viernes, 22 de mayo de 2015

Contra el abstencionismo: la disputa electoral en España

 
Si bien el sentido de la abstención cambia según los contextos históricos, en la situación española actual el llamado a no votar constituye una estrategia política cuando menos dudosa. Es cierto que hay momentos en que la importancia del acto electoral puede minimizarse: 1) en una coyuntura en la que una fuerza política tiene asegurada la mayoría absoluta en las instituciones estatales; 2) en un sistema político en el que algunos partidos están proscriptos; 3) en un sistema político dominado por el bipartidismo que plantea continuidades políticas con independencia a quien gobierne, 4) en un contexto donde la derecha no tiene posibilidades de gobernar con mayoría absoluta o incluso 5) en un contexto en el que ninguna de las fuerzas políticas encarna una alternativa de cambio real. Podrían reconstruirse otras situaciones en las que el sentido del voto ya está predefinido y que, razonablemente, no tiene fuerza disruptiva.
 
 
Sin embargo, ninguna de esas coyunturas políticas se plantea en el presente. Por el contrario, en la medida en que el electorado de izquierdas se movilice, la posibilidad de fragmentación parlamentaria es más real que nunca. A diferencia de otros períodos electorales, se plantea un ensanchamiento inédito de opciones políticas de izquierdas, que erosiona una composición parlamentaria atravesada por el bipartidismo. Que dicha composición haya permitido el despliegue de políticas de estado regresivas (como ha ocurrido con el cambio constitucional express para la reducción del déficit o la reforma del código penal) es un indicio del trasfondo común que comparten PP y PSOE en asuntos fundamentales, incluso si eso no niega algunas diferencias políticas reales.
 
 
Ante esta situación, el llamado a la abstención se desentiende de las correlaciones de fuerza entre diferentes partidos políticos en las instituciones estatales y con ello, permite una infra-representación de fuerzas parlamentarias como IU o Podemos (aun cuando tales fuerzas no necesariamente se ajusten de forma satisfactoria a nuestras expectativas). Para invertir el ángulo: permite la consolidación de una probable alianza entre partidos como Ciudadanos y Partido Popular.

 
No es sólo que estemos frente a un gobierno nefasto que nos atrapa como moscas en una telaraña política que enlaza corrupción y saqueo, salvataje privado y hundimiento colectivo. No es sólo que la mayoría automática del partido de gobierno haya dado vía libre a un recetario neoconservador que ha arrasado conquistas históricas tan valiosas como irrenunciables, facilitada por un blindaje jurídico crecientemente dictatorial. Lo específico de la coyuntura política actual es que hay una oportunidad histórica de desestructurar un sistema político basado en la lógica de los grandes partidos y reconfigurar las relaciones de poder de una estructura parlamentaria anquilosada.
 
 
El recuento de los estragos perpetrados por el partido popular de forma deliberada y coherente en los últimos años es extenso: la política de recortes en sanidad, educación, servicios públicos y prestaciones sociales; la política de rescate a la banca privada sin contraprestaciones ligadas a la recuperación del crédito para familias y PYMES; la política de sobre-endeudamiento del estado, a pesar de la tendencia a privatizar empresas públicas (con el pretexto de reducir gastos y obtener liquidez); la política tributaria de amnistía a los evasores y de manifiesta regresividad de su estructura (gravando más las rentas de trabajo que las rentas de capital); la política de precarización del empleo y consolidación de mercados laborales asediados por la temporalidad, la pauperización de las condiciones de trabajo, la caída salarial, la pérdida de derechos laborales, la institucionalización de la “flexo-explotación” y el mantenimiento de una elevada tasa de desempleo; la política de tolerancia ante la economía sumergida, el fraude y los paraísos fiscales; la política armamentística expansiva, que sigue comerciando armas con gobiernos que incumplen los derechos humanos más básicos; la política energética orientada a la protección de los intereses de las grandes corporaciones privadas del sector, en perjuicio del uso de energías renovables y de una reducción tarifaria generalizada; la política jurídica orientada a la conversión de la protesta social en delito y a la consolidación de un sistema judicial clasista y plagado de prerrogativas; la política de represión de la protesta social y la persecución policial de las ensanchadas categorías de “sospechosos” (comenzando por inmigrantes en situación irregular y personas “sin techo”); la política de desahucios que además de vulnerar el derecho a la vivienda sigue perpetuando una relación abusiva entre la banca y la ciudadanía hipotecada; la política cultural orientada a reestablecer una cultura autoritaria, tradicionalista, homofóbica y sexista; la política de medios marcada por la censura y el control ideológico, degradando un servicio público a mero instrumento propagandístico; la política de control de fronteras marcada por la denegación de derechos humanos fundamentales a los damnificados y por las expulsiones en caliente reconvertidas legalmente en “rechazo en frontera”; la política migratoria que no sólo ha restringido el acceso y permanencia legal de personas extranjeras sino que ha forzado la emigración de cientos de miles de personas (especialmente jóvenes profesionales) por falta de oportunidades laborales; la política de asilo que, además de perpetuar las graves restricciones a la concesión real de asilo, vulnera el acceso efectivo al derecho a solicitarlo; la política de desfinanciación de la investigación pública y el asedio al sistema público de enseñanza en vistas a su reconversión en un sistema de reparto jerárquico de cualificaciones profesionales (según pertenencias de clase), por mencionar algunas.
 
