sábado, 27 de junio de 2015

Una entrevista a Jorge Riechmamn: "Seguir así nos lleva a un ecocidio que acabará con la mayor parte de la población en decenios"- por Lucía Villa




MADRID. -Puede parecer catastrofista, pero tras las palabras y escritos de Jorge Riechmann (Madrid, 1962), se adivina, ante todo, un optimismo del que muchos no se ven capaces: el de imaginar una solidaridad común, una "autoconstrucción colectiva" -en palabras del poeta y activista- que acabe de una vez por todas con el sistema capitalista, antes de que éste termine consumiéndonos a todos. Profesor de Filosofía Moral de la Universidad Autónoma, militante de Ecologistas en Acción y de Izquierda Anticapitalista y miembro del Consejo Ciudadano de Podemos en Madrid, Riechman ha analizado a través de una extensa bibliografía (su ultimo ensayo es Autoconstrucción, de la editorial Catarata) las aberraciones de un modelo que consume y vive sin límites en un planeta que se muere a ritmo acelerado. Durante los días 26, 27 y 28 de junio participa, junto a otros representantes de movimientos sociales, investigadores, activistas y políticos de una decena de países, en los II encuentros Alternativas frente a los retos ecosociales que se celebran en Madrid para combinar los enfoques social y ecológico y buscar respuestas conjuntas con las que combatir las crisis, desde la económica hasta la de valores, que padece la sociedad actual.

 ¿Qué plantea el Ecosocialismo?

Yo defiendo desde hace tiempo que no podemos pensar en una sociedad que sea sustentable de verdad y que siga siendo capitalista. Si queremos sociedades que puedan durar en el tiempo, que sean perdurables, no hay forma de esquivar la cuestión del sistema y las rupturas anticapitalistas. Tenemos que fijarnos más en algo que, aunque ya estaba presente en El capital de Marx, no ha tenido mucha importancia en los intentos históricos de avanzar en el socialismo: la idea de que las fuerzas productivas son, a la vez e idisociablemente, fuerzas destructivas. Y esa parte destructiva ha ido en aumento con respecto a la parte productiva a medida que se han ido desplegando las sociedades industriales.

Yo creo que una cuestión central en nuestro tiempo es el choque de las sociedades industriales con los límites biofísicos del planeta. Según los cálculos de la huella ecológica del conjunto de la humanidad, estamos viviendo como si tuviéramos a nuestra disposición un planeta y medio. Es una situación aberrante que sólo se va a poder mantener un tiempo. Estamos viviendo, literalmente, como si no hubiera mañana… y eso es altamente problemático. Y lo que dice el ecosocialismo es que la fuerza principal que está detrás de ese choque contra los límites biofísicos del planeta es la dinámica autoexpansiva del capital.

¿Y cómo se le da la vuelta a un sistema, el capitalista, que no es sólo político o económico, sino también cultural y de valores, que está impregnado en todos?

Yo creo que esa es una dimensión muy importante que ha ido incluso ganando peso por los procesos culturales de los últimos decenios. Es cierto que cada sociedad genera los objetos que necesita, o los objetos congruentes con ese orden social. Eso, de hecho, es un proceso en bucle. Las personas somos generadas por la sociedad, la sociedad genera sujetos y los sujetos reproducen, producen y cambian la sociedad. Es un bucle de realimentación. Pero lo nuevo, que es muy tremendo en esta situación en la que nos encontramos, es que a medida que se ha afianzado la versión neoliberal del capitalismo, éste entra mucho más hondamente en la constitución de la subjetividad. Hay una frase, de estas inmortales que produjo Margaret Thatcher, que venía a decir algo así como: “La economía en realidad no importa tanto, en realidad donde nos jugamos todo es en el alma humana”. Esto Margaret Thatcher y otros teóricos del neoliberalismo lo tenían muy claro.

Y lo que ha ido teniendo lugar es un proceso en el cual esa dinámica de expansión de la sociedad mercantil se ha ido introduciendo cada vez más en la gente. Entonces claro, pensar en esos términos nos da idea de la dificultad de este asunto, que no puedes en efecto considerar que tu adversario es algo exterior que tienes enfrente, así, nítidamente delimitado, sino que lo has incorporado, es una parte de lo que tú también eres.

