lunes, 30 de enero de 2017
lunes, 23 de enero de 2017
viernes, 13 de enero de 2017
Seminario 11: Clase 1, La excomunión, 15 de Enero de 1964, Jacques Lacan
Señoras, Señores.
En la serie de conferencias que
me ha encargado la Sexta Sección de la École des Hautes Études, voy a hablarles
de los fundamentos del psicoanálisis.
Hoy quisiera indicarles solamente
el sentido que pienso dar a este título, y
el modo como espero cumplir con él.
Sin embargo, tengo primero que
presentarme, pese a que la mayoría de ustedes me conoce -aunque no todos- pues,
dadas las circunstancias, me parece apropiado introducir un punto previo al
tratamiento del tema: ¿qué me autoriza a hacerlo?
Me autoriza a hablar aquí ante
ustedes sobre este tema el que sepan de oídas que durante diez años dicté lo
que llamaban un seminario, dirigido a psicoanalistas. Como algunos saben, renuncié a esta función
-a la que había de veras dedicado mi vida- debido a acontecimientos sucedidos
dentro de lo que se llama una sociedad psicoanalítica, y justamente la misma
que me había confiado dicha función.
Se podría sostener que ello no
pone en entredicho mi calificación para cumplir en otra parte esta función.
Considero, sin embargo, este asunto como provisionalmente en suspenso. Y si hoy
dispongo de los remedios para poder, digamos solamente, dar continuación a esta
enseñanza que fue la mía, se impone que, antes de abrir lo que se presenta
entonces como una nueva etapa, comience por dar las gracias al señor Fernand
Braudel, presidente de la Sección de la École des Hautes Études que me ha
delegado ante ustedes. El señor Braudel,
debido a un impedimento, me expresó su pesar de no poder estar presente en el
momento en que le rindo este homenaje a él, como también a lo que llamaré la
nobleza con la que quiso poner coto en esta ocasión a la situación de carencia
en que me hallaba respecto a una enseñanza de la que, en suma, sólo conocía el
estilo y la reputación, a fin de que no quedase yo pura y simplemente reducido
al silencio. Y de nobleza se trata, precisamente, cuando el asunto es dar
acogida a alguien en mi posición: la de un refugiado.
Se àpresuró en hacerlo acicateado
por la vigilancia de mi amigo Claude Lévi-Strauss, cuya presencia aquí me
regocija, y que sabe muy bien cuanto aprecio este testimonio de la atención que
presta a un trabajo, el mío, a lo que en él se elabora en correspondencia con
el suyo.
Quiero también dar las gracias a
todos los que en esta ocasión me mostraron su simpatía, extensibles a la
complacencia con la que el señor Robert Flacelière, director de la École Normal
Supérieure tuvo a bien poner a la disposición de la École des Hautes Études
esta sala, sin la cual no sé cómo hubiese podido recibirlos, habiendo venido
tantos, lo cual les agradezco de todo corazón.
Todo esto tiene que ver con la
base, en el sentido local y hasta militar de la palabra, la base de mi
enseñanza. Abordo ahora el asunto: los fundamentos del psicoanálisis.
En lo que toca a los fundamentos
del psicoanálisis, mi seminario, desde el comienzo, estaba implicado en
ellos. Era uno de sus elementos, puesto
que contribuía a fundarlo en concreto, puesto que formaba parte de la propia
praxis; puesto que le era inherente: puesto que estaba dirigido a lo que es un
elemento de esta praxis, a saber la formación de los psicoanalistas.
Hace algún tiempo me tocó, irónicamente, quizá
provisionalmente, pero también a falta de otra cosa en el apuro en que me
hallaba, definir un criterio de lo que es el psicoanálisis, o sea, el
tratamiento dispensado por un psicoanalista. Henri Ey, que está aquí hoy,
recuerda seguramente el artículo en cuestión, ya que fue publicado en ese tomo
de la enciclopedia que él dirige. Su
presencia hace que me sea mucho más fácil evocar el encarnizamiento a que
echaron mano para que se retirase de dicha enciclopedia dicho artículo, hasta
el punto de que él mismo, cuyas simpatías por mí son harto conocidas, se vio
reducido a la impotencia y no pudo detener esta operación concebida por un
comité directivo en el que había psicoanalistas, precisamente. Este artículo va
a ser recogido en la edición que trató de hacer de algunos de mis textos, y
podrán juzgar si acaso ha perdido actualidad.
No creo para nada que la haya perdido, sobre todo porque las preguntas
que allí examino son las mismas que ventilo ante ustedes, ejemplificadas por el
hecho de que estoy aquí, en la postura que es la mía, para presentar siempre la
misma pregunta: ¿qué es el psicoanálisis?
Hay en ello, sin duda, más de una
ambigüedad, y esta pregunta es siempre, según la palabra con que la designo en
ese artículo; una pregunta mochuelo. Lo
que me proponía entonces era examinarla a la luz del día, y sobre ello tengo
que volver, sea cual fuere el lugar desde donde tengo que proponérselos.
El lugar desde donde vuelvo a
abordar este problema ha cambiado; ya no es un lugar que está del todo dentro,
y no se sabe si está fuera.
Este comentario no es anecdótico,
y por ello pienso que no consideraran que se trata por mi parte de un recurso a
la anécdota o a la polémica, si les señalo un hecho: que mi enseñanza,
designada como tal, ha sido sometida, por un organismo que se llama el Comité
Ejecutivo de una organización internacional llamada la International
Psychológical Association, a una censura nada ordinaria, puesto que se trata
nada menos que de proscribir esta enseñanza, que ha de ser considerada como
nula en todo lo tocante a la habilitación de un psicoanalista, y de convertir
esta proscripción en condición para la afiliación internacional de la sociedad
psicoanalítica a la cual pertenezco.
Y esto aún no es suficiente. Está especificado que esta afiliación sólo
será aceptada si se dan las garantías de que mi enseñanza nunca podrá, por
intermedio de esta sociedad, entrar de nuevo en actividad para la formación de
analistas.
Se trata pues de algo en todo
comparable a lo que en otros sitios se llama excomunión mayor. Con la salvedad
de que ésta, en los sitios en que se emplea este término, no se pronuncia
jamás, sin posibilidad de remisión.
Existe en esta forma solamente en
una comunidad religiosa designada por el término indicativo, simbólico, de
sinagoga, y Spinoza la padeció. El 27 de Julio de 1656 primero - peculiar
bicentenario, ya que corresponde al de Freud- Spinoza fue objeto del kherem,
excomunión que corresponde justamente a la excomunión mayor, esperó luego algún
tiempo para que le aplicaran el chammata que consiste en añadir la condición de
la imposibilidad de regreso.
Una vez más, no crean que se
trata de un juego metafórico, que sería pueril mencionar al abordar el campo,
Dios mío, tan largo como serio, que tenemos que cubrir. Creo, ya lo verán
ustedes que no sólo las resonancias que evoca, sino también la estructura que
enseña este hecho, introducen algo que hace al principio de nuestra
interrogación en lo tocante a la praxis psicoanalítica.
No estoy diciendo -aunque la cosa
no es imposible- que la comunidad psicoanalítica es una Iglesia. Inexorablemente,
empero, surge la pregunta sobre lo que en ella puede tener resonancias de práctica
religiosa. Asimismo, ni siquiera hubiese
recalcado este hecho, de por sí relevante por el tufillo de escándalo que
despide, si, como es el caso de todo lo que les ofreceré hoy, no pudieran estar
seguros de encontrarle, más adelante, un empleo.
No quiere esto decir que sea yo
en tales coyunturas un sujeto indiferente. No crean tampoco que para mí, como
tampoco, supongo, para el intercesor cuya referencia y hasta precedencia no
vacilo en evocar, sea esto cosa de comedia, en el sentido de cosa de risa.
Quisiera, no obstante decirles de paso que no se me ha escapado algo de
inmensas dimensiones cómicas en este rodeo. La dimensión cómica no pertenece al
registro de lo sucedido en la formulación que llamé excomunión. Tiene que ver más bien con la posición en que
estuve durante dos años, la de saber que me estaban negociando y me negociaban
justamente quienes, respecto de mí, estaban en posición de colegas y hasta de
alumnos.