 
La enumeración de estas políticas (claramente identificadas con un horizonte político neoconservador) podría ampliarse bajo la forma de análisis sectoriales. Dista de ser exhaustiva, pero permite dimensionar el alcance de unas decisiones gubernamentales que nos afectan de forma cotidiana. Como «instantáneas del cinismo» oficial no cesan de proliferar: la mentada “recuperación económica”, tras índices macroeconómicos positivos, apenas disimula el pésimo cuadro de una España asediada por la pobreza, la desigualdad, la corrupción, el desempleo, la precariedad laboral y, en general, la restricción tendencial de oportunidades económicas, culturales y políticas.
 
 
Para resumir: la vida social ha sido reconfigurada de forma notoria a partir del omnicomprehensivo discurso de la crisis. Mantenerse al margen es ilusorio: en tanto transformación de nuestras condiciones de existencia, semejantes decisiones nos afectan de forma directa e indirecta, ante todo, como restricciones materiales en el acceso a derechos sociales, económicos, políticos y culturales que sostienen la posibilidad del bienestar colectivo. Dicho de otro modo: no sólo es imposible estar fuera de la telaraña política, sino que esa telaraña nos enreda de forma creciente, mediante la asfixia cada vez más severa de nuestras vidas.
 
 
Que estemos intentando crear un “afuera” (una exterioridad política) y persistamos en la construcción de proyectos sociales autónomos, no niega esta premisa: nadie está fuera en una sociedad del control. La desconfianza al estado actual (e incluso a cualquier forma de estado, a la «estatalidad» como estructura de gubernamentabilidad e institución política central en la modernidad) no es impedimento para que ese estado irrumpa, bajo la forma de políticas gubernamentales concretas, en la vida social en su conjunto. Vincularse de formas diferenciadas con esas políticas, incluyendo la resistencia activa a sus efectos más perniciosos o el intento de limitar su campo de intervención, no niega en lo más mínimo su presencia material en nuestra cotidianeidad. Siempre ya somos objetos de las decisiones y prácticas gubernamentales: pedir que el estado “nos deje en paz” es, precisamente, la imposibilidad de la política actual. Descreamos o no, seamos libertarios, comunistas, feministas, altermundistas, insurreccionalistas, pacifistas o lo que fuere, los efectos de esas políticas son visibles y algunos inclusive irrumpen de forma brutal, bajo la forma nada metafórica de un policía antidisturbios, una citación judicial o un embargo.
 
 
Aunque el sistema político vigente suscite dudas legítimas e incluso una distancia irreductible, la abstención no parece ser una buena estrategia para sacarnos de la telaraña. Como moscas atrapadas, no es posible cortar lo que nos asfixia si no logramos subvertir las decisiones políticas que siguen enredándonos. Si un parlamento con mayoría absoluta de la derecha amenaza con profundizar en las políticas precedentes, un parlamento fragmentado permite limitar el alcance de semejantes políticas e incluso revertirlas en cierta medida. Dicho de otra forma: podría producir un movimiento forzado hacia la negociación política que, objetivamente, limita el poder de decisión de estas fuerzas neoconservadoras.

 
En suma, la exclusión del sistema político de partidos y de las instituciones estatales como campos estratégicos de lucha constituye una renuncia política que favorece la reproducción sistémica. Contra la idea de que votar es “hacerle el juego” al sistema, cabe afirmar que el “juego del sistema” es que cada vez la ciudadanía se implique menos en las prácticas políticas, incluyendo el acto de votar. ¿No es el abstencionismo, en estas condiciones, funcional a ese juego sistémico que consiste en blindarse contra aquellos jugadores que quieren cambiar las reglas de juego (incluyendo la de una ley electoral claramente injusta)? El abstencionismo da vía libre a las políticas gubernamentales en curso. Sostener que es indiferente quien gobierne es, sin más, un acto de ceguera. Facilita que sigan jugando con nosotros.
 
