica de lucha, podríamos señalar que escribir y vivir contra la guerra puede contribuir a sustraernos de la cadena de la impotencia y cuestionar la resignación ante lo que declaran imposible. Puede que escribir contra la guerra sea una forma de no sumarse al estado de guerra o al orden social de los escombros, a la excepcionalidad permanente de la guerra convertida en regularidad de la tristeza.

Entonces, no sólo escribir un poema contra: vivir, manifestarse, resistir a la guerra. Ejercer la libertad de cuestionar el estado de guerra, poner bajo suspenso la impotencia generalizada en la que vivimos. Quizás no todos saben que escribir poemas contra la guerra es una forma de no habituarse a ella, que formular un discurso contra la guerra es un modo de no aceptar la indiferencia zoológica que da por inexorable una existencia en guerra. Quizás no todos saben que el llamado contra la guerra, incluso si su fin no fuera divisable, es una forma de recordar una sociedad deseable antes que un orden temido, una interrogación por la justicia antes que una justificación del derecho (a la guerra), una reivindicación de la igualdad humana antes que una constatación de las jerarquías (militares) de la vida en guerra.

No todos saben que parte de la guerra es impedir la imaginación de un tiempo sin guerra, un porvenir en que no ya no es necesario escribir o vivir contra la impotencia ante la repetición escandalosa de la guerra. No todos saben que la formulación de la promesa de una sociedad más allá de la guerra es parte del deseo revolucionario de sabotear las máquinas de guerra que cada día nos aplastan. Luchar contra la guerra es erosionar la vida en guerra en que malvivimos incluso si escribimos contra. Escribir contra es dar testimonio de un dolor sin testigos y a través de ese acto testimoniante rebelarse contra los que deciden que la guerra sea el único discurso posible -la evidencia de nuestra impotencia.

Un discurso contra la guerra -¿lo sabemos?- es mejor que aquel que la defiende como mal necesario en la medida en que también se hace práctica contra el espectáculo que niega la masacre de toda guerra, la muerte irreductible del otro que sigue ahí, sin sepultura ni testimonio. Escribimos contra para cambiarnos a nosotros mismos y desafiar el mutismo obediente a los señores de la guerra. ¿Qué sería de nosotros si esos discursos y prácticas se anudaran, construyeran una cultura contra, trazaran lazos entre los cuerpos, último soporte de la guerra, incluso si fuera tele-dirigida? ¿Qué clase de omnipotencia megalómana podría condenar a la impotencia una contracultura en común?


También la escritura puede resistir al canto de las sirenas, también la vida puede resistir, rebelarse como sueño, ayudarnos a confiar en las posibilidades humanas más allá de la guerra (aun si su fin no cesara de postergarse), en el reconocimiento del otro como semejante, en la promesa de comenzar a cambiar el mundo en que malvivimos desmotando la guerra que llevamos dentro.


Arturo Borra