sábado, 25 de agosto de 2012

La economía política del sacrificio III: el repudio de los otros

 
 
Ya no escuchamos con tanta frecuencia el discurso arrogante de los portavoces del “primer mundo”, entre otras cosas, porque ese “primer mundo” ni siquiera existe en tanto realidad homogénea. De la teoría de los tres mundos no queda, en buena parte del planeta, más que el tercero. La mundialización del tercer mundo incluso en los países centrales arruina cualquier pretensión de superioridad europea. Dicho de otra manera, el eurocentrismo está herido de muerte. La lección es clara: nadie está a salvo en el capitalismo, como no sean unas elites mundiales que gobiernan a espaldas de los pueblos, en la más absoluta opacidad. En cualquier parte donde se viva o sobreviva -según complejas coordenadas de clase, género, etnia, procedencia o edad- uno se topará con escombros. La creencia en una superioridad esencial, ligada a una etnia, una cultura o una nación, está jaqueada por la propia dinámica capitalista desterritorializante. El desbordamiento de una economía globalizada con respecto a los estados-nación (en tanto garantes necesarios de su despliegue) es inocultable. Lo que rige el movimiento de multinacionales y capitales financieros no es la lógica nacionalista sino la lógica de la mercancía: la “patria” inlocalizable del capital.
  
Que todavía ese núcleo etnocéntrico tenga anclaje social en Europa y EEUU no hace más que agravar las cosas: contribuye a sedimentar un discurso de cuño fascista, que además de construir al otro como sujeto inferior, lo supone inconvertible, esto es, incapaz de advenir como «semejante». Ahora bien, ante sujetos declarados inconvertibles lo único que se puede hacer para neutralizarlos es el control, el confinamiento o la muerte.
 
En Europa, seguir acusando a otras comunidades (“sudacas”, “moros”, “chinos”, “negros”) de las carencias globalizadas sigue siendo una manera de desconocer un modo de producción que sólo puede sobrevivir sobre la ruina de los otros. Agitar la amenaza demagógica de la invasión de los bárbaros oculta la barbarie de una sociedad del sacrificio, que transfiere la responsabilidad a los propios damnificados. Al negar las desigualdades inherentes a un orden internacional criminal, reduciendo el problema a una cuestión de «méritos individuales» y de «capacidades culturales» (según un esquema desarrollista unidimensional que identifica el «desarrollo» con el eje Europa/EEUU), esas acusaciones no pueden dar cuenta de lo que está ocurriendo en el sur europeo, en particular, el crecimiento descontrolado de sus periferias interiores.
 
La xenofobia y el racismo, como operadores selectivos y estratificantes, en vez de haber mermado ante las dificultades colectivas crecientes, aparece como el último refugio de una derecha que llama a “levantar la marca-España” (como si se tratara de un sello diseñado a través del marketing) hundiendo a los otros: supresión de fondos de integración, reducción drástica del presupuesto para políticas de codesarrollo y cooperación, desfinanciación de partidas destinadas a los colectivos de inmigrantes, refuerzo de una política de control migratorio, aumento de la presión contra la inmigración irregular, mantenimiento de los centros de internamiento de extranjeros, taponamiento de una política de asilo, etc. Si por un lado los hermanos ricos del norte son recibidos como agua bendita por la industria del turismo  y los empresarios chinos -no sin ambivalencias- elogiados en su laboriosidad infatigable y sobre todo su empuje inversor, la suerte mira a otra parte cuando se trata de trabajadores inmigrados, de los cuales más de un tercio está en situación de desempleo. Ningún ejercicio de autocrítica ni llamado a la humildad cabe esperar en esta coyuntura. Se trata, según la política en curso, de afianzar el sacrificio de los otros, de hacerlo más perdurable, de convertirlo en un punto irreversible (incluso cuando eso signifique, a largo plazo, la propia bancarrota).
 