Porque se trataba de lo siguiente: saber en qué medida las concesiones que se hicieron
respecto al valor habilitante de mi enseñanza podían llegar a contrabalancear
lo que se buscaba obtener por el otro lado, la habilitación internacional de la
sociedad. No quiero dejar pasar la ocasión de señalar -nos taparemos de nuevo
con eso- que ello es, propiamente hablando, una cosa que puede vivirse, cuando
se está adentro, en la dimensión de lo cómico. Creo que sólo lo puede percibir
plenamente un psicoanalista. Ser objeto de negociación no es, sin duda, para un
sujeto humano, una situación insólita, pese a la verborrea sobre la dignidad
humana y los Derechos del Hombre. Cada
cual, en cualquier aprehensión, tanto y en todos los niveles, es negociable, ya
que cualquier aprehensión un tanto seria de la estructura social nos revela el
intercambio. El intercambio en cuestión es intercambio de individuos, es decir,
de soportes sociales que son, además, lo que se llama sujetos, con todo lo que
ello entraña de derechos sagrados a la autonomía, según dicen. Todos saben que la política consiste en negociar,
y en su caso al por mayor, por paquetes, a los mismos sujetos. Llamados
ciudadanos por cientos de miles. La situación no tenía pues, a este respecto,
nada de excepcional, si se descarta que el hecho de ser negociado por colegas,
y hasta alumnos, como los llamé antes, recibe a veces, visto desde afuera, otro
nombre.
Pero si la verdad del sujeto, aún
cuando se halla en la posición del amo, no está en él mismo sino, como lo
demuestra el análisis, en un objeto por naturaleza velado, hacer surgir este objeto
es, propiamente, el elemento de lo cómico puro.
Creo oportuno señalar esta
dimensión y justamente donde puedo dar testimonio de ella, ya que, después de
todo, quizá podría llegar a ser en semejante ocasión objeto de una indebida
reserva, de una especie de pudor, el que alguien diera fe de ella desde
afuera. Desde dentro, puedo decirles que
esta dimensión es cabalmente legítima, que puede vivírsela desde el punto de
vista analítico, y aún, a partir del momento en que se la percibe, de una
manera que permite sobreponerse a ella, a saber, desde el ángulo del humor que,
aquí, no es más que el reconocimiento de lo cómico.
Ese comienzo no está fuera del
campo de lo que aporto respecto a los funcionamientos del psicoanálisis pues
fundamento tiene más de un sentido, y no necesito evocar la Cábala para recordar que en ella designa uno de los
modos de la manifestación divina, identificada propiamente, en este registro,
con el pudendum, Sería de veras algo extraordinario que, en un discurso
analítico, nos paráramos justamente en el pudendum. Sin duda, los fundamentos
tomarían aquí la forma de interiores, si los mismos no estuviesen ya un tanto
al aire.
Algunos desde afuera, pueden
asombrarse de que en esta negociación hayan participado, y de manera muy insistente,
algunos de mis analizados, y hasta analizados que aún estaban en análisis.
Entonces surge la pregunta: ¿cómo es posible una cosa semejante, a no ser que
exista, en las relaciones con sus analizados, alguna discordia que pone en tela
de juicio el propio valor del análisis?. Pues bien, partiendo justamente de lo
que puede ser materia de escándalo podremos ceñir de manera más precisa el
llamado psicoanálisis didáctico -esa praxis, o etapa de la praxis, que todo lo
que se publica deja en la sombra-, y aportar algunas luces respecto a sus
metas, sus límites, sus efectos.
En esto ya no se trata de una
cuestión de pudendum. Se trata de saber qué puede, qué debe esperarse del
psicoanálisis, y qué ha de ratificarse como freno y aún como fracaso.
Por ello no quise andarme con
miramientos, sino plantear aquí un hecho, como un objeto, cuyos contornos
espero verán con más claridad y, a la par, sus posibles manejos, y plantearlo
de entrada, respecto a lo que tengo que decir ahora, en el momento en que, ante
ustedes, pregunta: ¿cuáles son los fundamentos, en el sentido lato del término,
del psicoanálisis?. Lo cual quiere
decir: ¿qué lo funda como praxis?
¿Qué es una praxis? Me parece
dudoso que ese término pueda ser considerado impropio en lo que al psicoanálisis
respecta. Es el término más amplio para
designar una acción concertada por el hombre, sea cual fuere, que le da la
posibilidad de tratar lo real mediante lo simbólico. Que se tope con algo más o algo menos de
imaginario no tiene aquí más que un valor secundario.
Esta definición de la praxis
puede extenderse mucho. No vamos a ponernos a buscar, como Diógenes, ya no un
hombre, sino nuestro psicoanálisis, en los diferentes campos muy diversificados
de la praxis. Tomaremos más bien nuestro psicoanálisis y éste nos dirigirá de
inmediato hacia puntos bastante localizados, denominables, de la praxis.
Sin siquiera introducir, mediante
alguna transición, los dos términos entre los cuales me propongo sostener la
pregunta -y en modo alguno de forma irónica- digo primero que si estoy aquí,
ante un público tan grande, en un ambiente como éste y con semejante
asistencia, es para preguntarme si el psicoanálisis es una ciencia, y
examinarlo con ustedes.
La otra referencia, la religiosa,
ya la evoqué hace poco, precisando bien que hablo de religión en el sentido
actual del término: no de una religión desecada, metodologizada, que se remonta
a lo remoto de un pensamiento primitivo, sino de la religión tal como la vemos
practicarse todavía, aún viva, y bien viva.
El psicoanálisis, sea o no digno de inscribirse en uno de estos dos
registros, hasta podría iluminarnos sobre lo que ha de entenderse por ciencia,
y aún por religión.
Quisiera, desde ahora, evitar un
malentendido. Se medirá: de todas
maneras, el psicoanálisis es una investigación.
Pues bien, permítaseme enunciar, incluso para los poderes públicos, para
quienes este término de investigación, desde hace algún tiempo, parece servir
de schibbolet, de pretexto para unas cuantas cosas que no me fío de dicho
término. En lo que a mí respecta, nunca me he considerado un investigador. Como
dijo una vez Picasso, para gran escándalo de quienes lo rodeaban: no busco,
encuentro.
Por lo demás, en el campo de la
investigación llamada científica hay dos dominios perfectamente deslindables:
el dominio donde se busca y el dominio donde se encuentra.
Es curioso que ello corresponda a
una frontera bastante definida en lo que respecta a lo que puede calificarse de
ciencia. Asimismo, hay sin duda alguna afinidad entre la investigación que
busca y el registro religioso. Se suele decir: No me buscarías si no me
hubieras encontrado ya. El encontrado ya está siempre detrás, pero marcado por
algo que es del orden del olvido ¿No se abre entonces aquí una investigación
complaciente, indefinida?
Si la investigación nos interesa,
en esta ocasión, es por lo que se establece a partir de este debate en lo
tocante a las llamadas ciencias humanas.
En efecto, tras los pasos de cualquiera que encuentre, se ve surgir lo
que yo llamaría la reivindicación hermenéutica, que es justamente la que
investiga, la que busca la significación siempre nueva y nunca agotada, pero
amenazada de que la corte de raíz el que encuentra.
Pues bien, a nosotros los
analistas nos interesa esta hermenéutica porque la vía de desarrollo de la
significación que propone se confunde, para muchos, con lo que el análisis
llama interpretación. Sucede que, si bien esta interpretación no debe
concebirse en absoluto en el mismo sentido que dicha hermenéutica, ésta, por su
parte, se aprovecha de ella gustosa. Por
este lado, vemos un canal de comunicación, al menos, entre el psicoanálisis y
el registro religioso. Lo volveremos a
encontrar a su hora.
Entonces, para autorizar al
psicoanálisis a llamarse ciencia,
exigiremos un poco más.
Lo específico de una ciencia es
tener un objeto. Puede sostenerse que una ciencia se especifica por un objeto
definido, al menos, por cierto nivel operativo, reproducible, al que se llama
experiencia. Pero hay que ser muy prudentes porque este objeto cambia, y de
manera singular, en el curso de la evolución de una ciencia. No se puede decir
que el objeto de la física moderna es el mismo ahora que en el momento de su
nacimiento, el cual, se los advierto desde ahora, es para mí el siglo XVII. Y el objeto de la química moderna ¿es acaso
el mismo que el del momento de su nacimiento, que sitúo en Lavoisier?