 
Si las luchas institucionales constituyen un momento específico de luchas político-sociales más vastas, no participar en ellas facilita –a menudo, de forma involuntaria- que una derecha retrógrada siga extendiendo su telaraña. Queda por averiguar si seremos capaces de desenredarnos de ella.

 

Arturo Borra

lunes, 13 de abril de 2015

lunes, 23 de marzo de 2015

Entrevista con Jacques Lacan -Pierre Daix





Pierre Daix.-La colección que usted dirige en Editions du Seuil se denomina El campo freudiano. La referencia a Freud es constante en la selección de sus escritos recién publicada. La primera pregunta que desearía formularle es la siguiente: ¿Cómo se sitúa en relación a Freud?
 
Jacques Lacan. - Quiero aclarar desde ya que todo lo que he escrito está determinado por la obra de Freud. Este es el primer título al que aspiro: ser el que leyó a Freud, Por supuesto leí también otras cosas, pero no en la misma forma. Por ejemplo a Hegel. ¡En qué forma se me habrá leído para llegar a la conclusión de que me sometía a su sistema cuando éste sólo era para mí un mecanismo para hacer frente a los delirios de la identificación!
 
Pero volvamos a Freud. Cuanto más lo leo, más impresionado me siento por su consistencia, o más simplemente, por su coherencia lógica. Hay en su obra una lógica que yo expreso, por medio de letras y símbolos, con un rigor comparable a las expresiones de la nueva lógica matemática de Bourbaki. ¿Qué ocurre cuando se origina un hecho científico, un hecho que no concuerda con las fórmulas anteriores? Un hecho científico nace sólo si pone a prueba una categoría existente. Si no hay sistema preexistente, no hay desmentido. Un hecho nuevo implica una nueva estructura. El inconsciente es un hecho nuevo e implica un desmentido a la antigua estructura sujeto-objeto.
 
Ahora bien, el verdadero alcance del aporte freudiano iba mucho más allá de lo que podía leer el público al que estaba dirigido. Este público estaba compuesto por terapeutas preocupados por comprender los oscuros movimientos cuya existencia comprobaban en sus pacientes. Esta actitud era muy loable, pero la formación médica no era, y no siempre es, con sus intereses y su traición llamémosla humanista, la más apropiada para introducirse en la dimensión del psicoanálisis. El hecho de que sean los lingüistas y los lógicos quienes están en mejores condiciones de hacerlo indica el sentido en que debe ser completada la formación médica.
 
¿Por qué en la actualidad la difusión de Freud es tal que aun aquellos psicoanalistas que se oponen a su teoría no pueden dejar de recurrir a su terminología, aunque verbalmente, en el mal sentido de la palabra? El problema consiste precisamente en que la mayoría de los psicoanalistas no saben por qué son esclavos de su texto, aunque en realidad lo que hacen es dar cualquier significado a las palabras de Freud o más bien el significado que se les daba antes de Freud, el significado que Freud devaluó. Siempre se cuela una falsa moneda.
 
No es casual que los psicoanalistas actuales tengan aversión por el inconsciente, ya que no saben donde ubicarlo. Esto es comprensible, el inconsciente no pertenece al "espacio euclidiano" hay que construirle un espacio propio, que es lo que estoy haciendo ahora. Los psicoanalistas que no conocen mis enseñanzas no lo saben, y entonces prefieren recurrir a nociones tales como el yo, el super yo, etc., que se encuentran en Freud pero que también son homónimos de nociones que se utilizan desde hace mucho tiempo, de manera que el usarlas permite devolverlas implícitamente a sus antiguas acepciones.
 
No olvide usted que la primera generación de psicoanalistas se encontraba en la situación de tener que hacerse reconocer y trabajar simultáneamente. Estos, médicos tienen su mérito. Tuvieron una especie de percepción de la novedad del freudismo y fueron cautivados por el uso, de un instrumento eminentemente operatorio que contrariaba toda la formación que habían recibido, tanto en el liceo como en la facultad de medicina. Hicieron un esfuerzo de exégesis y propaganda, torpe como ocurre generalmente, para poner en circulación las categorías de Freud, a partir de lo que hablan percibido del asombroso campo que esas categorías les abrían. Pero, al dedicarse a ponerlas, tendieron a sustituir el aparato científico montado por Freud por el aparato filosófico anterior, y sobre todo a revisar el de Freud para volver a la antigua relación sujeto-objeto, y se ha continuado por esa vía. Esta "adaptación" condujo a diversos desarrollos aberrantes.
 