Puede que muchos grupos identificados con la derecha sigan acusando a esas víctimas de ser responsables de lo que padecen (especialmente, si no forman parte de la propia comunidad nacional). De todas maneras, incluso si se representan como “superiores”, también están condenados. Casi todos, como no sea haciéndose propietarios de una empresa de seguridad o convirtiéndose en lacayos útiles y dóciles. Ni siquiera eso los inmuniza y también ellos serán “sacrificados” a su tiempo.
 
La reestructuración sistémica actual pone en jaque las prerrogativas de las que gozó antaño Europa. “Europa” misma es el nombre de una fractura política y una desigualdad económica manifiesta entre sus países-miembro. En esas condiciones, la inculpación a “los extranjeros” de la “crisis” es ridícula e inconsistente. La derecha más informada lo sabe y por eso necesita hacer malabarismos para ocultar la correlación entre «inmigración» y «crecimiento económico» -basado, por lo demás, en un modelo productivo insostenible-. Agotada la ilusión del derrame de la riqueza, usar como chivo expiatorio al otro no pasa de ser una estrategia desesperada para desviar la atención de los auténticos responsables de la debacle económico-financiera actual.
 
La maldición del “vuélvete a tu puto país” adquiere un nuevo sentido: no sólo el retorno concreto de miles de inmigrantes a sus países de origen, sino también la migración en sentido inverso, especialmente de miles de jóvenes que parten en busca de las oportunidades que el “primer mundo” les niega. En una irónica inversión, parte de quienes ayer cerraban sus puertas deben ahora golpear aquellas otras que miraban con reservas, cuando no con prepotencia. Para más humillación, muchos de ellos tendrán que sufrir las trabas burocráticas y legales que el estado español exigió a los inmigrantes en la última década.
 
La paradoja más notable de esta economía política del sacrificio, sin embargo, no es el repudio de los extranjeros en nombre de un gran Otro (el Mercado) sino la necesidad de extranjerizar a los propios, esto es, de construir cada vez nuevos “otros” a los que sacrificar (ya no bajo la forma de la expulsión sino de la pauperización). La conversión de millones de ciudadanos españoles en ciudadanos de segunda mano –a nivel político, económico y cultural- es el primer paso para la legitimación de una política a medida de las clases dominantes. Esos conciudadanos convertidos en extraños, son legión: jóvenes, mayores, discapacitados, dependientes, desahuciados, desempleados… El patrón común que tienen es su específica pertenencia de clase. Como sectores subalternos son objeto de una política que necesita cosificarlos para abatirlos con la menor resistencia posible. Como víctimas propiciatorias no alcanza con saquearlas y hacerlas partícipes forzosos del sacrificio; además, se trata de estigmatizarlas, inculpándolas de no estar sacrificándose lo suficiente, de no estar “esforzándose” todo lo necesario para salir del pozo en el que supuestamente se han metido por negligencia, falta de méritos o irresponsabilidad. 
 
Lo “propio” enajenado es la condición de sacrificabilidad. Ahora bien, ¿no se trata más bien de un pseudosacrificio en tanto sólo se ofrenda a aquellos que nuestros amos han prejuzgado como no valiosos (esto es, a los que considera «sobrantes estructurales»)? La respuesta es afirmativa. De ahí el reproche perpetuo de esos poderes sin rostro de los “mercados”: no has hecho los sacrificios suficientes. Nada señala, pues, que esta espiral de ajustes infinitos a las clases populares y medias vaya a detenerse. Cuando ya no alcancen quienes están tipificados como otros, esta política necesitará construir nuevas categorías de marginados a los que sacrificar. El genocidio al que tantos asisten como un espectáculo indiferente se nutre de esta exigencia infinita: puesto que esos otros ya están condenados al no-valor, es imperativo hacer nuevos sacrificios cada vez más costosos. El compromiso de los mandatarios con esta tarea interminable, imposible de satisfacer como no sea creando crecientes masas marginales, además de perversa, puede resultar sorprendente: para salvar unas elites, los que gobiernan tienen que convertir las propias poblaciones en objetos sacrificables. Y puesto que el presupuesto fundamental de esta forma de sacrificio neoconservador es que el sacrificado no coincida con el sujeto que sacrifica, todo hace prever que en la lista de espera también habrá casillas para los “propios ciudadanos” convertidos en extraños.
 