Quizás estas observaciones nos
obligan a una retirada, táctica al menos, para partir de nuevo de la praxis y
preguntarnos así, a sabiendas de que la praxis delimita un campo, si no será
ese campo el que especifica al sabio de la ciencia moderna, que no es un hombre
que sepa la mar de cosas.
No retengo la exigencia de Duhem
de que toda ciencia se refiera a un sistema unitario, llamado Sistema del Mundo,
pues esta referencia es siempre, al fin y al cabo, más o menos idealista, ya
que es referencia a la necesidad de identificación. Aún llegaría a decir que
podemos prescindir del complemento trascendente implícito en la posición
positivista, el cual se refiere siempre a una unidad última de todos los
campos.
Haremos abstracción de él porque
después de todo es discutible, y hasta puede considerársele falso. No hay
ninguna necesidad de que el árbol de la ciencia tenga un sólo tronco. No pienso
que tenga muchos. Hoy tal vez, según el modelo del primer capítulo del Génesis,
dos diferentes; y no es que de mucha importancia a ese mito más o menos signado
por el oscurantismo, pero ¿por qué no aspirar a que el psicoanálisis nos
ilumine al respecto?
Si nos atenemos a la noción de
experiencia, entendida como campo de una praxis, vemos a las claras que no
basta para definir una ciencia. En
efecto, esta definición se aplicaría muy, muy bien, por ejemplo, a la experiencia
mística. Precisamente por eso se le ha vuelto a dar una consideración
científica, y casi se llega a pensar que es posible una consideración
científica de esta experiencia. Hay en
esto una especie de ambigüedad: someter una experiencia a un examen científico
da pie para que se piense que la experiencia tiene por sí misma subsistencia
científica. Ahora bien, es evidente que no se puede hacer entrar la experiencia
mística en la ciencia.
Una observación más. Esta definición de la ciencia a partir del
campo que determina una praxis, ¿podría aplicarse a la alquimia para
autorizarla a que sea una ciencia? hace poco estaba releyendo un opúsculo que
ni siquiera fue recogido en las Obras Completes de Diderot, pero que parece
ciertamente ser de él. Si la química nace con Lavoisier, Diderot no esta
hablando de química, sino, de la primera a la última página de este opúsculo,
de alquimia, con esa finura de espíritu que todos le conocen. ¿Qué nos hace
decir de inmediato que, pese al carácter deslumbrante de las historias que él
nos sitúa en el curso de las edades, la alquimia, a fin de cuentas, no es una
ciencia? En mi opinión, hay algo que es decisivo: que la pureza del alma del
operador era como tal explícitamente, un elemento esencial del asunto.
Esta observación no es accesoria,
pues quizá se acudirá a algo pálido en lo que respecta a la presencia del
analista en la Gran Obra analítica, y se sostendrá que quizá eso busca nuestro
psicoanálisis didáctico, y que quizás yo también parezco decir lo mismo en mi
enseñanza de estos últimos tiempos, cuando apunto derechito, a toda vela, y de
manera confesa, al punto central que pongo en tela de juicio, a saber, ¿cuál es
el deseo del analista?
¿Qué ha de ser del deseo del
analista para que opere de manera
correcta? Esta pregunta, ¿puede quedar fuera de los límites de nuestro campo
como en efecto pasa en las ciencias -las
ciencias modernas de tipo más asegurado- en las que nadie se pregunta nada
respecto al deseo del físico, por ejemplo?
Se necesita de veras una crisis
para que el señor Oppenheimer nos pregunte a todos sobre el deseo que está en
el trasfondo de la física moderna. Nadie, por lo demás, le presta atención. Se
cree que es un incidente político. Este deseo, ¿será algo que pertenece al
mismo orden de lo que se le exige al adepto de la alquimia?.
En todo caso, el deseo del
analista no puede dejarse fuera de nuestra pregunta, por una razón muy
sencilla: el problema de la formación del analista lo postula. Y el análisis
didáctico no puede servir para otra cosa como no sea llevarlo a ese punto que en
mi álgebra designo como el deseo del analista.
Aquí de nuevo tengo que dejar
abierto el interrogante, por ahora. A ustedes les toca percatarse de que los
llevo, por aproximación, a una pregunta como la siguiente: ¿es la agricultura
una ciencia? Se responderá que sí, se responderá que no. He traído a colación este ejemplo sólo para
sugerirles que al fin y al cabo hacen ustedes una diferencia entre la
agricultura definida por un objeto, y la agricultura definida, cabe decirlo,
por un campo, entre agricultura y agronomía.
Esto me permite hacer surgir una dimensión asegurada -estamos en el ABC,
pero, en fin, allí hay que estar-, la de la formalización.
¿Basta esto para definir las
condiciones de una ciencia? No lo creo para nada. Se puede formalizar una falsa ciencia, igual
que una ciencia de verdad. El asunto no
es simple, entonces, ya que el psicoanálisis, como supuesta ciencia, aparece
en aspectos que podrían calificarse de
problemáticos.
¿A qué se refieren las formulas
en psicoanálisis?, ¿Qué motiva y modula ese deslizamiento del objeto? ¿Hay
conceptos analíticos formados de una vez por todas? El mantenimiento casi
religioso de los términos empleados por Freud para estructurar la experiencia
analítica, ¿a qué se debe? ¿Se trata de un hecho muy sorprendente en la
historia de las ciencias, del hecho de que Freud sería el primero, y seguiría
siendo el único, en esta supuesta ciencia, en haber introducido conceptos
fundamentales? Sin este tronco, sin este mástil, esta estaca, ¿dónde anclar
nuestra práctica? ¿Podemos decir siquiera que se trata propiamente de
conceptos?, ¿son conceptos en formación?
¿Son conceptos en
evolución, en movimiento,
por revisar?.
Creo que en este asunto se puede
sostener que ya ha habido un avance, por una vía que sólo puede ser de trabajo,
de conquista, y que tiene como meta resolver la pregunta de si el psicoanálisis
es una ciencia. En verdad, el
mantenimiento de los conceptos de Freud en el centro de toda discusión teórica
dentro de esa cadena cansona, fastidiosa, repelente -que nadie lee aparte de
los psicoanalistas- que se llama la literatura psicoanalítica, no impide que se
esté muy rezagado respecto a estos conceptos, que la mayoría estén falseados,
adulterados, quebrados, y que los que son demasiado difíciles son pura y
simplemente dejados en un cajón; que, por ejemplo, todo lo que se ha elaborado
en torno a la frustración es, respecto a los conceptos freudianos de donde se
deriva, claramente retrógrado y preconceptual.
Asimismo, nadie se preocupa ya,
salvo raras excepciones que pertenecen al grupo de quienes me rodean, de la
estructura triple del complejo de Edipo, ni del complejo de castración.
Para asegurar un status teórico
al psicoanálisis no basta en absoluto que un escritor tipo Fenichel reduzca
todo el material acumulado de la experiencia a la banalidad, mediante una
enumeración estilo gran colector. Es
verdad que se han reunido cierta cantidad de hechos, y que no es desdeñable
verlos agrupados en unos cuantos capítulos: se puede tener la impresión de que,
en todo un campo, todo está explicado de antemano. Pero el análisis no consiste en encontrar, en
un caso, el rasgo diferencial de la teoría, y en creer que se puede explotar
con ello por qué su hija está muda, pues de lo que se trata es de hacerla
hablar, y este efecto procede de un tipo de intervención que nada tiene que ver
con la referencia al rasgo diferencial.
El análisis consiste justamente
en hacerla hablar, de modo que podría decirse que queda resumido, en último
término, en la remisión del mutismo, lo cual se llamó, durante un tiempo,
análisis de las resistencias.
El síntoma es, en primer lugar,
el mutismo en el sujeto que se supone que habla. Si habla, se curó de su mutismo, por
supuesto.
Pero ello no nos dice para nada
por qué se puso a hablar. Nos designa
solamente un rasgo diferencial que, en el caso de la hija muda es como era de
esperarse, el de la histérica.