A mí una imagen un poco humorística que he usado alguna vez para intentar contar esto es este personaje de las fábulas centroeuropeas que es el barón de Münchhausen. En uno de los lances célebres de su vida, Münchhausen cae dentro de un pantano con su caballo y se está hundiendo en las arenas movedizas. Y entonces para salir lo que se le ocurre es tirar de su propia coleta y consigue sacarse del pantano. Lo que nos toca hacer es algo parecido a eso. Yo creo que hay que pensarlo desde la autoconstrucción colectiva.

¿A qué nos exponemos? Los científicos ya hablan de que se ha puesto en marcha la sexta gran extinción de especies, la primera que estaría causada por el hombre y la primera que afectaría al hombre… la sociedad no parece muy consciente

No. Eso es dramático. La diferencia que hay entre el mundo de creencias en el que está viviendo el promedio de la gente en esta sociedad y la situación objetiva tal y como podemos referirnos a la misma por medio de la ciencia, es enorme. Somos incapaces, como sociedad, de hacernos cargo de lo que está pasando y de ver lo cerca que estamos de despeñarnos por un abismo cuyas dimensiones no acabamos de calibrar. Sí que lo hacen los investigadores e investigadoras y por eso están lanzando gritos de alarma cada vez más desesperados desde hace mucho tiempo.

Uno de los generales golpistas en Brasil en la primera de esas dictaduras que se implantaron en América Latina en los años 60 dijo: “El país se encontraba delante de un abismo y decidimos dar un paso al frente”. Nuestras sociedades están al borde de un abismo y están avanzando a toda velocidad. No paso a paso, sino de forma motorizada sin darnos cuenta de lo que eso representa.

Si hubiera que señalar sólo tres ámbitos de la dimensión de esa crisis ecológico-social, serían el calentamiento climático, la crisis de recursos y la extinción masiva de diversidad biológica. Son tres procesos que están, literalmente, quitándonos el suelo de debajo de los pies. Seguir haciendo las cosas más o menos como las estamos haciendo ahora nos lleva a un ecocidio, acompañado de un genocidio, que si no somos capaces de cambiar se llevará por delante, yo creo, a la mayor parte de la población humana en los decenios que siguen. Y de eso es de lo que se está hablando cuando hablamos de cambio climático.

Todas las esperanzas para frenar el cambio climático están puestas en la cumbre de París de diciembre de este año. ¿Un protocolo que sustituya al de Kioto es suficiente?

Todo indica que, tal y como están planteadas las cosas, no será suficiente. Lo que convencionalmente con una base científica se ha establecido como un nivel más o menos de seguridad son los dos grados centígrados de incremento de la temperatura promedio con respecto a los niveles preindustriales, y muchos científicos piensan que no se deberían sobrepasar los 1,5 grados. Sin embargo París es importante en la medida en que pueda suponer un cambio de tendencia por lo menos, porque la situación ahora es que estamos emitiendo cada vez más, cada vez más deprisa. No es que estemos en una situación de equilibrio, sino que las emisiones siguen creciendo y cada vez más rápido. Y París puede servir como el inicio de una inflexión en ese sentido. Pero yo estoy convencido de que sin rupturas anticapitalistas, sin avanzar claramente hacia otro modelo de producción y consumo, no hay forma de evitar ese desenlace muy dramático.


Usted es miembro del Consejo Ciudadano de Podemos en la Comunidad de Madrid. ¿Ve representados los valores ecologistas en el partido?

De manera muy insuficiente. No es un problema sólo de Podemos, es un problema de la mayoría de nuestras fuerzas políticas. Hay una cosa que subrayaba hace un par de años un activista brasileño de los involucrados en el Foro Social Mundial de Porto Alegre, Chico Whitaker, en referencia a los movimientos como el 15-M u Occupy Wall Street, que empleaban el lema de “somos el 99%, frente a un 1%”. Si pensamos en términos ecológicos y sociales esa distribución no es así. Chico Whitaker decía que habría que pensar más bien en un 1% de gente que tiene cierta conciencia del mundo real en el que vive y que está intentando alertar a otro 98% de la situación dramática en la que nos encontramos para sumar fuerzas y hacer frente al 1% restante que está en lo alto de la pirámide de la riqueza y el poder. Pero el nivel de conciencia en ese 98% de la población no es ni de lejos el que se requeriría.