Lo que le estoy haciendo ahora es epistemología. Usted ve que no están errados los estudiantes de la rue d'Ulm, donde dicto mi curso de Hautes Etudes, cuando asignan a mi teoría del psicoanálisis sus prolongaciones epistemológicas.
 
P. D. -¿Cuáles son esos "desarrollos aberrantes" de los que habló hace un momento?
 
 
J. L. -El arquetipo de Jung, la potencia anímica primaria, he aquí lo que fue excluido en su época por el propio Freud, lo que es meritorio dada la calidad del adepto.
 
Cuando Freud alude al "corazón del ser" lo hace para designar un límite de la exploración del inconsciente.
 
Lo que en la actualidad oscurece el pensamiento analítico es la misma confusión bajo una forma más atenuada, porque está recubierta de un barniz científico.
 
 
La idea del desarrollo surgida de la práctica de los pedagogos, y que se jacta de las apariencias de la observación llamada behaviorista, procura un arreglo fácil de lo que se tratará de encerrar en su abertura verdadera: la estructura de las transformaciones del deseo, la única susceptible de dar cuenta de sus regresiones.
 
He aquí una cruda exposición del problema.
 
Esto supone una crítica de la noción de instinto ya innecesaria en la actualidad, pero que se impone por el hecho de que una vulgarización grosera y una traducción verdaderamente deshonesta hacen creer que Freud recurre al instinto, cuando en realidad éste no significa absolutamente nada.
 
Freud aporta bajo el nombre de Trieb, algo absolutamente diferente. Desgraciadamente, el término de impulso es totalmente impropio para expresar las resonancias ligadas al empleo en alemán de Trieb.
 
El Trieb, yo diría, cum grano salis, el desplazamiento, es un verdadero montaje donde lo que es de fuente "orgánica" sólo aparece incorporado en una estructura. Es el punto eminente de valorizar la palabra.
 
Es aquí más que nunca donde la llamada estructura exige la topología precisa en la cual se distinguen y se articulan la demanda y el deseo más allá de la necesidad.
 
*
 
P. D. -¿De modo que cuando usted dice leer a Freud no habla solamente de una lectura del original y de todo el original sino de una lectura que capte el sentido del original, el sentido de las palabras de Freud?
 
J. L. -Sepa usted que Francia es el único de los grandes paises civilizados que no posee una traducción completa y seria de la obra de Freud. La responsable de ello es, en primer lugar, la princesa Marie Bonaparte que había instituido una especie de privilegio para las traducciones de Freud al francés.
 
¿Esta situación cambiará? Tuvo consecuencias graves.
 
Obstruyó los efectos que el descubrimiento de Freud debía obtener por medio de la literatura, que sin embargo se mostró en varios niveles tan abierta a su resonancia: los surrealistas por supuesto, pero el propio Mauriae tampoco queda al margen.
 
Cuando se lee, escrito por la pluma de un hombre como Gide, que era suficientemente entendido en estos problemas, que Freud es un imbécil de genio, hay que pensar que Gide, sólo conoció de Freud a intérpretes que eran, ellos sí, imbéciles, pero sin genio. Ahora, la literatura sabe a qué atenerse. Y este es quizás todo el sentido -en todo caso el sentido más seguro -en que se basa el uso de la palabra estructuralismo.
 
P. D. -Quería justamente preguntarle lo que usted piensa del estructuralismo ya que tanto se escribe que usted es estructuralista, y que habría una especie de conjuración estructural dirigida por Lévi-Strauss, Foucault...
 
 
J. L. -Althusser, Barthes y yo. Si, ya lo sé.
 
Dejemos de lado en primer lugar el término de conjuración ya que primero habria que determinar con quién está dirigida. No puedo silenciar aquí mi malestar por un cierto número de la revista L'Arc que hallo de muy mal tono. Sólo he estudiado de manera muy incidental, es decir, accidental, el pensamiento de Sartre, y únicamente al nivel de su ética.
 
Si él permitió a la sociedad francesa de postguerra recomponerse, no es este el momento de seguir la discusión, y en lo que respecta a su pensamiento, es del tipo de pensamiento al que yo no debo nada, a no ser el placer, y muy vivo, que puedo experimentar con alguno de sus análisis.
 
Estas afirmaciones me dejan al margen de esa amalgama -digamos algo fraudulenta- que se quiere hacer de un antisartrismo, de la que lo único que se puede decir es que alguno de sus pretendidos sostenedores no eran, en el momento del ascenso de Sartre, precisamente unos niños.
 