¿Qué límite se plantea internamente esta política? ¿Hasta qué punto están dispuestos a llegar y cuánto les permitiremos avanzar a nivel colectivo e individual en su ataque sin precedentes? Y puesto que los demás son nuestro espejo y que no somos sino a través de ellos, ¿qué suerte podría correr un sistema así, que declara una guerra a muerte a los «otros» fabricados a medida de su ambición ilimitada? ¿qué insoportable imagen arroja ese espejo, como no sea la de una codicia insaciable, esto es, la miseria infinita de esta subjetividad sacrificial que encarna en los agentes del capitalismo? No basta decir, como algunos ecologistas hacen, que “el dinero no se come”. Es cierto, pero no podemos permitirnos esperar a que se den cuenten y recapaciten sobre la condición constitutiva de los demás. Esperar a que estas elites mundiales se autolimiten en términos éticos es completamente ilusorio. En primer lugar, porque dar por sentado que no lo saben ya es algo totalmente dudoso. Pero sobre todo, porque si alguna vez estuvieran dispuestos a recapacitar, sería demasiado tarde.  
 
 
Arturo Borra

jueves, 16 de agosto de 2012

El laboratorio Roche podría ocultar 15.161 muertes por sus fármacos (por Miguel Jara) y video denuncia Industria Farmacéutica



Publicado por Miguel Jara el 23 de junio de 2012
extraído de su más que recomendable blog  http://www.migueljara.com/

El laboratorio Roche podría no haber comunicado a la Agencia Europea de Medicamentos (EMA) miles de reacciones adversas provocadas por sus medicamentos en Estados Unidos. Es escandaloso. Otro escándalo, a los que nos tiene acostumbrados esta compañía, pues podrían haber ocultado hasta 15.161 muertes relacionadas con sus fármacos. En estudios postcomercialización realizados en EE.UU. -o resto del mundo-, en ensayos clínicos, en programas de farmacovigilancia del propio laboratorio se recogen muchos datos relacionados con las Reacciones Adversas de los Medicamentos (RAM). Estos datos se ocultan y/o se pintan de otra manera a la EMA, como parece que ha hecho Roche (y si lo ha hecho Roche qué no harán otros).

Es lo que el abogado Francisco Almodóvar, con el que me he asociado entre otros motivos por todo esto, denuncia desde hace tiempo con ejemplos concretos como el del medicamento Fosamax, del laboratorio Merck Sharp & Dohme. Parece que se están dando pasos positivos en farmacovigilancia en Europa pero la farmacovigilancia debe tener carácter mundial; no tiene sentido de otro modo.

Así que fijaos en cómo las gastan. Es un claro ejemplo de ocultación de información desde la central de EE.UU. sobre los daños que provocan muchos medicamentos. El artículo no explica nada sobre si ha habido también errores en el sistema de notificación de sospechas RAM a la agencia de medicamentos de Estados Unidos, la poderosa FDA. Esto también ocurre, que la FDA tenga datos y por error de comunicación o coordinación no los comunique a la EMA. Habrá que estar atentos a esto porque es una bomba en cuanto que es la primera vez que la EMA se pone seria realmente. Es un noticia positiva, veremos hasta dónde llegan las investigaciones de la agencia europea.

viernes, 3 de agosto de 2012

Llamamiento del doctor Rath

Necesitamos más doctores Rath que llamen a la rebelión ante los cárteles en los que participan tanto políticos concretos como industrias farmacéuticas, poderes financieros, corporaciones trasnacionales y otros grupos de interés (como es el caso de las cúpulas religiosas).