En efecto, el rasgo diferencial
de la histérica es precisamente ese: en el movimiento mismo de hablar, la
histérica constituye su deseo. De modo que no debe sorprender que Freud haya
entrado por esa puerta en lo que, en realidad, eran las relaciones del deseo
con el lenguaje, y que haya descubierto los mecanismos del inconsciente.
Es una muestra de su genio que
esta relación del deseo con el lenguaje como tal no haya permanecido oculta a
sus ojos, pero lo que no quiere decir que haya quedado enteramente dilucidado
ni siquiera, y sobre todo, con la noción masiva de transferencia.
Que para curar a la histérica de
todos sus síntomas lo mejor sea satisfacer su deseo de histérica que para ella
es poner su deseo ante nuestros ojos como deseo insatisfecho, deja enteramente fuera de juego la cuestión
especifica de por qué no puede sustentar su deseo más que como deseo
insatisfecho. Por eso la histeria nos da la pista, diría yo, de cierto pecado
original del análisis. Tiene que haberlo. El verdadero no es, quizá, más que
éste: el deseo del propio Freud, o sea, el hecho de que en Freud, algo nunca
fue analizado.
Estaba yo exactamente en esto
cuando, por una peculiar coincidencia, se me puso en el disparadero de tener
que renunciar a mi seminario.
Lo que tenía que decir sobre los
Nombres-del-Padre, en efecto, no intentaba otra cosa que el cuestionamiento del
origen, es decir, averiguar mediante qué privilegio pudo encontrar el deseo de
Freud, en el campo de la experiencia que designa como el inconsciente, la
puerta de entrada.
Si queremos que el análisis se
sostenga en pie es esencial remontarse a este origen.
Sea como fuere, en nuestro
próximo encuentro, tal modo de interrogar la experiencia estará orientado por
la siguiente referencia: ¿qué status conceptual habremos de dar a cuatro de los
términos introducidos por Freud como conceptos fundamentales, a saber, el
inconsciente, la repetición, la transferencia y la pulsión?
El paso siguiente en nuestro
próximo encuentro, nos lo hará dar la consideración del modo como, en mi
enseñanza pasada, situé estos conceptos en relación con una función más general
que los engloba, y que permite mostrar su valor operatorio en este campo, a
saber, la función del significante como tal, subyacente, implícita.
Este año me prometí a mí mismo
interrumpir mi exposición a las dos menos veinte para dejar así luego, a todos
los que están en condiciones de quedarse aquí por no tener el reclamo de otra
cosa que hacer, la oportunidad de hacerme preguntas sobre lo que les han
sugerido ese día los términos de mi discurso.
Respuestas
M.Tort: Cuando usted refiere el psicoanálisis
al deseo de Freud y al deseo de la histérica, ¿no podría acusársele de
psicologismo?
J. Lacan: La referencia al deseo
de Freud no es una referencia psicológica.
Formulé la siguiente pregunta, el
funcionamiento del Pensamiento Salvaje, que Leví-Strauss sitúa en la base de
los status de la sociedad, es un inconsciente, pero ¿bastará para albergar al
inconsciente como tal?. Y si lo logra ¿albergará al inconsciente freudiano?.
Las histéricas le enseñaron a
Freud el camino del inconsciente propiamente freudiano. Allí fue donde puse en
juego el deseo de la histérica, indicando a la par, que Freud no se había quedado en eso.
En cuanto al deseo de Freud lo
situé en un deseo más elevado. Dije que el campo freudiano de la práctica
analítica seguía dependiendo de cierto deseo original que desempeña siempre un
papel ambiguo pero prevaleciente, en la transmisión del psicoanálisis. El
problema de este deseo no es psicológico, como tampoco lo es el problema no
resuelto del deseo de Sócrates. Hay toda
una temática que tiene que ver con el status del sujeto, cuando Sócrates
postula no saber nada aparte de lo que toca al deseo. Sócrates no coloca al
deseo en posición de subjetividad original, sino en posición de objeto. Pues
bien, también en Freud se trata del deseo como objeto.
miércoles, 4 de enero de 2017
El aprendizaje de saber perder - Jorge Alemán

¿Cómo saber cuándo alguien se encuentra con una disciplina? Un encuentro que merezca ese nombre es siempre portador de las marcas de lo imprevisible. Todo lo importante nos llega de modo imprevisto, pero lo imprevisto necesita tiempo para prepararse. En este caso lo imprevisible se fue preparando a partir de distintas escenas, escenas que de algún modo introducían una orientación hacia un cierto tipo de psicoanálisis. En primer lugar algunos sueños y pesadillas de la infancia, pues de manera muy temprana supe, de modo espontáneo, sin reflexión y sin indicación de nadie, que esos sueños concernían a lo más crucial de mi vida. especialmente me impactaba el carácter «ultraclaro», la extraña nitidez de algunos sueños y el tiempo que le llevaba a la vigilia reponerse de ese impacto.
De un modo prerreflexivo, intuí que si algo no se puede significar y se presenta a nosotros con una opacidad radical y a la vez, sin saber por qué, nos concierne, esto exige que intentemos ponerlo en palabras o por escrito o narrarlo para alguien. Y esto lo empecé a intentar desde mi adolescencia. Por ello, siento haber tenido un presentimiento muy primario de lo «real lacaniano», en particular, a partir de sentir que podía intentar pensar algunas cosas por mi cuenta y descubrir que pensar sin obsesionarse es una especie de felicidad.
También el hecho de que mi escritura fuese ilegible desde el punto de vista caligráfico, y que muchas veces el profesor devolviera un examen sin haberlo leído despertó en mí una gran atracción por las inscripciones en paredes, la letra impresa, los neologismos de la lengua, el argot de la calle y los diversos puntos de fuga de la gramática. En este sentido, antes de empezar la cura analítica, la experiencia del inconsciente me llegó a través del poema que «el» habla por sí misma desliza en la lengua sin saberlo.
Luego, en la adolescencia, la militancia política incluyó en el centro de la propia existencia una nueva aporía, una cuestión indecidible de gran calado, a saber, por un lado la «causa revolucionaria» demandaba una entrega incondicional donde obviamente una desventura personal siempre tenía que ser irrelevante con respecto a la marcha ineluctable y necesaria de la historia. Pero, por otra parte, en la cura analítica, en su propio discurrir, fui abriéndome en cambio a mi propia «finitud», a las cosas importantes que nos alcanzan de un modo contingente, a los traumas que se repiten, a los dilemas que sólo se resuelven con una elección sin garantías; en suma, a todo aquello que sólo uno debe saber si es capaz de soportar o no. Esta aporía, esta tensión inaugural entre la lógica interna de un proceso histórico y la exigencia ética del propio deseo, de distintas maneras aún insiste en todos mis proyectos. Me apasiona en la disciplina freudiana la relación de conjunción y disyunción entre la marcha de la civilización y la experiencia subjetiva.
¿Qué le debo al psicoanálisis? Haber aprendido a saber perder. ¿Qué es la vida para el que no sabe perder? Pero saber perder es siempre no identificarse con lo perdido. Saber perder sin estar derrotado. Le debo al psicoanálisis entender la vida como un desafío el que uno no puede sentirse víctima; en definitiva, el psicoanálisis me ha enseñado que uno debe entregarse durante toda una vida a una tarea imposible: aceptar las consecuencias
miércoles, 19 de octubre de 2016
Figuras de lo repudiado: desplazamientos y fascismo contemporáneo
Pensar la actualidad del fascismo,
como una de las posibilidades de la propia modernidad[i],
tiene aristas diversas y difíciles, incluyendo el modo de construcción de los
vínculos del sujeto hegemónico con respecto a diferentes “otros”, algunos de
los cuales ni siquiera cuentan en categorías ya de por sí controvertidas como
“colectivos vulnerables”[ii].