Dejemos pues esta ficción librada a su suerte y limitémonos a lo que liga entre sí a estos conjurados, aun más ridiculamente denunciados como cábala de los devotos.
 
Acabo de decir a qué estructuras calificadas y verificables se refiere mi estructuralismo. Estas tienen conexión con las que motivan el estructuralismo de Claude Lévi-Strauss. Pero justamente porque hay allí referencias, perfectamente reconocibles en su distinción, es evidente que Claude Lévi-Strauss y yo sólo estamos unidos por una posición puramente analógica, cada uno en nuestro campo.
 
No estamos conjurados porque no podemos mutuamente aportarnos ninguna ayuda, fuera de la de la amistad.
 
 
Que de esas referencias a los campos cuya estructura nosotros revelamos, Michel Foucault extraiga su filosofía, esa es otra operación que él prosigue en total independencia y que no compromete a las precedentes, aun cuando cada uno de ellos, yo mismo por ejemplo, pueda en su seminario encontrar ocasión de debatir con él.
 
El hecho de que Althusser y Roland Barthes encuentren allí sustancia e instrumentos para aclarar sus propios caminos, es simplemente un signo de su apertura y de su acuidad. Puesta a prueba para mi lateral, que sólo extrae sanción de su problemática.
 
El estructuralismo no es un color, precisamente por razones estructurales, ni ninguna de esas formas de manchas que progresan por difusión.
 
Por eso me opongo finalmente al empleo de ese término que sigue el camino de ser deformado debido al uso que de él hace un humanismo húmedo.
 
*
 
P. D. -Refiriéndose a usted, Sartre dice en la revista ya mencionada: "La desaparición, o como dice Lacan el 'descentramiento' del sujeto está ligado al descrédito de la historia. Si no hay praxis, tampoco puede haber sujeto.
 
¿Qué nos dice Lacan y sus seguidores? El hombre no piensa, es pensado, así como es hablado por ciertos lingüístas. En ese proceso, el sujeto ya no ocupa una posición central, es un elemento entre otros, siendo lo esencial la capa o si se prefiere la estructura en la cual está incorporado y que lo constituye".
 
J. L. - Esas opiniones revelan una lectura apresurada de mis Escritos, más aún, yo diría con una atención que se conforma con los ecos más vagos. No me quejaré por eso.
 
 
La experiencia que tuve del grupo más próximo a Sartre, o sea que allí se escribe un libro primero con el firme propósito de informarse después, es una de las razones que han hecho que hasta ahora yo haya preferido dejar mis escritos, dispersos. Esto me aseguraba al menos que para referirse a ellos había que decidirse a leerlos.
 
Es también ese el motivo de haberlos reunido ahora, es decir, en el momento en que se producen, muy a pesar mío, todas estas habladurías.
 
La rectificación que introduzco en las páginas 796-797 de mis Ecrits, a la que yo denomino la metáfora copernicana, muestra el alcance de la ventaja que yo vería en algún descentramiento, es decir, ninguna.
 
Yo sólo hablé de desaparición del sujeto alrededor de su eclipse en el deseo, lo que tiene un alcance filosófico tan limitado que ya es clásico. Tampoco habría formulado semejante banalidad, si no fuera para oponerme el término de aphanisis (que quiere decir desaparición) cuando uno de mis colegas, por otra parte de los más notables de la comunidad análitica, Jones para nombrarlo, lo aplica al deseo, constituyendo así el mayor temor del sujeto.
 
El descrédito al que yo sometería a la historia supera un poco más los límites ya franqueados, para evocar aquí a Monsieur Fenouillard, cuando basta con abrir el más conocido de mis discursos (al menos asi lo creo), es decir, el discurso de Roma, para leer allí que el acontecimiento en su primer impulso ya es vivido por el ser hablante como inscripto en la historia, en una historialidad primaria, como se expresaría toda persona que tenga un poco de escrúpulo crítico, como futuro anterior, si usted quiere, y para hacerme comprender por los otros.
 
Yo no pienso que el hombre sea pensado puesto que evito hablar del hombre. Trato de construir lo que resulta de aquello que, en el ser que discurre, ello habla en otro lugar que allí donde, captándose como hablante, concluye firmemente que es porque piensa. Entonces, ¿ qué sucede con lo que él es, alli donde de aquello que piensa comprueba que no sabe nada? Lo imperfecto es aquí esencial para significar su definitivo ocultamiento.
 