Extraído de aquí.

martes, 9 de junio de 2015

«Fe en el objeto» -Liliana Lindenbaum

 
 
 
 Ser felices y para siempre es un ideal y como tal inalcanzable. Encontrar un sentido a la existencia, otro motivo de sufrimiento para el ser parlante. Estamos condenados al malentendido, a la decepción, a la insatisfacción, a la incompletud, gracias al lenguaje. En los sueños y fantasías nuestros deseos se realizan, pero en la realidad a la satisfacción alcanzada siempre le faltará para ser la satisfacción es (1) pero también motivo de diversos sufrimientos.
La cultura del consumo que padecemos, fabricada por el Dios del dinero y la tecnología, ofrece multitud de objetos, que disfrazados de objetos causa del deseo pasan al registro de objetos “necesarios”. La ciencia experimenta soluciones químicas equivalentes para paliar el sufrimiento, una respuesta no siempre eficaz ante la fiereza de la angustia.
En todos los tiempos los pueblos han convivido con las drogas. Pero en estas épocas esto toma una relevancia sospechosa. El consumo de productos químicos es una respuesta que promete plenitud. A la promesa de una satisfacción inmediata, intensa y total, se suma una supuesta independencia del peso de la realidad. Esa es también su peligrosidad, advierte Freud en el Malestar en la cultura. Consumo de un objeto que acaba por consumir al sujeto. Promesa de que no habrá ya discordancia entre lo que se espera y lo que se alcanza. En el mercado de la globalización se trataría también de homogeneizar el goce. En este contexto podemos decir que el drogodependiente está en el mercado. El cuerpo pide por una “necesidad” que será colmada por El objeto. En esta creencia el cuerpo se hace víctima de un experimentar con la muerte. Encontrar una solución en la droga (también en las farmacéuticas) “para que me de ganas de…”. Una paradoja, ya que en verdad se anularían las particularidades del placer erótico, ya sea el sentido del gusto o el goce sexual, fálico. No es lo mismo disfrutar del placer de comerse un bombón que no poder evitar la compulsión a comerse de una vez un kilo de bombones. Compulsión a la repetición que el psicoanálisis reconoce ligada al deseo de muerte. Una Fe en el objeto que exige el sacrificio del cuerpo en aras del narcisismo, de ser Uno con el Otro. Una prótesis ante la desgana, contra el vacío. Una manera de denunciar el malestar en la cultura, al precio de aniquilar la subjetividad. Malestar que se hace cultura, cultura que hoy padecemos y que F. Ulloa (2) define como de la mortificación, en lo que hace a la muerte y lo mortecino, a la mortificación del deseo.
¿Cómo soportar que estemos “mal hechos”, que no somos Uno? Decía Freud que el hombre en su afán por parecerse a un dios, se convertirá en un dios con prótesis, anticipaba así el avance de la ciencia y la tecnología. Freud: un visionario. Leemos en un periódico que “el hombre biónico se acerca”, el presidente de una empresa cultural de Estocolmo se convirtió en un tocadiscos andante tragándose una píldora que contiene un reproductor musical inalámbrico, con wifi, amplificadores, etc.; otro, un australiano, integró a su cuerpo un tercer brazo mecánico y más recientemente se implantó en un brazo una tercera oreja que en un futuro podrá utilizar como terminal inalámbrico y contestar las llamadas telefónicas acercando el brazo a la cabeza. Todo parece posible. El hombre robot, un dios con prótesis.
El avance de la tecnociencia ha disparado la producción, y para sostener el capitalismo salvaje se hace necesario consumir. Todo entra en el saco del consumo: el cuerpo, el “trabajo” del ocio organizado para consumir, el consumo de drogas para alcanzar la felicidad, de la cirugía para alcanzar la imagen ideal o la ilusión de la eterna juventud, el amor que se consume en el ideal como posesión del objeto y que a menudo deriva en trágicas consecuencias, el engaño con que el sistema somete al sujeto convirtiendo la sexualidad en sexo, un objeto de consumo, como los televisores, los teléfonos móviles o los modelos de casa o de vida. A propósito de esto dice Bataille que la poesía se olvida de la identidad de la piedra consigo misma, el poeta habla de la piedra de la luna,… “si la desnudez o el exceso de disfrute no son cosas y sí son, como la piedra de la luna, inconcebibles, se desprende de ello consecuencias dignas de ser señaladas”.
La publicidad aprovecha la estructura deseante del sujeto para venderle con el producto todo lo que cree que puede “tener” con su posesión. El capital produce objetos. Deseas esto, te dicen. El esclavo moderno que somos debe consumir lo que produce con su trabajo para seguir sosteniendo el sistema.
“Hacer realidad sus sueños cuesta muy poco”. Así encabeza unos grandes almacenes un folleto a todo color de 300 páginas, ofreciendo infinidad de juguetes para estas navidades.
“¡Elige tu destino! Un anuncio televisivo. Una joven y bella modelo rechaza muy dignamente lo que una adivina le ofrece: conocer su destino. Soy libre, yo elijo mi destino. La “libre” elección consiste en una marca de perfume.