La hipótesis de partida no es otra que la continuidad de una realidad histórica
que bien podría interpretarse, tal como hace de forma incisiva Méndez Rubio[iii],
como una forma renovada de fascismo que afecta no sólo a los refugiados -como una
de sus víctimas fundamentales- sino a diferentes sujetos sociales, tanto a aquellos
considerados “ciudadanos de segunda mano” (inmigrantes regulares, trabajadores,
gitanos, pobres, etc.) como a los que son excluidos de toda ciudadanía. Si los
refugiados son los nuevos desaparecidos de principios del siglo XXI, eso no
debería hacernos olvidar que en la economía política del sacrificio que rige el
capitalismo financiero nadie está a salvo, aun si asumimos que el riesgo no
está distribuido de forma azarosa sino según ciertas coordenadas de clase,
género, etnia, nacionalidad, edad u orientación sexual.
Para contextualizar mínimamente
la situación de algunos de esos “otros” hay que recordar que además de 230
millones de personas inmigradas en el mundo, según ACNUR más de 65 millones de
personas son refugiadas y desplazadas, aunque menos de un tercio cuente con
protección internacional y sólo una ínfima parte consiga residir de forma legal
en territorio europeo, concretamente, apenas el 14% del total[iv].
No se trata de una mera cuestión estadística, sino de millones de vidas que se
enfrentan a la inminencia de un peligro nada difuso. Ante ello, los estados
europeos ni siquiera han cumplido con sus compromisos ya de por sí irrisorios.
Sólo para poner el caso de Siria. Allí no sólo han muerto más de 470.000 civiles
sino que se han desplazado fuera del territorio de manera forzosa más de 4.900.000
de personas. Para hacerse una mínima idea de la magnitud del desastre (no tan
distinto al que se está produciendo en Yemen, a pesar del apagón informativo[v]):
si en 2010 la población siria era de 21.393.000, en 2015 dicha población se
redujo a 18.502.413[vi], casi
tres millones de personas menos, además de 12 millones de desplazados internos.
Un cuadro semejante permite evaluar las respuestas que la Unión Europa está
proporcionando frente a un drama colectivo que sólo se puede comparar con la
segunda guerra mundial. A pesar de ello, la CE se comprometió a reasentar apenas
a unas 160.000 personas (procedentes no sólo de Siria, sino también de países
como Eritrea, Somalía, Afganistán o Ucrania, entre otros) durante 2015-2016. Alcanza
con comparar este caos organizado con las ayudas ofrecidas por los estados
europeos para saber que se trata de soluciones meramente cosméticas ante un
problema de alcance imprevisible.
De forma más específica, de las 18000
personas que España se había comprometido a acoger, sólo unas 500 han sido efectivamente
reasentadas. Lo mismo ocurre en otros países europeos. La falta absoluta de
prioridad por acoger a estos grupos es manifiesta. La conclusión es clara: la
CE no sólo no está por la labor de cumplir con el derecho de asilo que ella
misma promulgó en la postguerra, sino que además no ha cesado de crear nuevas
restricciones legales al momento de dar cabida a este ejército de desheredados
que, en una medida significativa, ha contribuido a producir con sus políticas
neocoloniales -junto a EEUU, Israel y aliados como Arabia Saudí- tanto en Medio
Oriente como en África.
Las consecuencias son múltiples.
La primera es que la amplia mayoría de personas desplazadas no accede a ninguna
protección internacional, pasando a formar parte de los cientos de miles de
inmigrantes en situación irregular que subsisten en la economía sumergida,
siempre que no sean confinados por meses en un CIE, recluidos en campos de refugiados,
o expulsados a los mismos países donde sus vidas peligran (tal como ocurre con
el acuerdo CE/Turquía, que no es otra cosa que una transacción mercantil en la
que las “deportaciones colectivas” apenas disimuladas son reintroducidas a
cambio de fondos). Tampoco es casual que la llamada “crisis de refugiados” sea
renombrada en el acuerdo como “crisis migratoria”: de un golpe mágico, se omite
sin más que se trata de personas que se desplazan de manera forzosa de sus
hogares.
La segunda consecuencia no es
menos drástica: al obstruir los accesos legales a esta masa de desplazados, se
crean las condiciones propicias para que las redes de tráfico y trata de
personas se instalen como realidades paralelas a los mermados estados de
bienestar, incrementando el riesgo de esa otra odisea que es arribar a Europa
por vía marítima, en la que cada año mueren miles de personas. Solamente en
2015 fallecieron más de 3700 seres humanos según estimaciones manifiestamente
inexactas. Se trata de una “industria” que se nutre de las políticas de control
de fronteras cada vez más militarizadas. La política de dejación que la Unión
Europea ha asumido no sólo vulnera derechos humanos fundamentales, sino que
además tiene el agravante de empujar a esos grupos humanos a una situación de
pobreza y exclusión social crónica, entre otras cuestiones, porque de un
plumazo los reconvierte en “sin papeles” susceptibles de expulsión y
repatriación, privados de todo acceso a la ciudadanía. Si a esa situación
sumamos, en el contexto español, la supresión de fondos de integración, la
financiación insuficiente de partidas destinadas a los colectivos de
inmigrantes o a políticas de codesarrollo y cooperación, el refuerzo de una
política de control migratorio, el aumento de la presión contra la inmigración
irregular y las fuertes restricciones de su política de asilo, entre otras
medidas, el diagnóstico no puede ser más grave: muestra el grado de
indiferencia institucionalizada que semejante política de estado plantea con respecto a estos sujetos.
El ejercicio de cinismo se hace
visible así en la lamentación del “drama humanitario” por parte de una Unión
Europea que no duda en blindarse frente a estos sujetos inermes, desasistiendo a
quienes intentan arribar a sus costas o incurriendo en “devoluciones en
caliente” presentadas como “rechazo en frontera”. A pesar de las escenas de numerosos
naufragios, reiteradas cada año en el Mediterráneo, las autoridades europeas se
han limitado a incrementar el presupuesto de agencias como FRONTEX[vii].
Sólo de forma reciente, tras numerosas críticas por parte de organismos de derechos
humanos y asociaciones de ayuda a inmigrantes y refugiados, la CE ha creado la
nueva Guardia Europea de Costas y Fronteras que tiene como función, además de
custodiar las fronteras, participar en acciones de salvamento y rescate[viii].
No es muy difícil comprender lo
que esto significa. Se trata de “salvar las formas” ante el naufragio radical
de un proyecto europeo inclusivo y democrático. Literalmente, estas decenas de
miles de seres humanos en riesgo apenas cuentan para los poderes hegemónicos como
no sea, en el mejor de los casos, en tanto mano de obra barata o, en el peor,
como amenaza para su seguridad. En síntesis, la creciente hostilidad de los estados
europeos hacia estos colectivos específicos (consolidada por la fábrica de
estereotipos que se producen y reproducen en los medios de comunicación) contradice
de forma manifiesta su presunta defensa incondicional y universal de los
derechos humanos. Tanto “inmigrantes” como “refugiados” están sometidos a una
categorización jerárquica, en la que los eslabones inferiores son blanco de una
vigilancia policial permanente (basada en perfiles étnicos), además de ser
convertidos de forma regular en objeto de sobreexplotación laboral (tal como
ocurre, por ejemplo, en el sector agrícola o en el sector doméstico).
En nuestras sociedades de control
la presión es extensa y desigual. Como dice Benjamin en sus “Tesis sobre
filosofía de la historia”: “La tradición de los oprimidos nos enseña que la
regla es el «estado de excepción» en el que vivimos”[ix].
Bien podría decirse aquí que lo que es cierto para las clases oprimidas lo es
en un grado mayor para aquellos que son tratados como “parias”. Si esto es cierto,
no estamos tan lejos como quisiéramos de un «núcleo totalitario» que suspende
el derecho en el corazón de las llamadas “democracias parlamentarias” y que nos
obliga a cuestionar la vigencia práctica del “estado de derecho” y otras
ficciones similares. La institucionalización del racismo y la xenofobia, articulados
al carácter intrínsecamente clasista del capitalismo, nos instala en un orden «globalitario»,
por recuperar los términos de Ramonet, producto no de un azar histórico sino de
una rutina burocrática en la que la especialización de las funciones impide
tener que hacerse cargo de consecuencias globales desastrosas.