Lamento la confusión que se hace entre la estructura y la capa. La capa no es de mi incumbencia, y suponer que Husserl no cuenta para mí es un cortocircuito demasiado fácil para evitar descubrir lo que le debo.
 
Este desconocimiento -furioso, no seré aquí contemporizador- está muy lejos de ser mutuo. Yo he tenido mucho interés, un interés enraizado en una verdadera seducción, por cierta reconstrucción que Sartre hace en El ser y la nada de lo vivido del sado-masoquismo. Es muy instructivo pues es el desarrollo de aquello que imagina aquel que no tiene la estructura perversa para apoyarse sobre la fantasía perversa, sin delectarse en ella para justificar su propio deseo, en el momento preciso en que ese deseo es engañoso. Por lo cual se logra algo clínico, pero seguramente no la estructura perversa en sí misma. Es necesaria la experiencia clínica, cuya falta aquí demuestra lo que no es accesible a la reconstitución: a la reconstitución subjetiva precisamente, haciendo tangible la distorsión que es inherente a la intuición y que sólo puede reducirse haciendo referencia a la estructura.
 
Para terminar esto, sostengo que si hay una posición idealista en todo este asunto, es aquella que plantea desde el comienzo el sujeto. Sinlugar a dudas la estructura del sujeto contradice las intuiciones. Pero la historia de las ciencias tendría que estar ya lo suficientemente desarrollada como para saber que la suerte de la ciencia siempre fue la de perder ciertas intuiciones a fin de constituirse como ciencia. Descartes constituyó, la física del movimiento desembarazándose de los ímpetus.
 
Actualmente es necesario desembarazarnos de la ilusión de la autonomía del sujeto si queremos constituir una ciencia del sujeto.
 
 
Texto extraído de "Claves del estructuralismo", entrevistas de Pierre Daix, págs. 123-133, Ediciones Caldén, Buenos Aires, Argentina, 1976.
Edición original: du Seuil, París, 1968

domingo, 1 de marzo de 2015

“Maldita policía”: la regularidad del abuso


 


 
Los abusos policiales denunciados por el documental Ciutat morta (dirigida por Xapo Ortega y Xavier Artigas) y el ensañamiento con las víctimas recuerda la pesadilla totalitaria de 1984 de George Orwell: la guerra es la paz, la esclavitud es la libertad, la ignorancia es la fuerza. Semejante inversión de los términos es parte de esta «neo-lengua» que instituye la mentira sistemática como la verdad (de estado). Las informaciones empíricas acumuladas son suficientes para poder sostener que las fuerzas policiales españolas incurren de forma metódica en el abuso de autoridad. El uso desproporcionado de la fuerza, los falsos testimonios y la falsa imputación de delitos, el maltrato y las humillaciones a las personas detenidas, las multas indiscriminadas y la privación ilegítima de la libertad, las identificaciones arbitrarias de ciudadanos y los seguimientos extrajudiciales, la persecución policial y las torturas crónicas, entre otras, son variantes de esta práctica institucionalizada.

 
Nada que se parezca a “excesos individuales” o “casos aislados”. Incluso la tortura se ha convertido en una cuestión de “método” a pesar de su carácter inconstitucional y del derecho (reconocido internacionalmente) de todo ser humano a no ser sometido a tortura o trato o pena cruel, inhumano o degradante. La escasez de investigaciones judiciales y la desestimación frecuente de las demandas interpuestas por las presuntas víctimas es un signo rotundo de que el sistema judicial no promueve de forma efectiva la transparencia y el respeto de los derechos humanos por parte de los cuerpos de seguridad del estado. Los 6.621 casos de tortura o malos tratos policiales denunciados en España en la última década (1) no dan cuenta cabal de esta regularidad del abuso. Hay buenas razones para suponer que el estado no sólo no investiga de forma suficiente estas prácticas funestas sino que las regula y, eventualmente, las incita. No por azar el Tribunal Europeo de Derechos Humanos ha reprendido a España a causa de que el (sic) “sistema siga permitiendo este tipo de situaciones” (2).
 

Independientemente al carácter ilegal de la tortura, su utilización por parte de la policía ni siquiera podría explicarse como intento de mejorar la “eficacia” de los interrogatorios. La práctica de la tortura produce, por definición, dudosos resultados: da por sentada la culpabilidad y toda alegación de inocencia es, apriori, descartable. Dicho de otro modo, lo que la tortura produce en primer término es un «sujeto culpable», aunque se trate de una «culpabilidad metafísica» (tal como la llamaba Rodolfo Walsh) que presupone lo que hay que comprobar. Su objetivo último, por tanto, no es obtener un testimonio fidedigno o una confesión veraz sino hacer una pura demostración de fuerza, suficientemente intimidatoria para doblegar cualquier resistencia del sujeto e inculparlo por un delito que no necesariamente cometió.