Bajo la acusación reiterada de "conspiranoia" (palabra mágica si las hay y, sobre todo, repetida hasta la saturación ante las críticas severas a una máquina que tritura millones de vidas sin el menor remordimiento) lo que se condena es la osadía intelectual para cuestionar un sistema político, económico y cultural que tapona de forma creciente la posibilidad de una existencia autónoma, digna e igualitaria.


martes, 24 de julio de 2012

La ciencia del pánico


El miedo siempre fue una fuerza poderosa. Según el modo de vincularnos con esa fuerza, puede conducirnos por caminos contrarios. Tal vez por eso ya no alcanza generar temor a escala masiva; es preciso radicalizarlo al punto de provocar pánico. Ante ese temor exasperado, nuestra capacidad de producir respuestas autónomas se minimiza. Y nuestros consumos se disparan.

En nuestras sociedades contemporáneas, la producción del pánico ha adquirido un cariz industrial. Su finalidad es clara: inducir al consumo. La promesa de restablecer el “equilibrio perdido” está detrás de toda mercancía: si consumes no tienes nada que temer. Pero ¿no es precisamente esa presunta omnipotencia de la mercancía la que hay que enfrentar, en primer lugar, para orientar nuestros miedos en una dirección diferente?



domingo, 15 de julio de 2012

El verde mortal de la soja: El mundo según Monsanto


Pasé prácticamente toda mi infancia en una localidad de la pampa húmeda argentina con su inmensa llanura, cielos omnipresentes y aquellos matices cromáticos que iba adquiriendo el campo a cada momento: verdes en toda su gama, dorados, marrones, grises... paisaje radicalmente horizontal que Ortega y Gasset describió en uno de sus viajes por el interior del país: “De este modo la vista, sin llegar a fijarse en nada, es despedida hacia los confines del curvo horizonte. En estos confines, allá lejos, están los boscajes ―y allí la tierra se envaguece, abre sus poros, pierde peso, se vaporiza, se nubifica, se aproxima al cielo y recibe por contaminación las capacidades de plasticidad y alusión que hay en la nube. Estos boscajes de la lejanía pueden ser todo: ciudades, castillos de placer, sotos, islas a la deriva ―son materia blanca seducida por toda posible forma, son metáfora universal. Son la constante y omnímoda promesa” (La Pampa... promesas). 




Lamentablemente, aquel paisaje se ha ido transfigurando en las últimos años hasta mostrar un único verde mortal: el verde de la soja que Argentina (y muchos otros países de América Latina) producen a ritmo creciente cada año y que con su promesa de rentabilidad hace que desaparezcan grandes extensiones de monte, selva y bosque, extenuando la tierra y minando la salud de quienes viven en entornos rurales.

“En la Argentina se impuso una forma de producción agraria donde las grandes extensiones de monocultivos se protegen utilizando fumigaciones sistemáticas con mezclas de plaguicidas. Pero no hay fumigación controlable desde el punto de vista ambiental y sanitario. Solo el 1% de los plaguicidas utilizados llegan a la planta del cultivo, el resto queda en el ambiente, la tierra y el agua. La volatilización del veneno (máxima en fumigación aérea) es llevada por la brisa hacia las zonas pobladas; además, la reversión térmica del atardecer genera que se volatilice nuevamente el veneno, se eleve a menos de 30 metros de altura, se vuelva a desplazar, para volver a caer sobre los pueblos cercanos. Posteriormente estos productos adheridos al polvo se mantendrán alrededor, dentro y sobre las casas vecinas a los cultivos, como el endosulfán y el glifosato que el fiscal Carlos Matheu encontró en el polvo del patio de las casas de Bº. Ituzaingo en la ciudad de Córdoba en el año 2008”





La sospecha

hace un tiempo aquí hubo caballos,
los mensuales cruzaban, por la ruta,
cargando la carne dorada
de las perdices,
las adolescentes escribíamos, con trozos de velas,
mensajes pornográficos en los vidrios de la gruta
de santa rosa de lima

ahora manejo por la 36 y sólo se escucha
el frufrú de la soja
los aviones cargados de roundup
que se desplazan con un sonido antiguo de dirigible
emanando una neblina tornasol que arrastra
el mismo viento que silba en las taperas

no sé si esto sea el estrago
la podredumbre

sé que cuando miro, algo sospechoso y sombrío
ingresa a la zona de mis huesos
como la verde mosca
que corrompe la pulpa de los potros