La realidad-límite de los
refugiados muestra, entonces, no el fracaso de los
organismos internacionales o de los estados europeos, sino los objetivos de
fondo que estas instituciones gubernamentales se han planteado; en particular, tratar
a estos grupos como un “excedente” que debe ser gestionado como si se trataran
de “desechos humanos” a reciclar. Incluso de forma previa a la crisis sistémica
de 2008, el proyecto político dominante en Europa no ha sido otro que el de un bienestar
cercado, rodeado de muros blancos, sostenido sobre unas periferias tanto
internas como externas. Dicho de otra manera, nuestras sociedades opulentas,
como dispara Bauman, crecen bajo la sombra de miles de “vidas desperdiciadas”[x].
La cuestión tampoco se agota ahí.
Nada de esto sería posible sin los discursos y prácticas de segregación que se
han propagado de forma alarmante en los últimos años, a pesar de algunas
oleadas efímeras de solidaridad, que explican esta engañosa “pasividad” de la
CE. Hay buenas razones para pensar que la legitimación de esta política de
reciclaje y descarte proviene de la apelación continua a una estrategia del
miedo en la que estos otros concretos aparecen no sólo como potencial amenaza
laboral sino también como un potencial enemigo y como un riesgo a mi identidad
cultural. Cuando estos sujetos vulnerados son inculpados de forma sistemática
del deterioro de las condiciones mayoritarias de vida, es previsible que una
parte significativa de la población autóctona –comenzando por aquella más
afectada por el desempleo y la pobreza- sea más propensa al racismo y la
xenofobia. De hecho, la demagogia política que capta millones de votos agitando
el miedo a los bárbaros y el negocio millonario del miedo parte, precisamente,
de esta constatación. Sería miope negar que, tras los discursos de la
inseguridad y la mercantilización de sus presuntas soluciones, subyace una
percepción social relativamente generalizada de un “descontrol” o
“desequilibrio” en la gestión de los flujos migratorios y, correlativamente, un
reclamo de restauración del “orden”.
Por eso hay que insistir con la
pregunta sobre el alcance real que está adquiriendo el racismo y la xenofobia
en las sociedades europeas. La respuesta no es fácil de elaborar, ante todo,
porque no existe a nivel local ninguna publicación de datos estadísticos
oficiales relativos a denuncias y procesos penales de delitos racistas en
territorio español. Se trata de una operación de borrado o de una invisibilidad
estadística de por sí sintomática. Sólo a partir de fuentes no ministeriales[xi]
podemos trazar un diagnóstico de partida que incluya, además de delitos de
odio, otro tipo de prácticas discriminatorias, como es el trato desigual, la
negación de derechos, la inclusión subordinada en mercados laborales precarios
o las redadas policiales racistas. Aunque no puedo desarrollar este punto, hay
indicios suficientes para sostener que la discriminación
de estos otros vulnerados está naturalizada en un grado alarmante[xii].
Ni siquiera los informes de la Red Europea de Información sobre Racismo y
Xenofobia (RAXEN) captan la magnitud del problema. En total, dicha red
contabiliza unos 4000 casos discriminatorios cada año, sin contar con los casos
de violencia de género o de feminicidio: si medio millar de incidentes están
relacionados con agresiones racistas y xenófobas, los demás incidentes son
padecidos por personas sin hogar, personas con diferentes orientaciones
sexuales o minorías étnicas y religiosas. Si bien semejantes datos ya son
alarmantes, lo cierto es que la realidad efectiva es bastante más grave, por
empezar porque la mayor parte de las agresiones (aproximadamente entre el 80%y 90%)
no se denuncian por miedo a represalias o desconfianza a las autoridades. Eso
significa que en España, cada día, entre 10 y 90 personas sufren una agresión
física o verbal por motivos de etnia, religión, orientación sexual o situación
económica.
A eso, sin embargo, hay que sumar
formas de discriminación más sutiles, no necesariamente delictivas. Sin entrar
en detalles, los propios informes de OBERATXE permiten constatar que es la
propia sociedad civil quien, de forma dominante, reclama un trato privilegiado
con respecto a esos otros que no percibe como semejantes. No se trata sólo de
la constatación de un imaginario eurocéntrico o de la expansión de una ideología
del desprecio, sino de una práctica sistemática que condena a diversos otros a
espacios subalternos, sea a partir del confinamiento laboral, la marginación
institucional o el ostracismo cultural. Una lectura crítica del presente, por
tanto, no se agota en una dimensión político-estatal o jurídico-policial. Tiene
que abordar otras dimensiones de análisis, partiendo de las prácticas
económicas, sociales y culturales en las que participan estos sujetos
colectivos, reguladas por diferentes instituciones públicas y privadas
(administración pública, medios de comunicación, mercado laboral, sistema de enseñanza
formal, acceso a la vivienda y al sistema sanitario, etc.).
Dicho lo cual, las graves
desigualdades que se están planteando en la actualidad permiten cuestionar la
complacencia oficial al momento de interpretar nuestras sociedades. Sería un
error, con todo, suponer que la discriminación opera de forma indiscriminada.
Antes que un rechazo general a los inmigrantes, las políticas europeas han
optado por mecanismos selectivos (p.e. la tarjeta azul, la adquisición de
viviendas o la libre circulación de comunitarios) que permiten discriminar
categorías de sujetos, según sus niveles de renta, su nivel de cualificación o
su pertenencia etnocultural. La resultante no es otra que la priorización de
ciertos movimientos migratorios acordes a las necesidades instrumentales de
mano de obra o de capital y aquellas que son consideradas prescindibles o
indeseables. Aunque a menudo los estados europeos son comparados a un
gigantesco dispositivo policial, ello no niega que también se asemejen a grandes
empresas de trabajo temporal, tal como es caso de Alemania, quien en 2015 recibió
a cientos de miles de personas con niveles medios y altos de cualificación a
coste cero, presionando a la baja los salarios de las clases trabajadoras
locales.
La resultante de esta combinación
explosiva de crisis económica, cultura hegemónica y políticas de estado
neoconservadoras es doble: la producción de un proletariado periférico que
atiende -con derechos mermados- las demandas fluctuantes del sistema productivo
y la producción de parias que son considerados técnicamente prescindibles, expulsados
tanto de la producción como del consumo. Dicho de forma brutal: el capitalismo,
en esta fase, produce un «sobrante» estructural de seres humanos que ni
siquiera cuentan como “ejército de reserva” y que son condenados a la
marginación social e institucional, a la vigilancia y el confinamiento e
incluso a la muerte por abandono.
No se trata, sin embargo, de
ninguna fatalidad. Por el contrario, es efecto de una racionalidad instrumental
que opera a partir de una política de reciclaje y descarte de cientos de miles
de seres humanos, incluyendo una parte de la población nacional pauperizada. Quizás
por eso la tesis acerca de la actualidad del fascismo no sólo resulte plausible
sino básica para comprender las condiciones del presente. Puede que no seamos
suficientemente conscientes de lo que supone construir el planeta como una
descontrolada fábrica de residuos, sobre todo porque los antecedentes que
conocemos son demasiado horrorosos como para poder asimilarlos. Desde una
perspectiva sistémica, lo que cuenta no es ya la existencia misma de esas vidas
sino su gestión como sobrante. Si por un lado la falta total de reciclaje
conduce a riesgos más o menos imprevisibles (terrorismo, criminalidad, etc.),
la inversión que supone el reciclaje, en la actual ecuación basada en el
rendimiento, no puede ser más elevada que el costo de desecharlos
completamente. Si el límite de la social-democracia europea era la indigencia
(reciclar para evitar la pobreza extrema dentro de las fronteras nacionales),
el neoconservadurismo –y su utopía de desregulación económica y control
policial- no parece tener otro límite que no sea la necesidad de gestionar el
riesgo, esto es, de regular la aparición de la “amenaza terrorista”, el
incremento de la “delincuencia” y la irrupción de “movimientos sociales” con
potencial subversivo (identificados, en última instancia, como una variante
local del terrorismo global[xiii]).
La constitución del capitalismo
en una máquina biopolítica fascista cada día margina flujos humanos, apelando en
ciertas zonas francas a mecanismos selectivos como la criminalización, el
asesinato, la guerra no convencional o la propagación de hambrunas y
enfermedades endémicas. La contracara del ultraliberalismo del capital –que
circula de forma irrestricta a nivel mundial- no es otra que esta forma de
totalitarismo que asfixia a sus víctimas sin ensuciar en exceso sus manos
invisibles. Quizás por ello haya que insistir en las diferentes modulaciones de
esta máquina: su fascismo tiene intensidades
variables según contextos geopolíticos diversos e incluso según los
colectivos de los que se trate.