Consigue tu figura ideal, la que siempre deseaste, en seis meses perderás 20 kilos con el balón intragástrico. Ultima moda, sin esfuerzos y en breve tiempo.
Tentaciones, falsas promesas de alcanzar la felicidad en la posesión de los bienes. Mensajes que llegan desde los medios de comunicación de masas y la industria publicitaria, en su lucha por sostener una economía de consumo que implica consumir por consumir. También consumir al sujeto, cuya existencia transcurre aprisionada entre las coerciones sociales y las de cada uno. La consecuencia: un sujeto pusilánime, obediente del orden constituido, que acepta las imposiciones por miedo a los riesgos que puede suponer no hacerlo. “…a menudo en los deberes que el hombre se impone, no hay más que el temor de los riesgos a asumir si no lo hiciera. En el fondo, es más cómodo padecer la interdicción que exponerse a la castración”(3).
También el ferviente ejercicio de la competitividad y el afán de éxito de unos que implica el fracaso de los otros, como ideales propuestos desde la cultura de hoy, conllevan la idea de la creación o productividad sólo como valores de rentabilidad económica. Se ha pervertido el sentido del trabajo como creación, como producto del recurso al pensamiento y la creatividad para alcanzar un fin. Reina el Dios del dinero. El mismo que vende la guerra como un mal necesario y una ayuda humanitaria. Perversión del lenguaje. Todos somos esclavos de ese Dios, quedando la subjetividad como resto.
¿Cómo hacer para mitigar la seducción que ejercen ideas tan potentes, propiciadoras de la hostilidad? ¿Cómo revertir la violencia y agresividad propias de estos ideales en un deseo singular? La rebeldía es una de las maneras de reaccionar ante el poder arbitrario del amo, otra: el sometimiento. Son dos polos de lo mismo, una posición en relación al mandato de Otro, que nunca podrá dar lugar al deseo singular. Ni sometimiento ni rebelión. Se hace necesario un acto que ponga en juego una dimensión ética, la del deseo, la emergencia de algo nuevo.
Lucrecio proponía que los átomos pudieran desviarse imprevisiblemente de la línea recta y así garantizar la libertad de la materia y las personas, para dar lugar a las infinitas potencialidades. Eso evitaría que el peso de la materia (¿la realidad?) nos aplaste.
También Italo Calvino entre sus “Seis propuestas para el próximo milenio” (4) apuesta por la búsqueda de la levedad como reacción al peso del vivir. Analiza el universo de la novela de M. Kundera La insoportable levedad del ser, como la búsqueda sin fin de la levedad como inalcanzable: lo que apreciamos en la vida por ser leve, no tarda en revelar su peso insostenible.
Todavía no se ha inventado una vacuna contra el malestar en la cultura. Tampoco contra el paso del tiempo, la finitud de la vida o lo imposible de que el deseo se encuentre con el objeto que lo causa.
Pero la risa, el humor, le quita peso a la dimensión dramática y algo absurda de la vida. Decía Nietzsche que la verdadera risa surge de la desesperación.
Poder reírse de uno mismo y sus circunstancias, es aliviante. Descreer del Yo, del pretendido orden del mundo y de las redes de relaciones que los constituyen, aunque sea sólo por un instante, permite vivir más ligeramente. El humor no es resignado. Triunfo del principio del placer ante las adversidades de las circunstancias, dice Freud, ahorra el displacer y el sentimiento de la injuria narcisista (5).
En una cultura sostenida por el discurso capitalista que tiende a obturar con objetos de consumo el vacío propio del sujeto deseante, y que propone por tanto una globalización del goce, ¿hay algún lugar para el psicoanálisis como discurso alternativo?
“No hay razón para hacernos garantes del ensueño burgués de alcanzar la felicidad en la posesión de los bienes”, advierte Lacan (6) a los psicoanalistas.
El psicoanálisis apuesta por la palabra, por la singularidad del goce, por la falta que es condición del deseo, que es vida. En este sentido, el deseo al que alude el discurso analítico es contrario al sistema de producción que propone el discurso capitalista, que homogeneiza el deseo con promesas donde nada falta.
¿Es posible salir de la cultura de la mortificación del deseo sin descubrir el engaño, el de la realidad que se nos ofrece como lo único que hay, con sus propuestas de universalización de los modos de goce? ¿Es posible sin descubrir el engaño de la propia realidad, de las creencias acerca del Uno que creemos ser? Habrá que dejar lugar para que se dé lo que aún no está hecho, poder desviarse imprevisiblemente de la línea recta como lo dice Lucrecio, dejarse sorprender por el descubrimiento de lo que no se sabe, como fuente de júbilo, de creación, de enriquecimiento.
En palabras de María Zambrano (7), abrir sitio a lo que corre el riesgo de asfixiarse, “las entrañas que quieren vivir como entrañas –no disueltas por la razón- en un mundo que inculca unas creencias que no les permite acogerlas.
 