 
Las denuncias de torturas en el País Vasco –que contabilizarían un total de 3.587 de casos registrados entre 1960 y 2013, según un estudio encargado por el gobierno vasco- son de por sí elocuentes (3), a lo que hay que sumar la represión que han sufrido miles de ciudadanos sospechosos en nombre de la lucha contra el terrorismo, como si cualquier método fuera válido para combatir a los que usan el terror como método. La persecución policial y la tortura a presuntos colaboradores o terroristas de ETA apenas empaña el discurso cínico que sostienen las autoridades gubernamentales actuales. No necesitamos reconstruir de forma exhaustiva ese discurso para saber que el terrorismo de estado es parte de la Era de Terror en la que vivimos. Volverán a invocar la excepción: “el País Vasco no es España”. Bien podría preguntarse si acaso con ello no están reconociendo de facto su derecho a la autodeterminación, en tanto sitúan a este territorio fuera del territorio español.
 

Admitamos, sin embargo, que ese ejemplo es controvertido. ¿También lo es el caso de los Centros de Internamiento de Extranjeros (esos “pequeños Guantánamos”), denunciados de forma sistemática por la vulneración de derechos humanos básicos y por el maltrato colectivo que padecen los “internos” en condiciones complemente inaceptables (4)? Claro que, en el discurso de la excepción, también en este caso se alegará que esas políticas de encierro no afectan a las “mayorías sociales”. Todo este archipiélago de excepcionalidades apenas estremecerá semejante argamasa ideológica.

 


Hagamos entonces otro giro argumentativo. Ejemplifiquemos con lo más próximo: el comportamiento policial en los desahucios que ejecuta a diario. Nada mejor para ilustrar la regularidad del abuso policial que la reciente denuncia judicial de “vejación injusta” por parte de un policía a la reportera que lo retrató riéndose en pleno desahucio (5). Lo escandaloso para el régimen oficial es, ni más ni menos, que se capture el rostro sonriente de quien ejecuta una orden inmoral: no el goce perverso del rostro sino la imagen retratada. “Vejación injusta” llaman a esa imagen los guardianes del orden.

 
Reír mientras se tira, literalmente, a la calle a una familia no es ilegal en un orden injusto. Lo delictivo no es el gesto que retrata la crueldad de quien ejecuta con esmero una orden canalla, sino el hecho de capturar en una imagen la verdad de la injusticia. En efecto, la policía se ríe de los desahuciados; goza como verdugo lo que padece como damnificado en otra parte, fuera de escena. Se identifica con el amo que no dudará en maltratarlo cuando le llegue el turno (y el turno siempre llega en la economía política del sacrificio). No es nuevo: los cuerpos policiales agencian en aquellos dispositivos que terminarán ejecutándolos también a ellos. Su posición objetiva no informa de sus filiaciones ideológicas. Claro que podrían invocarse, también aquí, honrosas excepciones dentro de esta regularidad; sin embargo, es la propia institución policial quien se encargará de marginar, bajo su régimen disciplinario, semejantes “anomalías”. 

 
Vano insistir en que la autoridad a la que responden se llena la boca de vacío pseudodemocrático, proclama cada día la metafísica del estado de derecho, se muestra políticamente correcta y correctamente eufemística, se infla de la marca España, se erige en amo indiscutible, enarbola el himno de las vallas y se molesta ante los indigentes rebuscando en un contenedor su hambre diaria. Ellos seguirán ejecutando órdenes que ni siquiera se cuestionan. La estética monumental que los seduce les resulta incompatible con el dolor de mano de obra desocupada. Se ríen del sufrimiento de esos cientos que son desahuciados cada día y obedecen como esbirros ejerciendo por un momento de verdugos, sintiéndose poderosos con los débiles.

 
Luego, el estado policial en el que sobrevivimos juzga al que retrata la indignidad, no al canalla que se ríe. En ese mundo inverso estamos: cuando se procesa el testimonio y se ensalza la fiesta perversa de los amos. Una fiesta obscena, en la que cada vez hay menos comensales de honor y muchos hambrientos mirando el festín detrás del vidrio, comiendo con los ojos y deseando lo que carecen. De hecho, el actual gobierno nacional ha dado fuerza de ley, con la reforma del Código Penal y la “Ley Mordaza”, a la posibilidad (nada especulativa) de una práctica abusiva. Lo excepcional se ha convertido en norma jurídica y lo ilegítimo en asunto legal. La escalada autoritaria es evidente, a pesar de las escasas movilizaciones sociales en un sentido contrario; quizás menos evidente sea el asalto a la «democracia» (ya de por sí restringida, cuando no meramente formal) que semejante legislación supone, bajo el lema fascista “todo el poder a la policía” (6).