En este punto, más que definir el
fascismo por su objeto, quizás se trate de conceptualizarlo como un conjunto de
operaciones represivas con respecto al Otro y a nuestra propia alteridad. Hay
que recordar que una de las primeras medidas que el nacionalsocialismo tomó con
respecto a los judíos fue retirarles la nacionalidad alemana. No es ningún azar:
una medida así puede interpretarse como el comienzo de un proceso de separación donde el otro es puesto a una distancia radical,
primero como extranjero, luego como no-humano. Semejante extrañamiento del otro
como otro es parte del proceso de cosificación que no sólo obstruye toda
empatía, sino que además prepara las condiciones subjetivas para su
eliminación. La indiferencia actual ante su suerte muestra que nuestra época de
grandes conquistas técnicas es también el tiempo de una ignominia ético-política
generalizada. Debemos a un superviviente judío, Primo Levi, el señalamiento de
que los campos de concentración nazis introdujeron en nosotros “la vergüenza de
ser hombres”. No porque todos seamos responsables del nazismo o porque todos
seamos unos asesinos, sino porque hemos sido manchados, por no haber podido ni
sabido impedirlo. Tal vez sea esa vergüenza la que quizás nos impulse a
combatir el fascismo en nuestros corazones y seguir apostando por otras formas
de sociedad.
Arturo Borra
[i] Ver al
respecto Bauman, S. (2010): Modernidad y
holocausto, Sequitur, Madrid.
[ii]Una
categoría semejante confina la “vulnerabilidad” a unos grupos determinados,
como si no fuera en primer lugar una cuestión de clase, transversal a otras
dimensiones identitarias. Así, ¿no habría que apresurarse a señalar, en el
contexto europeo, que amplias franjas sociales empobrecidas también son sistemáticamente vulneradas -incluso si
disponen de un empleo (más o menos precario y temporal)-?
[iii] Méndez
Rubio, A. (2015): Fascismo de baja
intensidad, La Vorágine, Santander.
[iv]
Puede consultarse el informe de Acnur (2015), “Tendencias Globales”, http://www.acnur.org/fileadmin/scripts/doc.php?file=fileadmin/Documentos/Publicaciones/2016/10627.
[v]
En la actualidad, la masacre que lidera la coalición entre EEUU y Arabia Saudí
ha provocado el desplazamiento interno de más de 1.400.000 yemeníes (http://blogs.publico.es/puntoyseguido/3550/eeuu-y-arabia-saudi-provocan-en-yemen-la-mayor-crisis-humanitaria-del-mundo/)
[ix]Benjamin, W. (1987): Imaginación y sociedad. Iluminaciones I, Taurus, Madrid.
[x]Bauman, S. (2008): Vidas
desperdiciadas, Debate, España.
[xi]
Entre esas fuentes hay que tomar en consideración los informes anuales
elaborados por el Observatorio Español del Racismo y la Xenofobia, dependiente
de la Dirección General de Integración de los Inmigrantes y los informes
elaborados por diferentes entidades sociales: entre algunos otros, el “Informe
Raxen” (de Movimiento contra la Intolerancia), el informe “El racismo en el
estado español” (de SOS Racismo), y el “Informe de Derechos Humanos” (de
Amnistía Internacional).
[xii]No
deja de ser sintomática la ausencia de un Plan nacional de lucha contra el
racismo, la xenofobia y otras formas de discriminación (tanto en sus formas
espontáneas como en sus modalidades institucionales), por no hablar de la
carencia o escasez de políticas transversales de interculturalidad en las
instituciones públicas y privadas o la transformación del sistema judicial para
que las agresiones racistas dejen de ser juzgadas mayoritariamente como delitos
comunes.
[xiii]
La invocación del “terror” consolida una política de seguridad ligada a un
proyecto de control extendido. La “amenaza global del terrorismo” no debería
impedirnos reconocer que también los propios estados occidentales son
productores de este tipo de amenazas.
lunes, 3 de octubre de 2016
La hora de la economía colaborativa -Ignacio Ramonet
La economía colaborativa es un
modelo económico basado en el intercambio y la puesta en común de bienes y
servicios mediante el uso de plataformas digitales. Se inspira en las utopías
del compartir y de valores no mercantiles como la ayuda mutua o la convivialidad,
y también del espíritu de gratuidad, mito fundador de Internet. Su idea
principal es: “lo mío es tuyo” (1), o sea compartir en vez de poseer. Y el
concepto básico es el trueque. Se trata de conectar, por vía digital, a gente
que busca “algo” con gente que lo ofrece. Las empresas más conocidas de ese
sector son: Netflix, Uber, Airbnb, Blabacar, etc. Treinta años después de la
expansión masiva de la Web, los hábitos de consumo han cambiado. Se impone la
idea de que la opción más inteligente hoy es usar algo en común, y no
forzosamente comprarlo. Eso significa ir abandonando poco a poco una economía
basada en la sumisión de los consumidores y en el antagonismo o la competición
entre los productores, y pasar a una economía que estimula la colaboración y el
intercambio entre los usuarios de un bien o de un servicio. Todo esto plantea
una verdadera revolución en el seno del capitalismo que está operando, ante
nuestros ojos, una nueva mutación.
Imaginemos que, un domingo, usted
decide realizar un trabajo casero de reparación. Debe perforar varios agujeros
en una pared. Y resulta que no posee un taladrador. ¿Salir a comprar uno un día
festivo? Complicado… ¿Qué hacer? Lo que usted ignora es que, a escasos metros
de su casa, viven varias personas dispuestas a ayudarle. No saberlo es como si
no existieran. Entonces, ¿por qué no disponer de una plataforma digital que le
informe de ello… que le diga que ahí, muy cerca, vive un vecino dispuesto a
asistirlo y, al vecino, que una persona necesita su ayuda y que está dispuesta
a pagar algo por esa ayuda? (2).
Tal es la base de la economía
colaborativa y del consumo colaborativo. Usted se ahorra la compra de un
taladrador que quizás no vuelva a usar jamás y el vecino se gana unos euros que
le ayudan a terminar el mes. Gana también el planeta porque no hará falta
fabricar (con lo que eso conlleva de contaminación del medio ambiente) tantas
herramientas individuales que apenas usamos, cuando podemos compartirlas. En
Estados Unidos, por ejemplo, hay unos 80 millones de taladradores cuyo uso
medio, en toda la vida de la herramienta, es de apenas 13 minutos… Se reduce el
consumismo. Se crea un entorno más sostenible. Y se evita un despilfarro
porque, lo que de verdad necesitamos, es el agujero, no el taladrador…
En un movimiento irresistible,
miles de plataformas digitales de intercambio de productos y servicios se están
expandiendo a toda velocidad (3). La cantidad de bienes y servicios que pueden
imaginarse mediante plataformas online, ya sean de pago o gratuitas (como
Wikipedia), es literalmente infinita. Solo en España hay más de cuatrocientas
plataformas que operan en diferentes categorías (4). Y el 53% de los españoles
declaran estar dispuestos a compartir o alquilar bienes en un contexto de
consumo colaborativo.
A nivel planetario, la economía
colaborativa crece actualmente entre el 15% y el 17% al año. Con algunos
ejemplos de crecimiento absolutamente espectaculares. Por ejemplo Uber, la
aplicación digital que conecta a pasajeros con conductores, en solo cinco años
de existencia ya vale 68.000 millones de dólares y opera en 132 países. Por su
parte, Airbnb, la plataforma online de alojamientos para particulares surgida
en 2008 y que ya ha encontrado cama a más 40 millones de viajeros, vale hoy en
Bolsa (sin ser propietaria de ni una sola habitación) más de 30.000 millones de
dólares (5).
El éxito de estos modelos de
economía colaborativa plantea un desafío abierto a las empresas tradicionales.