Elena Annibali (de Tabaco Mariposa, 2009)


Compartimos un excelente documental: El mundo según Monsanto, realizado en el año 2008 por Marie Monique Robin. Conducido por Arte France, Image et Campagnie, Producctions Thalie, Office national du Canadá, WDR, con una duración de 108 minutos.
El mundo según Monsanto es también un libro de investigación escrito por la misma autora el 6 marzo del 2008, traducido a 11 lenguas. Marie Monique Robin es ganadora del premio Noruego "Rachel Carson Prize" de 2009 dedicado a mujeres ambientalistas.
La multinacional ha incursionado a lo largo de su más de cien años de vida, en la fabricación de múltiples productos: en sus inicios, allá por 1901, vendían sacarina (Coca-cola era uno de sus principales clientes); a finales de los años 30 tenían negocios de plásticos y resinas y a partir de 1976 incursionaron en el negocio de los herbicidas y las semillas modificadas genéticamente (alimentos transgénicos). La empresa factura sólo en EE.UU unos $ 10.502 millones (año fiscal 2010) y su actuación ha estado acompañada de múltiples denuncias.

Laura Giordani
Julio 2012



lunes, 9 de julio de 2012

Una poética de la revuelta: aforismos sobre el presente


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Un fantasma recorre el mundo. Aunque los poderes constituidos quieran conjurarlo, lo imprevisible está aconteciendo: el espectro de la revuelta sobrevuela los escombros que el capitalismo deja a su paso.
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A pesar del mortífero consenso mediático, la fuerza de acontecimientos de otro signo político ha estallado. Sobra la benevolencia paternalista de los discursos mediáticos: la revuelta no es ninguna travesura de juventud. Al periodismo de la desinformación, nosotros replicamos construyendo otra actualidad.

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A cada paso, el sistema estalla por dentro, dejando un ejército de harapientos. El diagnóstico sobre un presente globalitario resulta desolador, pero las grietas no dejan de multiplicarse. Sólo nosotros podemos ensancharlas.

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Los saqueadores son encumbrados, los desahuciados olvidados. En el orden criminal en el que sobrevivimos, nada es lo que parece. Y sin embargo, el saqueo oculto es cada vez más visible.

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La revuelta late en el corazón de quienes añoramos otro mundo. Si indignarse es resistirse a perder la dignidad, la rebelión es su acto más genuino: la esperanza política de los condenados.

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Buscarán restaurar las jaulas, asfixiar cualquier atisbo de revuelta, ocultar el peligro en el que asienta todo lo habitual. Contra esa voluntad infame, nuestra indignación apuesta a que la normalidad del crimen ya no sea posible.

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El fracaso de la política del miedo se refleja en el fracaso del miedo a la política, poniendo en entredicho una sociedad reducida a espectáculo. Al desprecio que sienten las clases dominantes por la democracia, nosotros respondemos con la exigencia de una democratización radical.

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Lo que nos une en la pluralidad no es la uniformidad sino el espanto ante un sistema que sacrifica cada día miles de vidas para salvarse. Contra la clausura del presente, una multitud sostiene la promesa de lo diferente.

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Sobran razones para indignarse. La repetición de la «catástrofe» (ecológica y social) como imagen de nuestra época forma parte de los efectos no previstos (aunque previsibles) de las políticas de devastación planetaria que gobiernan el mundo.

 
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En el nuevo (des)orden mundial, luchar por otro mundo posible no es un lujo sino una cuestión de supervivencia. Entre un deseo revolucionario y una sociedad revolucionada hay una distancia radical que sólo la práctica política puede mitigar: en esa brecha nacemos.

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Desde la conocida injusticia presente nos movemos hacia la incertidumbre del porvenir. La promesa de otra vida en común es apuesta por lo desconocido.

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En diversos puntos del planeta, de manera subrepticia, fuera de cámara, se alza el anhelo de un mundo social donde el sacrificio de los otros no sea la moneda de cambio.