 
Habrá que insistir todavía que esa risa no constituye un gesto a contracorriente. La cuestión es estructural. Seguirán avanzando. Comprarán pistolas para disparar cargas eléctricas, más material antidisturbios y lo que haga falta para sostener la máquina represiva. No hay nada accidental. El ajuste perpetuo requiere desajustar a los damnificados a la fuerza. Es previsible: puede que los todavía no-muertos protesten mientras son cocinados a fuego rápido. La estrategia del shock funciona por cierto tiempo, pero –se sabe- también la terapia de choque, a fuerza de repetición, puede perder buena parte de su eficacia. La verdad del enriquecimiento ilícito de las clases dominantes y el empobrecimiento de las clases subalternas también amenaza con hacer estallar la hegemonía neoconservadora. Y, habrá que repetirlo, en tiempos de crisis, la política represiva es la contraparte necesaria para que el programa del neoconservadurismo pueda seguir su curso.

 
La risa canalla es el retrato de la impunidad policial pero, de forma más perversa, es el síntoma de una Autoridad indiferente al dolor que inflige o, para ser más preciso, que goza haciendo sufrir. ¿No es esa la lección de Sade: un Sujeto que erigido en Ley soberana obtiene un plus de goce que extrae de aquel que somete? La deriva antidemocrática incita esa risa. La estimula, en el peor sentido conductista. Vivimos en efecto en ese intento de control conductual que se ejerce desde los poderes de estado.

 
Ahora bien, ¿quién es esa Autoridad indiferente, este “dios salvaje”? Podría buscarse la respuesta en el actual estado policial y, sin embargo, semejante respuesta sería ciega a su condición servil, esto es, a su servidumbre a los organismos financieros internacionales y a las grandes corporaciones trasnacionales. En el presente, esa Autoridad sin rostro no es otra que el Mercado, en su condición anónima, capaz de difuminar la carga de responsabilidad, de hacerla difusa, en cientos de miles de accionistas y millones de profesionales a su servicio, incluso si es posible identificar a los grandes propietarios, las grandes corporaciones, la gran banca privada y a sus mandatarios más destacados.
 

Puede que la verdad siniestra de esa Autoridad sin rostro no sea otra que la necesidad de auto-ocultarse para poder ser. La auto-ocultación supone un blindaje jurídico-policial: que los esbirros puedan “hacer el trabajo sucio” sin ser identificados en su goce, nutriendo imaginariamente su posición como encarnación de una ley sádica, aun cuando sólo sean partícipes de las migajas sobrantes del festín obsceno del capitalismo.

 
Paradójicamente, la culpabilidad metafísica de las víctimas se convierte en exoneración material de los sujetos co-responsables de un saqueo sin precedentes, que incluye el arrase de millones de vidas. Es indudable que los que articulan ese Sujeto quieren borrar las huellas del crimen. La Autoridad mística del mercado capitalista, como institución política moderna es, precisamente, la instancia no retratable que debemos deconstruir teórica y prácticamente, no sólo para poder identificar el rostro de los verdugos, sino también para reconstruir una existencia social donde el gesto de una risa no esté asociada a la regularidad del abuso.
 
 
Arturo Borra
 

(1)     Cf. “España ha vivido desde 2004 más de 6.600 casos de tortura o malos tratos policiales”, en http://www.publico.es/politica/espana-vivido-2004-mas-600.html

 

 
(3)     Cf. “Un estudio sobre la tortura en Euskadi da una cifra provisional de 3.587 casos”, en http://ccaa.elpais.com/ccaa/2015/02/06/paisvasco/1423230093_999410.html

 
(4)      Remito a “Acerca de los Centros de Internamiento de Extranjeros. La política del encierro”, versión electrónica en http://www.rebelion.org/noticia.php?id=131848

(5)  Cf. “Denuncian por "vejación injusta" a una reportera por fotografiar a un policía”, en https://www.diagonalperiodico.net/libertades/25826-denuncia-por-vejacion-injusta-desahucio-la-reportera-fotografio-policia.HTML

(6) He desarrollado esta cuestión en “La institucionalización del estado policial: «Ley de seguridad ciudadana» y represión social”, versión electrónica en http://www.rebelion.org/noticia.php?id=177301