Liliana Lindenbaum, Psicoanalista-Madrid
 
Notas
1 ULLOA Fernando O.: Conferencia, La angustia, hacedora de oficios, en el Seminario “La angustia II, su función en la clínica y la cultura”, en el Centro Cultural General San Martín, Buenos Aires (1997).
2 ULLOA Fernando O.: Novela clínica psicoanalítica. Historial de una práctica. Editorial Paidós Argentina (1995)
3 LACAN Jaques: Seminario 7 La ética del psicoanálisis, Editorial Paidós Bs.As.-Barcelona-México (1988)
4 CALVINO Italo: Seis propuestas para el próximo milenio. Ediciones Siruela (1990)
5 FREUD Sigmund: “El Humor” en Obras completas, Volumen III , Ediciones Nuevo Mundo (1974)
6 LACAN Jaques: Idem nota 3
 7 ZAMBRANO María : “La confesión: género Literario y método”, en Antologías temáticas 2: María Zambrano, Antología, selección de textos, Suplementos ANTHROPOS, Rev. de Documentación Científica de la Cultura (1987)
 
Extraído de la Revista "Psicoanálisis en el Sur", Nº 8.

viernes, 22 de mayo de 2015

Contra el abstencionismo: la disputa electoral en España

 
Si bien el sentido de la abstención cambia según los contextos históricos, en la situación española actual el llamado a no votar constituye una estrategia política cuando menos dudosa. Es cierto que hay momentos en que la importancia del acto electoral puede minimizarse: 1) en una coyuntura en la que una fuerza política tiene asegurada la mayoría absoluta en las instituciones estatales; 2) en un sistema político en el que algunos partidos están proscriptos; 3) en un sistema político dominado por el bipartidismo que plantea continuidades políticas con independencia a quien gobierne, 4) en un contexto donde la derecha no tiene posibilidades de gobernar con mayoría absoluta o incluso 5) en un contexto en el que ninguna de las fuerzas políticas encarna una alternativa de cambio real. Podrían reconstruirse otras situaciones en las que el sentido del voto ya está predefinido y que, razonablemente, no tiene fuerza disruptiva.
 