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Contra quienes cosifican lo humano y humanizan las cosas no basta gritar si nadie escucha. Cada situación en la que se perpetra esa inversión reclama de nuestra parte una demanda de justicia que no se detenga hasta su consumación.

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Devenir-revolucionario no es una fatalidad. Al optimismo de la voluntad hay que contrapesarle el recuerdo perturbador de un capitalismo que se reproduce incluso si ello significa la ruina continua de sus promesas.

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Ante el espectáculo siniestro de nuestros amos, no se trata de escenificar nada. Lo político como ejercicio del disenso es negación del teatro de la representación que por demasiado tiempo consentimos.

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No sabemos hasta dónde llegaremos. Vivimos en riesgo. Insisten en que nuestra probabilidad de naufragar es alta. Pero ¿qué es naufragar sino desistir de transformar este paisaje del desastre en que han convertido al mundo?

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Seguirán planificando el engaño para que aceptemos nuestra muerte sin resistencia. En este punto de no retorno se juega sin más nuestra forma de existencia: el proyecto de una sociedad en el que la autonomía no sea la mera pantalla de una sociedad administrada.

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Quieren imponer el miedo en los cuerpos, mientras insisten –a fuerza de palos- con su discurso redentor. La razón delirante del estado hace manifiesta la locura homicida del sistema.

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Más que resignarse ante la crisis, tenemos que poner en crisis la resignación. Al hundimiento de las esperanzas hay que contraponerle el deseo lúcido de soñar. Nuestro derecho al sueño parte de la pesadilla a la que este sistema quiere condenarnos.

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A la par que quedan eximidos de culpa los auténticos agentes criminales, la amenaza se cierne sobre los que no nos resignamos. Ante una democracia ensombrecida por la dictadura del lucro, la promesa de otro mundo posible brilla.

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En vez de aceptar una (pseudo)democracia tutelada por los saqueadores, se trata de agrietar este muro blanco que nos acorrala. Nuestra esperanza se forja en la multitud que desea despertar de este mal sueño en el que nos han sumido.

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El empeño que ponen para matar los movimientos disidentes es un indicio de que algo valioso se nos juega ahí. Y si logran asesinarlos quedará todavía el espectro de una revuelta que seguirá rondando las ruinas del presente.

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Lo imposible vuelve a hacerse posible. Del trabajo de la imaginación utópica, nutrida de la memoria de las derrotas, depende la reescritura práctica de la historia.

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Quieren convencernos de que la vida es mera supervivencia y el dolor inevitable. Insisten en que no hay otros caminos mientras intentan borrar las huellas del sueño que nos lleva a otro sitio.

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El porvenir se juega en la revuelta que no acepta vivir de rodillas. Ante la certeza del desastre al que nos precipitamos, sólo nuestra apuesta por el cambio puede sostenernos en al aire.

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La indignación tiene la edad de la injusticia.

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En el desamparo de nuestro tiempo, está todo por hacer. En cualquier parte donde late un deseo emancipado que abraza a quien sufre, hay una grieta que se abre, desafiando la desesperanza que traen.

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Mientras ellos se apresuran a enterrar estas luchas en el pasado, una multitud -a veces sin saberlo- va escribiendo la historia del presente. Nuestro grito, como el de Durruti,  sigue en pie: "Llevamos un mundo nuevo en nuestros corazones; y ese mundo está creciendo en este instante".



Arturo Borra

martes, 19 de junio de 2012

La economía política del sacrificio (II): los suicidados de la sociedad



En 1968 Antonin Artaud lanzó una piedra sobre la moral colectiva con su Van Gogh, el suicidado de la sociedad (1). Era su peculiar modo de tejer una rebelión subterránea, también emprendida contra una mera «revolución externa» tal como la defendían algunos miembros surrealistas, pertenecientes al partido comunista (2). Apenas sabemos del impacto general que ese libro-estocada pudiera infligir entre sus lectores. Pero sí podemos reconstruir el deseo de Artaud de reconstruir, a través del pintor holandés, una salida al laberinto: aclarar lo oscuro, abrigar el desamparo que circunda todo lo humano, no como abstracta «naturaleza humana» sino en específicas condiciones históricas.