En Europa, Uber y Airbnb han chocado de frente contra el mundo del taxi y de la
hostelería respectivamente, que les acusan de competencia desleal. Pero nada
podrá parar un cambio que, en gran medida, es la consecuencia de la crisis del
2008 y del empobrecimiento general de la sociedad. Es un camino sin retorno.
Ahora la gente desea consumir a menor precio, y también disponer de otras
fuentes de ingresos inconcebibles antes de Internet. Con el consumo
colaborativo crece, asimismo, el sentimiento de ser menos pasivo, más dueño del
juego. Y la posibilidad de la reversibilidad, de la alternancia de funciones,
poder pasar de consumidor a vendedor o alquilador, y viceversa. Lo que algunos
llaman “prosumidor”, una síntesis de productor y consumidor (6).
Otro rasgo fundamental que está
cambiando –y que fue nada menos que la base de la sociedad de consumo–, es el
sentido de la propiedad, el deseo de posesión. Adquirir, comprar, tener, poseer
eran los verbos que mejor traducían la ambición esencial de una época en la que
el tener definía al ser. Acumular “cosas” (7) (viviendas, coches, neveras,
televisores, muebles, ropa, relojes, cuadros, teléfonos, etc.) constituía la
principal razón de la existencia. Parecía que, desde el alba de los tiempos, el
sentido materialista de posesión era inherente al ser humano. Recordemos que
George W. Bush ganó las elecciones presidenciales en Estados Unidos, en 2004,
prometiendo una “sociedad de propietarios” y repitiendo: “Cuantos más
propietarios haya en nuestro país, más vitalidad económica habrá en nuestro
país”.
Se equivocó doblemente. Primero
porque la crisis del 2008 destrozó esa idea que había empujado a las familias a
ser propietarias, y a los bancos –embriagados por la especulación
inmobiliaria–, a prestar (las célebres subprimes) sin la mínima precaución. Así
estalló todo. Quebraron los bancos hipotecarios y hasta el propio Lehman
Brothers, uno de los establecimientos financieros aparentemente más sólidos del
mundo… Y segundo, porque, discretamente, nuevos actores nacidos de Internet
empezaron a dinamitar el orden económico establecido. Por ejemplo: Napster, una
plataforma para compartir música que iba a provocar, en muy poco tiempo, el
derrumbe de toda la industria musical y la quiebra de los megagrupos
multinacionales que dominaban el sector. E igual iba a pasar con la prensa, los
operadores turísticos, el sector hotelero, el mundo del libro y la edición, la
venta por correspondencia, el cine, la industria del motor, el mundo financiero
y hasta la enseñanza universitaria con el auge de los MOOC (Masive Open Online
Courses o cursos online gratuitos) (8).
En un momento como el actual, de
fuerte desconfianza hacia el modelo neoliberal y hacia las elites políticas,
financieras y bancarias, la economía colaborativa aporta además respuestas a
los ciudadanos en busca de sentido y de ética responsable. Exalta valores de
ayuda mutua y ganas de compartir. Criterios todos que, en otros momentos,
fueron argamasa de utopías comunitarias y de idealismos socialistas. Pero que
son hoy –que nadie se equivoque– el nuevo rostro de un capitalismo mutante
deseoso de alejarse del salvajismo despiadado de su reciente periodo
ultraliberal.
En este amanecer de la economía
colaborativa, las perspectivas de éxito son inauditas porque, en muchos casos,
ya no se necesitan las indispensables palancas del aporte de capital inicial y
de búsqueda de inversores. Hemos visto cómo Airbnb, por ejemplo, gana una
millonada a partir de alojamientos que ni siquiera son de su propiedad.
En cuanto al empleo, en una
sociedad caracterizada por la precariedad y el trabajo basura, cada ciudadano
puede ahora, utilizando su ordenador o simplemente su teléfono inteligente,
proveer bienes y servicios sin depender de un empleador. Su función sería
–además de compartir, intercambiar, alquilar, prestar o regalar– la de un
intermediario. Cosa nada nueva en la economía: ha existido desde el inicio del
capitalismo. La diferencia reside ahora en la tremenda eficiencia con la que
–mediante poderosos algoritmos que, casi instantáneamente, calculan ofertas,
demandas, flujos y volúmenes–, las nuevas tecnologías analizan y definen los
ciclos de oferta-demanda.
Por otra parte, en un contexto en
el que el cambio climático se ha convertido en la amenaza principal para la
supervivencia de la humanidad, los ciudadanos no desconocen los peligros
ecológicos inherentes al modelo de hiperproducción y de hiperconsumo
globalizado. Ahí también, la economía colaborativa ofrece soluciones menos
agresivas para el planeta.
¿Podrá cambiar el mundo? ¿Puede
transformar el capitalismo? Muchos indicios nos conducen a pensar, junto con el
ensayista estadounidense Jeremy Rifkin (9), que estamos asistiendo al ocaso de
la 2ª revolución industrial, basada en el uso masivo de energías fósiles y en
unas telecomunicaciones centralizadas. Y vemos la emergencia de una economía
colaborativa que obliga, como ya dijimos, al sistema capitalista a mutar. Por
el momento coexisten las dos ramas: una economía de mercado depredadora
dominada por un sistema financiero brutal, y una economía del compartir, basada
en las interacciones entre las personas y en el intercambio de bienes y
servicios casi gratuitos… Aunque la dinámica está decididamente a favor de esta
última.
Quedan muchas tareas pendientes:
garantizar y mejorar los derechos de los e-trabajadores; regular el pago de
tasas e impuestos de las nuevas plataformas; evitar la expansión de la economía
sumergida… Pero el avance de esta nueva economía y la explosión de un nuevo
modo de consumir parecen imparables. En todo caso, revelan el anhelo de una
sociedad exasperada por los estragos del capitalismo salvaje. Y que aspira de
nuevo, como lo reclamaba el poeta Rimbaud, a cambiar la vida.
NOTAS:
(1) Léase Rachel Botsman y Roo Rogers: What’s Mine is Yours: The Rise of
Collaborative Consumption, Harper Collins, Nueva York, 2010.
(2) En España, existen varias
plataformas dedicadas a eso, por ejemplo: Etruekko (http:// etruekko.com/) y
Alkiloo (http://www.alkiloo.com/).
(3) Consúltese: www.consumocolaborativo.com
(4) El diario online El
Referente, en su edición del 25 de octubre de 2015, ha recogido las principales
start-ups dedicadas a los viajes, la cultura y el ocio, la alimentación, el
transporte y el parking, la mensajería, las redes profesionales, el intercambio
y alquiler de productos y servicios, los gastos compartidos, los bancos de
tiempo, la tecnología e Internet, la financiación alternativa y fintech, la
moda, los deportes, la educación, la infancia, el alquiler de espacios, los
pisos compartidos y otras plataformas de interés. http://www.elreferente.es/tecnologicos/directorio-plataformas-economia-colaborativa-espana-28955
(5) Airbnb ya vale más que
Hilton, el primer grupo de hostelería del mundo. Y más que la suma de los dos
otros grandes grupos mundiales Hyatt y Marriot. Con dos millones de
alojamientos en 191 países, Airbnb se coloca por delante de todos sus
competidores en capacidad de alojamiento a escala planetaria. Airbnb cobra el
3% del precio de la transacción al propietario y entre el 6% y el 12% al
inquilino.
(6) El concepto de prosumidor
aparece por vez primera en el ensayo de Alvin Toffler, La Tercera Ola (Plaza&Janés, Barcelona, 1980), que define como
tal a las personas que son, al mismo tiempo, productores y consumidores.
(7) Las Cosas (Les Choses, 1965) es una novela del autor francés
Georges Perec. La primera edición en español (trad. de Jesús López Pacheco),
fue publicada en 1967 por Seix Barral. En 1992, Anagrama la reeditó con la
traducción de Josep Escué. Es una crítica de la sociedad de consumo y de la
trivialidad de los deseos fomentados por la publicidad.
(8) Desde hace dos años, unos
seis millones de estudiantes se han puesto a seguir gratuitamente cursos
online, difundidos por las mejores universidades del mundo. http://aretio.hypotheses.org/1694
(9) Jeremy Rifkin, La sociedad de coste marginal cero: El
Internet de las cosas, el procomún
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