 
Sin embargo, ninguna de esas coyunturas políticas se plantea en el presente. Por el contrario, en la medida en que el electorado de izquierdas se movilice, la posibilidad de fragmentación parlamentaria es más real que nunca. A diferencia de otros períodos electorales, se plantea un ensanchamiento inédito de opciones políticas de izquierdas, que erosiona una composición parlamentaria atravesada por el bipartidismo. Que dicha composición haya permitido el despliegue de políticas de estado regresivas (como ha ocurrido con el cambio constitucional express para la reducción del déficit o la reforma del código penal) es un indicio del trasfondo común que comparten PP y PSOE en asuntos fundamentales, incluso si eso no niega algunas diferencias políticas reales.
 
 
Ante esta situación, el llamado a la abstención se desentiende de las correlaciones de fuerza entre diferentes partidos políticos en las instituciones estatales y con ello, permite una infra-representación de fuerzas parlamentarias como IU o Podemos (aun cuando tales fuerzas no necesariamente se ajusten de forma satisfactoria a nuestras expectativas). Para invertir el ángulo: permite la consolidación de una probable alianza entre partidos como Ciudadanos y Partido Popular.

 
No es sólo que estemos frente a un gobierno nefasto que nos atrapa como moscas en una telaraña política que enlaza corrupción y saqueo, salvataje privado y hundimiento colectivo. No es sólo que la mayoría automática del partido de gobierno haya dado vía libre a un recetario neoconservador que ha arrasado conquistas históricas tan valiosas como irrenunciables, facilitada por un blindaje jurídico crecientemente dictatorial. Lo específico de la coyuntura política actual es que hay una oportunidad histórica de desestructurar un sistema político basado en la lógica de los grandes partidos y reconfigurar las relaciones de poder de una estructura parlamentaria anquilosada.
 
 
El recuento de los estragos perpetrados por el partido popular de forma deliberada y coherente en los últimos años es extenso: la política de recortes en sanidad, educación, servicios públicos y prestaciones sociales; la política de rescate a la banca privada sin contraprestaciones ligadas a la recuperación del crédito para familias y PYMES; la política de sobre-endeudamiento del estado, a pesar de la tendencia a privatizar empresas públicas (con el pretexto de reducir gastos y obtener liquidez); la política tributaria de amnistía a los evasores y de manifiesta regresividad de su estructura (gravando más las rentas de trabajo que las rentas de capital); la política de precarización del empleo y consolidación de mercados laborales asediados por la temporalidad, la pauperización de las condiciones de trabajo, la caída salarial, la pérdida de derechos laborales, la institucionalización de la “flexo-explotación” y el mantenimiento de una elevada tasa de desempleo; la política de tolerancia ante la economía sumergida, el fraude y los paraísos fiscales; la política armamentística expansiva, que sigue comerciando armas con gobiernos que incumplen los derechos humanos más básicos; la política energética orientada a la protección de los intereses de las grandes corporaciones privadas del sector, en perjuicio del uso de energías renovables y de una reducción tarifaria generalizada; la política jurídica orientada a la conversión de la protesta social en delito y a la consolidación de un sistema judicial clasista y plagado de prerrogativas; la política de represión de la protesta social y la persecución policial de las ensanchadas categorías de “sospechosos” (comenzando por inmigrantes en situación irregular y personas “sin techo”); la política de desahucios que además de vulnerar el derecho a la vivienda sigue perpetuando una relación abusiva entre la banca y la ciudadanía hipotecada; la política cultural orientada a reestablecer una cultura autoritaria, tradicionalista, homofóbica y sexista; la política de medios marcada por la censura y el control ideológico, degradando un servicio público a mero instrumento propagandístico; la política de control de fronteras marcada por la denegación de derechos humanos fundamentales a los damnificados y por las expulsiones en caliente reconvertidas legalmente en “rechazo en frontera”; la política migratoria que no sólo ha restringido el acceso y permanencia legal de personas extranjeras sino que ha forzado la emigración de cientos de miles de personas (especialmente jóvenes profesionales) por falta de oportunidades laborales; la política de asilo que, además de perpetuar las graves restricciones a la concesión real de asilo, vulnera el acceso efectivo al derecho a solicitarlo; la política de desfinanciación de la investigación pública y el asedio al sistema público de enseñanza en vistas a su reconversión en un sistema de reparto jerárquico de cualificaciones profesionales (según pertenencias de clase), por mencionar algunas.
 