En su reivindicación de la vida, se topó con las fosas en que la sociedad arroja a los que repudia: aquellos que son acorralados en su existencia por unas condiciones completamente asfixiantes. Ante esas fuerzas expulsoras -la máscara hipócrita y la mentira- Artaud procuró elaborar como réplica un teatro de la crueldad que las expusiera en su farsa. Lejos de la ideología de la desesperación que suele atribuírsele, Artaud partía de ella para rebasarla, liberando su potencia creadora. Nacido del dolor, luchó como tantos otros contra las causas evitables del sufrimiento. En su referencia al pintor dice:

pues [Vicent Van Gogh] no es para este mundo, nunca es para esta tierra, que todos hemos siempre trabajado, luchado, aullado el horror de hambre, de miseria, de odio, de escándalo y de asco, aunque todo eso nos haya embrujado, hasta que por fin nos hemos suicidado, ¡pues acaso no somos todos, como el mísero Van Gogh, suicidados por la sociedad! (Artaud, 2007: 108).

Como el mísero Van Gogh muchos de nosotros aullamos. Puede que la mayoría evitemos el irreversible “pasaje al acto”, pero ¿hacia adónde, si no a la muerte, se está conduciendo a los acorralados de la “sociedad”? ¿qué fosa están cavando para enterrar ese montón de huesos sacrificados en nombre de la salvación (privada), mientras los hipócritas y mentirosos compulsivos –entre los que cuentan, desde luego, multitud de periodistas, políticos, clérigos, empresarios, agentes financieros, juristas, economistas, profesores y profesionales de todas las calañas…- se conduelen con un gesto consternado?

Los suicidados rompen cualquier cifra (3). La autodestrucción no es una mera especulación apocalíptica: forma parte de las posibilidades -¿mediatas?- de nuestra autonomía. Los suicidados de la sociedad crecen; son legión. En España, Grecia, Japón, Lituania, Hungría..., en cada rincón donde un proyecto vital se autocancela. A cada momento alguien es arrojado a esa situación desesperada en la que ya no hay punto de retorno, en la que la decisión humana se confunde con la imposibilidad de tomar una nueva decisión, acercándose a un umbral de irreversibilidad. A cada momento se acorrala a muchos contra el precipicio; luego alguien dirá que se tiraron. Sus testimonios no cuentan. Como no cuentan en tanto fenómeno «noticiable», a menos que ocurra en algún país preferentemente lo más distante posible, no sea caso que nos demos cuenta que estamos asistiendo a un holocausto silencioso producido por quienes iban a evitarlo. A nivel mediático, la omisión es justificada con el pretexto de no incitar a que otros repitan el mismo acto. Pero con la misma lógica, ¿por qué mostrar guerras, estafas, crímenes y una vasta tipología de males humanos? ¿No incitan con ello a su repetición?

Diremos, aunque más no sea para no parecer locos, que el testimonio incómodo de un cuerpo suicidado sólo puede acogerlo quien, a pesar de todo, sigue vivo. El cuerpo sigue siendo del otro. Nuestros cuerpos siguen aquí. No tenemos más remedio que replicar: ¿no muere en cada una de esas muertes, de forma quizás irreparable, algo de nuestra dignidad, si es que estuvo alguna vez? ¿No somos todos suicidados por la sociedad? ¿No se suicida algo en nosotros cada vez que hay un suicidio -no importa de quién-? Alguna vez lo dijo lapidariamente Chantal Maillard: “Quien se suicida inculpando deja a alguien inhabilitado para la redención” (Maillard, 2006: 70 [4]). ¿Y no es cada suicidado de la sociedad una inculpación colectiva que cancela toda promesa redentora?

A través de ese señalamiento mudo, ellos reafirman la locura colectiva –aunque esa locura sea “normalizada”, rigurosamente administrada, convertida en pauta mayoritaria-.  Locura de permanecer incólumes frente al corral. De seguir permitiendo –aunque fuera a regañadientes- el acorralamiento. De dejarnos empujar y que otros empujen, de fingir que no nos damos cuenta, que al fin y al cabo podría haber hecho otra cosa, que el suicidado se tiró libremente desde un séptimo piso, o libremente se pegó un tiro en la cabeza.