 
La enumeración de estas políticas (claramente identificadas con un horizonte político neoconservador) podría ampliarse bajo la forma de análisis sectoriales. Dista de ser exhaustiva, pero permite dimensionar el alcance de unas decisiones gubernamentales que nos afectan de forma cotidiana. Como «instantáneas del cinismo» oficial no cesan de proliferar: la mentada “recuperación económica”, tras índices macroeconómicos positivos, apenas disimula el pésimo cuadro de una España asediada por la pobreza, la desigualdad, la corrupción, el desempleo, la precariedad laboral y, en general, la restricción tendencial de oportunidades económicas, culturales y políticas.
 
 
Para resumir: la vida social ha sido reconfigurada de forma notoria a partir del omnicomprehensivo discurso de la crisis. Mantenerse al margen es ilusorio: en tanto transformación de nuestras condiciones de existencia, semejantes decisiones nos afectan de forma directa e indirecta, ante todo, como restricciones materiales en el acceso a derechos sociales, económicos, políticos y culturales que sostienen la posibilidad del bienestar colectivo. Dicho de otro modo: no sólo es imposible estar fuera de la telaraña política, sino que esa telaraña nos enreda de forma creciente, mediante la asfixia cada vez más severa de nuestras vidas.
 
 
Que estemos intentando crear un “afuera” (una exterioridad política) y persistamos en la construcción de proyectos sociales autónomos, no niega esta premisa: nadie está fuera en una sociedad del control. La desconfianza al estado actual (e incluso a cualquier forma de estado, a la «estatalidad» como estructura de gubernamentabilidad e institución política central en la modernidad) no es impedimento para que ese estado irrumpa, bajo la forma de políticas gubernamentales concretas, en la vida social en su conjunto. Vincularse de formas diferenciadas con esas políticas, incluyendo la resistencia activa a sus efectos más perniciosos o el intento de limitar su campo de intervención, no niega en lo más mínimo su presencia material en nuestra cotidianeidad. Siempre ya somos objetos de las decisiones y prácticas gubernamentales: pedir que el estado “nos deje en paz” es, precisamente, la imposibilidad de la política actual. Descreamos o no, seamos libertarios, comunistas, feministas, altermundistas, insurreccionalistas, pacifistas o lo que fuere, los efectos de esas políticas son visibles y algunos inclusive irrumpen de forma brutal, bajo la forma nada metafórica de un policía antidisturbios, una citación judicial o un embargo.
 
 
Aunque el sistema político vigente suscite dudas legítimas e incluso una distancia irreductible, la abstención no parece ser una buena estrategia para sacarnos de la telaraña. Como moscas atrapadas, no es posible cortar lo que nos asfixia si no logramos subvertir las decisiones políticas que siguen enredándonos. Si un parlamento con mayoría absoluta de la derecha amenaza con profundizar en las políticas precedentes, un parlamento fragmentado permite limitar el alcance de semejantes políticas e incluso revertirlas en cierta medida. Dicho de otra forma: podría producir un movimiento forzado hacia la negociación política que, objetivamente, limita el poder de decisión de estas fuerzas neoconservadoras.

 
En suma, la exclusión del sistema político de partidos y de las instituciones estatales como campos estratégicos de lucha constituye una renuncia política que favorece la reproducción sistémica. Contra la idea de que votar es “hacerle el juego” al sistema, cabe afirmar que el “juego del sistema” es que cada vez la ciudadanía se implique menos en las prácticas políticas, incluyendo el acto de votar. ¿No es el abstencionismo, en estas condiciones, funcional a ese juego sistémico que consiste en blindarse contra aquellos jugadores que quieren cambiar las reglas de juego (incluyendo la de una ley electoral claramente injusta)? El abstencionismo da vía libre a las políticas gubernamentales en curso. Sostener que es indiferente quien gobierne es, sin más, un acto de ceguera. Facilita que sigan jugando con nosotros.
 
 
Si las luchas institucionales constituyen un momento específico de luchas político-sociales más vastas, no participar en ellas facilita –a menudo, de forma involuntaria- que una derecha retrógrada siga extendiendo su telaraña. Queda por averiguar si seremos capaces de desenredarnos de ella.

 

Arturo Borra

lunes, 13 de abril de 2015