Claro que uno aprende a vivir con esta patología. Aprende a vivir en la indiferencia, ese peso muerto de la historia como decía Gramsci. Uno aprende casi todo: a mirar para otro lado, a pedir una manta para cubrir a quien, según dictan las denegaciones al uso, no fue empujado sino que optó, con toda la libertad del mundo, arrojarse al vacío. Y, en efecto, puede incluso que tras esa ironía haya algo muy serio: que también el suicidio puede ser producto de una decisión libre, por más prohibición que corra en sentido contrario. Con Camus o Cioran, podríamos argumentar en ese sentido. Pero sin temor a la contradicción, ese reconocimiento también supone reivindicar el derecho a no suicidarse, el derecho a no tener que arrojarse al vacío, a no encontrarse acorralado, aullando “el horror de hambre, de miseria, de odio, de escándalo y de asco”.

Llegados a este punto, cabría preguntarnos si lo que mata no es, más que la «anomia» durkheimiana, la sobre-codificación de una sociedad donde sus flujos maquínicos ya no se rigen por ninguna codificación moral: unas normas completamente arruinadas pero que siguen apareciendo como vinculantes. Llámese «trabajo», «éxito», «familia», «calidad de vida»… estereotipos identitarios que apuntan a regular una máquina social descontrolada, fuera de quicio, que ha estallado hace rato, derramando su miseria por todas partes.

¿Qué queda ante este sin-salida? ¿Qué podríamos hacer, al fin y al cabo, ante este acorralamiento que padecemos? ¿Y quiénes somos nosotros para indicar el camino, si también los nuestros se han interrumpido, si es que estuvieron abiertos alguna vez, si es que no se trató simplemente de una ilusión óptica anunciada por las llamadas “sociedades opulentas”?

Quizás no seamos nadie. Pero desde ese anonimato, precisamente, se trata de volver a interrogar estas ruinas, de sacudir la aporía en la que se nos va una vida que no sea mera supervivencia. En esas condiciones, ¿qué podría significar hoy lo político en su sentido radical sino esa posibilidad de construcción de una salida al sin-salida en el que el capitalismo nos ha encerrado? Y puesto que somos suicidados por la sociedad, ¿no deberíamos más que nunca erigir la promesa de otra vida?


 Arturo Borra



(1) Artaud, Antonin (2007): Van Gogh, el suicidado por la sociedad, Argonauta, Buenos Aires.

(2) Artaud, Antonin: En plena noche o el bluff surrealista en http://www.katarsis-webzine.blogspot.com.

(3) El suicidio no forma parte del debate público. Es una noticia fugaz que se pierde tan rápido como la vida de la que habla. Es un asunto político de primer orden: incluso si fuera una opción legítima, ¿qué determinantes de nuestra formación social inciden en esta decisión y, especialmente, qué relación se plantea entre las crisis sistémicas y la tasa de suicidio?  Alegar que el número de suicidios apenas se incrementó en los últimos cinco años de los que se tienen registro (http://www.forumlibertas.com/frontend/forumlibertas/noticia.php?id_noticia=22015&;id_seccion=8) no cambia las cosas. Eso sólo podría ser tranquilizador si cada día, solamente en España, no se quitaran la vida 10 personas, según las últimas estimaciones del INE del 2009. 3.429 víctimas al año no pueden consolar a nadie. Que Grecia e Irlanda hayan incrementado las tasas de suicidio en período de crisis (hasta alcanzar un 17% y un 13%, respectivamente, por cada 100.000 habitantes), aunque lejos aun de Lituania, Letonia o Hungría, es síntoma suficiente de este drama desaparecido de los medios masivos de comunicación. ¿Deberíamos consolarnos con que los miles de suicidados no se multipliquen?

(4) Maillard, Chantal (2006): Husos, Pretextos, Valencia.